Contaminación judicial

Hablar del respeto a las decisiones judiciales, en ocasiones, suena a pitorreo. Es posible que la sentencia fláccida del tribunal navarro sobre esa aberración que conocemos como ‘La Manada’ haya sido producto de un pacto entre tres magistrados para interpretar la ley penal en vigor y considerar intimidación, “pero poca”, la barbaridad que consta en la descripción de los hechos probados. También es posible que, en su desacuerdo tras meses de ardua labor entre legajos y jurisprudencias, el trío togado que falló (uno de ellos con particular y rijoso desvarío), haya descartado la verdadera naturaleza de la agresión para quitarle hierro al asunto y a su propia discrepancia interna. Al obviar sus señorías los conceptos de “violencia o intimidación” (el del desvarío lo considera directamente una chiquillada), ofenden la dignidad de más de la mitad de la población e insultan a la inteligencia del resto. Confiar en que instancias superiores del escalafón jurisdiccional resolverán el entuerto es ahora una cuestión de fe, puesto que la contaminación en el Supremo la vemos también casi cada día, como si en este país hubieran perdido el sentido de la justicia quienes tienen el deber de impartirla. En la foto de Carlos Trenor, la protesta por la sentencia en Murcia.

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