Las tabernas

Las tabernas son una institución en esta pequeña ciudad en la que algunas cosas persisten en permanecer como eran hace muchos años. Las barras de caoba han sido sustituidas a veces por otras de acero sin que varíen los hábitos o escenas. En ellas se reúnen los jubilados y los demás hombres del barrio a alternar, como se dice de forma castiza, ante un vaso de vino del país. El tabernero, el ayudante que ha traído del hijo de Luis de Rosario, luce un peluquín tremendo, semejante a un tocado de cabeza como encasquetado en el cráneo, un bisoñé que lleva perfectamente peinado mientras mira con cierta superioridad a los parroquianos, a los que se sientan en las pocas mesas que hay junto a la cristalera o a los que esperan en la barra. Estos lugares, antes frecuentes e instalados por los barrios, van desapareciendo y con ellos ese ambiente estrafalario o incluso esperpéntico que se encuentra en sus reducidas estancias. Van quedando pocas, pero en su día eran lo común por los barrios. La cerveza ha desplazado al vino del país y el trasiego de las barricas se ha visto reducido a signos testimoniales, barriles apilados u ordenados contra una pared decorando, junto a una barra cada vez más modernizada de metal brillante que ha sustituido a los antiguos mostradores de caoba.

“Casi todos tenemos algo de lo que no nos gustaría que se hablase, y hasta las personas conocidas más discretas han sido alguna vez sorprendidas fuera de lugar o en alguna situación inconveniente”

Cosas de los tiempos, mudanza y cambio lento con una parroquia tradicional a la que se han ido uniendo otras personas, jóvenes o curiosos que acuden a estos lugares. Hay otras con nombres populares, la del tío Garrampón es una de ellas, una de las pocas que hoy siguen abiertas, miembro de una saga de taberneros que tienen establecimientos semejantes por otros barrios. O como la de Jesuso, en la que se jugaba en tiempos al dominó sin llegar al aforo de la desaparecida Cosechera, que ha superado al cambio del edificio y sirve de centro de reunión por las mañanas a una serie de tipos de aspecto recio, gente auténtica que se dedica a la industria, y por la tarde a gente joven a la que le va este ambiente.

Allí fue donde conocí al Fiera, que vino enseguida a saludar a mi amigo Miguel. Este Fiera, un hombre todavía joven, es distinto de otro famoso también que asustaba a los niños cogiendo ratas por la cola y simulando tragárselas, compañero de Juan Pelotas y del Cochero, pero eso es otra historia. Cuando mi acompañante era encargado en una de las primeras discotecas que hubo en la ciudad, solventaba las broncas echando mano de este muchacho y de otros colegas a los que dejaba entrar gratis al local. Siempre ha sido muy hábil para este tipo de cosas: invariablemente encuentra quien le resuelva las papeletas. Al gesto de Miguel acudía el grupo rodeando al tipo y directamente le espetaban al bronquista:

–¿Cómo prefieres morir?

Lo apreciaba mucho, por lo que vi, e incluso nos convidó, como recuerdo de aquellos buenos tiempos.

Este compañero circunstancial conoce todas las tabernas de la ciudad, así como los numerosos bares, especialmente los clásicos de los barrios, a los que acude a menudo, y la verdad es que a él lo conoce todo el mundo. Es un personaje popular, de los que se cuentan hazañas o historias singulares. Bueno, él se sabe también muchas otras de mucha gente, y te pone al día de las cosas que han sucedido o de quién es este o aquel individuo. Mundología se le dice a esta suerte de conocimientos.

Casi todos tenemos algo de lo que no nos gustaría que se hablase, y hasta las personas conocidas más discretas han sido alguna vez sorprendidas fuera de lugar o en alguna situación inconveniente. Estas cosas se saben aunque no se suelen comentar abiertamente. Por las tabernas también se aprende mucho, sobre todo en las más tradicionales. Esta, la de Luis por San Antolín y su vermut con soda, o la del tío Garrampón, que son varias, a las que acuden gentes de cualquier posición, son, en este sentido, interclasistas. En ellas, aunque se agrupen de forma separada por corrillos, coincide toda clase de personas; todas ellas conocen y saben quiénes son los demás, y el tabernero ejerce generalmente como un anfitrión que atiende a su parroquia. Destacaba para esto la del Tío Sentao, porque lo estaba realmente detrás de la barra, allá por San Andrés en un callejón, como las otras. Cerca de la de la Viuda también en ese barrio. Aún quedan muchas de aquellas que en su día eran tradicionales. Aunque haya decaído este tipo de locales o se haya transformado, continúan teniendo su sabor y su público.

(De Un sabor agridulce)

 

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