Urbanismo 2017, ¿para qué?

En 2006 publiqué, bajo el título El urbanismo hoy, una serie de reflexiones sobre los efectos adversos que, especialmente sobre los jóvenes, podría tener esa vorágine inmobiliaria en la que ha devenido el urbanismo del siglo XXI. Las malas legislaciones del suelo, el desmantelamiento de los principios rectores del urbanismo, el abandono de la intervención pública en el suelo y la vivienda, y la introducción de agentes y malas prácticas en la Administración, han dado lugar a la situación actual tras el inevitable pinchazo de la burbuja, tras el tropiezo con la realidad de montones de proyectos sin sentido, que quedarán sobre el papel o en forma de modernas ruinas urbanas, de esa basura inmobiliaria que va quedando y que vemos desde carreteras o autovías en nuestra región.

“Cabe preguntarse qué hubiese sucedido si la mitad al menos de los recursos económicos que se encuentran literalmente enterrados en todo el territorio, los ahorros de los impositores de las entidades que prestaron soporte a esta locura, se hubiesen destinado a inversiones productivas”

Mientras, los jóvenes son expulsados en función de su capacidad adquisitiva hacia otros municipios o a una periferia desintegrada sobre la que se produce el crecimiento que razonablemente debería llevarse a cabo sobre la ciudad. Hemos asistido a una generación de planes de ordenación tan absurdos e irracionales como al parecer pretendidamente inmutables, carentes de fundamento, programación o solvencia financiera. Una forma de abordar el crecimiento de las ciudades descontrolado, invirtiendo el procedimiento que siempre funcionó, el de prever las infraestructuras antes que los desarrollos. Las administraciones han pasado de exigir garantías o compromisos a adquirirlos, al simple dejar hacer cuando no a dejarse engañar, renunciando a la función directora que le corresponde ejercer. De este modo, las consecuencias sobre las ciudades y el territorio se empiezan a notar de forma negativa.

En Murcia, hasta el denominado Plan Ribas conviven los de la Oficina Técnica sobre la ciudad y el de Ordenación de la Huerta. Sobre esta situación en los años 70 y sus efectos se expresa el propio Ribas Piera, en un artículo fechado en 1976, en los siguientes términos:

“… como nota final de esta síntesis sobre la estructura del poblamiento, hay que mencionar la débil influencia de los planes de urbanismo. En el ámbito de la Huerta nada se ha hecho para llevar adelante los nueve núcleos elegidos… como aglutinantes del desarrollo (de los cuales dos, áreas industriales). Y tampoco ha conseguido el plan detener la ola de construcciones clandestinas en el diseminado y los núcleos de pedanías.”

Hoy cabe preguntarse si tras decenios de ausencia de rigor y control en estos aspectos, hemos regresado a la misma situación, especialmente en la Huerta, en la que ni se ha hecho apenas más que construir infraestructuras precarias, urbanizarla precariamente y recaudar por obras o multas, confiando al futuro respuestas a estos problemas eternos, a esas oleadas de ladrillo, a la continua fragmentación de fincas que  pasaron de Huerta a huertos –de la tahúlla al metro cuadrado, como explicaba hace años el profesor Flores Arroyuelo– y de estos a solares con IBI incluido, mediante normativas de parcelación equivocadas, que permiten la subdivisión de fincas reduciendo o eliminando su carácter agrícola, y previsiones de desarrollo sin fundamento en núcleos centrales.

“En el ámbito de la ciudad, la aplicación a ultranza de las ordenanzas de volumetría, basadas en la altura máxima reguladora, ha desbordado, en las zonas de ensanche, las edificabilidades fijadas (…) ha llegado a alcanzar hasta 18 m3/m2 donde se permitían 3 ó 4. Las consecuencias, si han sido graves, pero pasajeras en cuanto al desprestigio del urbanismo y de las normas reguladoras, han dejado en cambio huellas indelebles sobre el cuerpo de la ciudad… La calle Platería es el más claro ejemplo.”

Las huellas indelebles a las que se refiere asoman hoy por la periferia, torres abandonadas contra el perfil de cabezos al norte, sobresaliendo grotescamente en el desierto de Churra; otros bloques de pisos abandonados junto al Valle del Sol –restos de otro despropósito– o plantaciones de césped que amarillean. Como esas nuevas moles apantalladas, guetos para jóvenes. “Poligonitis de los 70” que decía José Seguí, muestra de lo más rancio y decadente. Ladrillo fantasmal, pueblos muertos que impactan sobre sus entornos, no son otra cosa que restos moribundos de la etapa de especulación inmobiliaria. Que van a permanecer en el paisaje, como basura urbanística que son.

El urbanismo como tal carece hasta entonces, como explicaba Ribas, de prestigio o de consideración como materia socialmente beneficiosa. Durante este período ni existe una visión global de la ciudad, ni se aplican criterios de intervención homogéneos. Tampoco parece existir una conciencia de su necesariedad, ni una visión de la ciudad que abarque más allá de acciones puntuales y justifiquen el empeño en formular planes que condicionen la acción municipal. Cabe preguntarse si a la vista de los efectos sobre nuestros municipios de criterios basados en el liberalismo como pretexto –que están en la raíz de los diferentes y abundantes “casos judiciales”– como previsiones innecesarias, cuarenta años después hemos regresado a esa situación de desprestigio a la que se refería Ribas, en la que el urbanismo que ha configurado por aplicación de sus fundamentos la nueva imagen del las ciudades del siglo XX, por mor de una no-política,ha dejado de ser valorado socialmente y de nuevo carece de sentido social. La basura urbanística es la imagen del fracaso de esa forma de concebir el desarrollo urbano, además de la desconfianza que se extiende a través de culebrones oscuros sobre personas y cargos públicos, cuyas consecuencias financieras y en materia social y de empleo son evidentes.

Basta pensar por un momento qué hubiese sucedido si la mitad al menos de los recursos económicos que se encuentran literalmente enterrados en todo el territorio, los ahorros de los impositores de las entidades que prestaron soporte a esta locura, se hubiesen destinado a inversiones productivas; y si la intervención pública en materia de vivienda y salarios fuese otra, la situación de mucha gente hoy sería diferente, la financiera mejor, y más reales las posibilidades de remontar la crisis en la que nos hemos instalado resignadamente.

 

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Comments 1

  1. enrique Hernandez Sanchez-Herrera says:

    INJUSTICIA A LO PP. CORRUPT@S
    Pueden los vecinos de Murcia hacer el montaje de placas solares..? ali baba las vende mas baratas y mayor rendimiento que las alemanas.. yy eolica..?
    Lo que quiero decir.. es que ya es hora de que los chorizos dejen de ir a la oficina.
    arriba ciudadanos de Mula.

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