Sociedad vegetal

Acabo de terminar un libro, librito más bien, ya que tiene menos de 100 páginas, que lleva por título Biodiversos, planteado como un diálogo entre dos personas, siguiendo un género literario que inauguró Platón allá por el siglo IV a.C. Las dos personas dialogantes son los italianos Stefano Mancuso y Carlo Petrini, el primero de ellos una de las máximas autoridades mundiales en el campo de la neurobiología vegetal, y el segundo, el presidente de Slow Food, organización internacional que promueve la defensa del placer gastronómico y la búsqueda de ritmos vitales más lentos y meditados, al tiempo que defiende otro tipo de agricultura más respetuosa con la naturaleza y el uso de productos locales.

“Otorgar derechos a las plantas no significa que esté prohibido comerlas o experimentar con ellas, sino que, por ejemplo, no se podrá arrasar impunemente la Amazonía para sustituir las especies autóctonas por monocultivos”

De este enriquecedor diálogo extraigo dos ideas que pueden hacernos cambiar nuestra visión de la sociedad. La primera de ellas se refiere al cambio de paradigma que supone plantear la organización social no como se hace actualmente, tomando como modelo a los animales, y concretamente a los seres humanos, sino fijarnos más en las plantas. Me explico. Nosotros contamos con un sistema centralizado, con un cerebro que gobierna a un conjunto de órganos, cada uno de los cuales desempeña una función concreta. Si alguno de ellos falla, puede afectar al conjunto del organismo, llevándonos incluso a la muerte si ese órgano realiza funciones vitales. De igual modo, nuestra sociedad funciona según ese modelo jerárquico, con macroinstituciones en la cúspide que nos gobiernan a todos, “centros de mando” a los que debemos obediencia, aunque esos centros de decisión están alejados y desconozcan con detalle las particularidades y las necesidades de cada rincón de la sociedad.

Por el contrario, las plantas, a las que los científicos ya asignan inteligencias múltiples, poseyendo hasta 20 sentidos, excediendo con mucho los limitados 5 sentidos de los mamíferos, y siendo seres conscientes y sociales, ya que son capaces de interactuar y comunicarse mediante compuestos volátiles de origen biogénico, tienen otro tipo de organización, no centralizada sino basada en la repetición de módulos; en ellas todo es difuso y nada queda relegado a un órgano específico. Y, sin embargo, es evidente su éxito evolutivo, capaces de colonizar todo tipo de ambientes y de adaptarse a todo tipo de condiciones, siendo más eficientes en términos organizativos. Aplicando este principio de descentralización al modo de las plantas, la sociedad que siguiera el esquema vegetal estaría formada por módulos autogestionados, cooperativos, distribuidos de forma difusa y sin centros de mando, con mucha más resiliencia, es decir, más capacidad de sobreponerse a situaciones adversas. Además, esa sociedad practicaría una democracia más cercana, al estilo de la democracia líquida propugnada por el filósofo Zygmunt Bauman.

La otra idea fuerza de este libro es la ampliación de los sujetos de derecho. En un artículo anterior reclamaba que los ríos deben ser tratados como tales sujetos de derecho, como respuesta a los servicios ecosistémicos que nos ofrecen. Si recientemente en España se les ha otorgado derechos a los animales, al dejar de ser “cosas” para ser reconocidos jurídicamente como seres vivos, un paso más debería ser, y así lo reclaman los protagonistas de este diálogo, ampliar esos derechos a las plantas. Ya en Suiza, en 2008, la Comisión Federal de Ética para la Ingeniería Genética en el Campo No Humano (CENH) de ese país aprobó que, como los animales, las plantas tienen una dignidad y un valor moral, añadiendo que los organismos vegetales no deben ser protegidos únicamente como valor instrumental (su utilidad para el hombre), sino que las plantas deben también ser objeto de un respeto moral como “organismos individuales dotados de interés propio”. Además, por primera vez se plantea que los organismos animales, por el hecho de serlo, no son superiores a los organismos vegetales.

Otorgar derechos a las plantas no significa que esté prohibido comerlas o experimentar con ellas, sino que, por ejemplo, no se podrá arrasar impunemente la Amazonía para sustituir las especies autóctonas por monocultivos. Otorgar derechos supone un beneficio para el conjunto de la sociedad y, en el caso de las plantas, es una garantía de conservación de la naturaleza para el futuro.

Tal vez ha llegado el momento de fijarnos en el mundo vegetal como modelo a seguir para las sociedades modernas, visto su gran éxito evolutivo y su capacidad de resiliencia, característica esencial para nuestra supervivencia futura.

 

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