Turismo, gabachofilia y ardores patrios

Este verano por fin se abrió el melón de un necesario debate acerca del turismo en España. Resultó memorable el ruido causado por tres pegatinas, dos pinchazos y alguna manifestación en la Barceloneta. Y enternecedor el furor patriótico con que los más interesados intereses políticos, empresariales y mediáticos se rasgaron las vestiduras ante el primer asomo de cuestionamiento de un modelo turístico que ha servido para tapar tanto disparate medioambiental, social y laboral.

Aunque todo pareció acallarse tras el terrible atentado de las Ramblas, el debate público sigue ahí y lo estimo muy saludable.

Casualmente, cuando más arreciaban ciertos ardores patrios frente a la infame turismofobia de cuatro rojeras, servidor se hallaba en el país del Loira. Un viaje a Francia propicia la reflexión sobre un modelo distinto de aprovechamiento social del turismo; esto es, un modelo al servicio de la economía local y sus gentes. Al punto que debería ser exigible a todo gestor público o aprendiz de concejal del ramo, antes de lanzarse a gastar millones en promociones al uso, ocurrencias inmobiliarias disfrazadas de centros de interpretación y demás.

“Un viaje a Francia propicia la reflexión sobre un modelo distinto de aprovechamiento social del turismo; esto es, un modelo al servicio de la economía local y sus gentes”

Ocurre, y esto ya es menos casual, que trabajo en el sector y albergo serias dudas acerca del disparatado modelo turístico desarrollado en España. Ese que concentra beneficios, socializa costes y reparte precariedad; el mismo que exhibimos urbi et orbe como modelo de éxito. ¿Debo pues ser tachado de turistófobo? Una suerte de bombero pirómano. Y si además hago gala de sospechosa gabachofilia, temo acabar colgado de los colindrones por vendepatrias y afrancesado.

Y es que en España, el primer brote de ardor patrio compartido surge con la Guerra de Independencia. Su eje articulador en Gerona, Vitoria, Bailén o Móstoles, no fue otro que el odio al gabacho. El segundo fue ya más reciente, lo desató el gol de Iniesta. Aquello nos legó, junto al vivan las cadenas y los primeros episodios de la colosal gesta literaria de don Benito el garbancero, un arraigado recelo hacia toda insensata modernez que se filtrara por los Pirineos.

Posiblemente la dulce Francia sea, junto a Italia y España, el país europeo con mayor patrimonio histórico. La diferencia, nada sutil, es que allí empezaron pronto a protegerlo. Y lo hicieron con tanto tesón como aquí nos aprestamos a abandonarlo a las inclemencias del tiempo y de la historia. Y en Murcia, directamente a destruirlo. Ya ven el resultado de tan acendrado resquemor frente al francés. Ocurre, empero, que este país y esta región atesoraron tanto patrimonio en el pasado que, por más que nos hayamos afanado en destruirlo, siempre quedará tremendo material para futuras piquetas.

Lo fascinante en el país de Astérix es que cada dos o tres kilómetros, perdidos por recónditas carreteras locales, nos asaltan coquetas iglesias románicas, encomiendas templarias, catedrales góticas, castillos renacentistas, centros urbanos medievales perfectamente conservados, incluso misteriosos alineamientos de menhires. Añadamos las incontables maravillas naturales que se disfrutan por millares de accesibles carriles ciclables, infinitos senderos bien señalizados, ríos y canales navegables. Y bodegas, y gastronomía, y espacios dedicados a un sinfín de prácticas de ocio en plena naturaleza.

Y cada poco, un comercio junto a la vía local que ofrece el paté del pueblo, el queso, la fruta o el vinico del terroir. A su vera, bajo frondosos castaños, mesas de madera con bancos a disposición del visitante, a fin de ponernos moraos a deliciosos productos locales. Además, cientos de pequeños hoteles, chambres d’hôtes e incontables negocios ligados al paso de visitantes, propician beneficios dignos y bien distribuidos entre la población.

Eso sí, dormir y comer en Francia es algo más caro. Seguramente los hoteles españoles ofrecen más por menos, aunque preguntemos a una camarera de habitación a qué coste sociolaboral.

No dudo de aglomeraciones de visitantes en París, Mont St Michel o la Riviera. Nunca es oro todo lo que reluce. Setenta millones de visitantes anuales deben generar impactos ambientales y de todo tipo. El turismo siempre los generará. Aunque todo se lleva mejor si al igual que las perras, las afluencias de visitantes son moderadas y se reparten por todos los rincones de un territorio tan vasto como hermoso; por miles de pueblos insultantemente limpios y cuidados; y por comarcas que se sirven del turismo para mantener vivas las economías locales, asentar la población al entorno rural y aportar recursos al mantenimiento de los servicios públicos.

Cierto, les hemos superado recientemente en número absoluto de visitantes anuales, que no en ingresos por turismo. Y menos aún en el dato que verdaderamente importa, ese que nadie va a aportar: ¿cómo se reparte la tarta turística? Esto es, a qué bolsillos van a parar los ingresos y quién hace frente a los inevitables costes del negocio.

Y lo mejor es que en el país que genera más ingresos por turismo exterior en el mundo, el sector apenas supone el 7% de su PIB. En España rebasa el 11%; un dudoso logro que exhiben ufanos nuestros responsables políticos. Seguro que en este dato, que muchos economistas juzgarán un preocupante desequilibrio macroeconómico, les llevaremos siempre la delantera.

Y siendo Francia un país tan cercano y similar en extensión, patrimonio, riqueza gastronómica y maravillas naturales, aunque menos playas y peor clima, puede que a alguien le maraville nuestro sostenido esfuerzo por mirar para otro lado; o sencillamente para otros bolsillos.

Luis Gallego Mayordomo, profesor y guía oficial de Turismo

 

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