La posverdad de antaño y la mentira de hogaño

Todos mienten: los de antes y los de ahora, los de un lado y los del otro, mienten los jueces y mienten los penados. La verdad ya solo es la virtud de los santos o la manía de los locos, aunque también el cometido de la ciencia y el vapuleado oficio de los periodistas. En cuanto a la Historia, sin memoria histórica no es posible la verdad histórica. El poder prefiere el olvido, empezar de cero. El poder que se repite prefiere una Historia que se repite, y para eso no hay mejor método que el vaciado de la memoria.

“¿Es realmente nuevo todo lo que se dice “neo” o solo una forma de enmascarar con la máscara de lo nuevo el retorno de lo viejo, incluso en su peor versión?”

Nos mentimos incluso a nosotros mismos, y por eso Unamuno dijo, casi con orgullo, “no soy objetivo sino subjetivo, porque no soy un objeto sino un sujeto”. Pero esta mentira subjetiva es una mentira inocente, un error de nuestra percepción. Otra cosa es la mentira deliberada, planificada, instrumental y consciente, en la que el poder siempre sobresale. No lo olvidemos.

En la cúspide del Estado tenemos tantos señores X como mentiras criminales, y cada una de esas X no resueltas es el principio de una ecuación que degenera ad infinitum describiendo una curva asíntota. La verdad que codifica es elástica, y con ella la mentira se estira en el eje del tiempo. Esa gráfica es la huella fósil de dos universos que nunca convergen.

Nunca sabremos si aquellos alemanes a los que se llevaba a ver in situ el infierno de los campos de concentración cuando estos fueron liberados, se daban con la posverdad de bruces o la cosa ocurría de otro modo. Nunca sabremos tampoco si Primo Levi, que sobrevivió a aquel infierno, se suicidó porque los que no lo vivieron ni sufrieron (fáciles impugnadores de la memoria) querían negarlo, levantando sobre el olvido una nueva posverdad.

En una entrevista a Primo Levi durante una visita a Auschwitz en 1982 le preguntaban sobre la posibilidad de que hechos semejantes pudieran repetirse en nuestro tiempo:

“–¿La idea no ha muerto? R: Ciertamente no ha muerto la idea, porque nada muere definitivamente. Todo reaparece bajo nuevas formas, pero nada muere por completo.

¿Pero las formas si cambian? R: Las formas cambian, sí; las formas son importantes.

¿No le parece que los otros, los hombres, hoy en día quieren olvidar Auschwitz cuanto antes? R: Hay indicios que permiten pensar que quieren olvidar o algo peor: negar. Es muy significativo: quien niega Auschwitz es precisamente quien estaría dispuesto a volver a hacerlo.”

Ahora como antes, con viejas o nuevas formas, la mayor fuente de posverdad, el mayor nido de mentiras es el poder.

No seré el primero ni el único al que le intrigue esta dudosa moda de poner nombres nuevos a las cosas viejas. ¿A qué obedece? Vemos proliferar como hongos en la humedad líquida de estos tiempos esos “neos” y “post” que intentan convencernos de que cabalgamos en la cresta de la ola, y desde allí arriba dominamos el horizonte y perfilamos el paisaje; de que todo lo que dejamos atrás es sin duda peor que lo que nos aguarda; y que de hecho nuestra perspectiva es espléndida.

¿Pero es cierto? ¿Es progreso todo lo que crece, engorda, o avanza? También el colesterol crece y avanza en las arterias, y eso no es progreso, como no lo es sin duda el cambio climático que avanza y “progresa”.

Quizás el origen de esa confusión sobre el “progreso” comience con la siguiente pregunta: ¿Es realmente nuevo todo lo que se dice “neo” o solo una forma de enmascarar con la máscara de lo nuevo el retorno de lo viejo, incluso en su peor versión? Así, por ejemplo, el “neoliberalismo” ¿será algo más que el retorno al liberalismo viejo y arcaico de los tiempos oscuros, el liberalismo aquel para el que la democracia era demasiada regulación?

O este nuevísimo orden global de amos y esclavos, de fanatismos económicos y religiosos, de modelos únicos e ideas excluyentes, de nuevas cruzadas contra el infiel y el antisistema, casi un nuevo (neo) feudalismo, ¿será más nuevo porque ya no hay castillos y el orden económico que une a siervos y amos no tiene fronteras, y presume de inevitable?

¿La posmodernidad es acaso más moderna que los tiempos modernos, o una forma de volver a una vieja barbarie, fortalecida y adornada ahora de aparato tecnológico? La posverdad de hogaño ¿será más falsa y mentirosa que la mentira de antaño? Y, sobre todo, ¿estará donde nos dicen?

Cuando el gobierno (después de martillear discos duros y nuestra mente con su catequesis diaria) o el poder económico y sus medios invasivos de masas y mentes, intentan salvarnos de la posverdad ¿Será esto algo más que una broma pesada?

“The Post, los archivos del Pentágono”, de Steven Spielberg, película de ahora mismo, que trata entre otras cosas de las amistades peligrosas entre el poder y el periodismo ¿nos advierte y pone en alerta sobre la mentira de entonces o sobre la posverdad de hoy y pasado mañana? ¿Hay alguna diferencia de orden moral entre destruir discos duros comprometedores y los micrófonos ocultos del Watergate? ¿Entre silenciar las mentiras de aquel poder y proteger las mentiras de este? Quizás la única diferencia esté en la sociedad, capaz o incapaz de sacar las conclusiones lógicas y también éticas de estos hechos. Y los periodistas son parte de esa sociedad, o más cercanos y comprometidos con el poder, o más libres y comprometidos con la verdad.

No veo mucha diferencia entre estas posverdades oficiales de ahora y las mentiras oficiales de otros tiempos. El poder siempre miente a aquellos de los que quiere abusar, porque sin esa mentira, hábilmente o torpemente administrada, el abuso sería imposible.
Que aún hoy, con tantos cauces de información abiertos, esa mentira y ese abuso sea posible o incluso fácil, solo demuestra nuestra torpeza o nuestra pereza. De ahí el mínimo esfuerzo que emplean los que hoy nos mienten, tan groseramente que lo hacen a martillazos. No dan para más y al parecer nosotros tampoco.

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