La tienda de los bordados

De Un sabor agridulce

Su historia personal se pierde en la noche de los tiempos; si acaso llega a través de quienes le conocieron rumores de cosas que le sucedieron en su mocedad, cuando trabajaba como peluquero en su ciudad natal. En su juventud, según un paisano, acudía a los famosos carnavales de la ciudad cercana, a los que asisten, además de los lugareños, forasteros a los que les gusta travestirse o disfrazarse. Depilado y arreglado con tal gusto iba que en una ocasión le saliera un pretendiente, un galán confundido que con sus requiebros lo puso en un aprieto.

Ha terminado poniendo un taller de ropas para vírgenes y santos, en cuyo escaparate podemos observar, entre maniquís específicos para estas figuras, mantos, túnicas, y los más variados objetos kitsch: estandartes, coronas de oropel, pelucas que parecen de exvotos, cosas de santería o prendas bordadas. Y fanales para tanatófilos como los que había en aquella tienda umbría en la que se sentía un ambiente extraño, que invitaba a permanecer en ella el menor tiempo posible. Fanales que parecen asfixiar como a las mariposas disecadas a las imágenes que aprisionan. También cosen y bordan por encargo vestimentas para fiestas de sardineros, moros o cristianos. Un auténtico bazar de mercaderías religiosas o festeras artesanales y exclusivas. Con el tiempo, también túnicas y capirotes; cualquiera que desee participar en los festejos populares puede encontrar aquí las vestimentas o complementos necesarios. Capas sencillas o bordadas incluso con pedrería a estrenar, que lucirán esos días de fiesta los miembros de mesnadas, cuadrillas, comparsas, colectivos o agrupaciones de las muchas que hay. Los productos de la tienda son dignos de ver, pero aún llaman más la atención los maniquís incomprensibles en los que lucen los ropajes vírgenes o cristos, de un mal gusto llamativo, por no decir execrable.

“Uno de los buenos negocios que hay ahora es el de confeccionar vestimentas locas o anacrónicas y accesorios o complementos para festeros y procesionistas, un negocio realmente próspero”

El negocio va muy bien, con la cantidad de festejos tradicionales o novedosos, cofradías o hermandades que se vienen creando en los últimos años, en los que se ha desatado un auténtico fervor procesionario. A la gente le ha dado por aquí. Cada año son más los nazarenos que forman filas interminables, o grupos festeros exhibiéndose en las demás celebraciones. He llegado a la conclusión de que a la gente lo que le gusta realmente es disfrazarse y participar en desfiles. Y si se transgrede algo, mucho mejor. Como en los carnavales que continúan teniendo lugar en aquella ciudad de la costa u otras reuniones sociales en las que la tradición no se ha perdido. Total, que uno de los buenos negocios que hay ahora es el de confeccionar vestimentas locas o anacrónicas y accesorios o complementos para festeros y procesionistas, un negocio realmente próspero.

Pronto, con los nuevos desfiles y rituales podrá preparar diferentes vestimentas, por ejemplo, para batucadas, con uniformes más vistosos que las socorridas camisetas que se han impuesto para los desfiles-protesta, e incluso nuevos complementos. O para los del orgullo, consolidado como fiesta obligada. Estas novedades han abierto para esta clase de talleres una nueva oportunidad de negocio, un nicho de necesidad podría decirs, aún sin explotar: ropajes o detalles, hechos a medida y personalizados, productos exclusivos y artesanales junto a sus tradicionales especialidades. Quién sabe si sus actuales mercancías tendrán en otros casos una nueva aplicación.

Cuentan que, por esas fechas, un estilista celebró una fiesta de disfraces dentro del patio de vecindad. Se planteó como una orgía romana, con sus literas, sus fuentes de fruta sobre reposteros, jarras de vino y candelabros. El anfitrión presidía la reunión recostado en su litera, servido por efebos de cabello rizado y túnicas ligeras. La nota, no obstante, la dio otro personaje que goza de gran predicamento en este ambiente: apareció disfrazado de Virgen, concretamente como la patrona, con manto bordado, corona agobiante y demás atributos barrocos, probablemente con el bastón de mando y las condecoraciones, porque la Virgen es también capitana o generala –mi amigo Miguel, otro intolerante, aseguró que le daría dos hostias si se lo echaba a la cara–. Como este, otros aficionados a imitar imágenes sacras tendrían en este lugar su ajuar resuelto.

En paralelo a este fervor por los disfraces, han proliferado de forma lamentable monumentos al procesionista o nazareno, como otras horrorosas al hachonero o sardinero –quizás pronto tendremos también la del batuquista u otras fáciles de imaginar–, esculturas inevitablemente de aspecto tétrico, que podemos encontrar por ciudades y pueblos o en algunos jardines, de manera que, entre estas y otras cosas, tenemos que reconocer que fue un acierto montar este taller de bordados en un lugar como el nuestro, con este afán desmedido por disfrazarse. Y que a la vista de la evolución de las cosas, tiene enormes posibilidades.

 

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