Europa

 

Con la que está cayendo, mi gran duda del momento viene en forma de pregunta: ¿Quién quiere ser europeo? El viejo continente, el de la larga historia, el de la gran civilización, el aristócrata e intelectual se muestra más flojo que nunca, como un mastodonte de movilidad reducida, por pesado y por viejo.

Ahora, con la crisis de los refugiados, apostados casi en tierra de nadie, una tierra sin petróleo ni oro, claro, como si Europa esperara a que se disuelvan con el tiempo, que se aburran o que se coman entre ellos, me viene a la cabeza la ‘gran hazaña’ de este continente cuando se mataban salvajemente en los Balcanes, donde me demostró casi por primera vez su incapacidad y hasta pasotismo. Lo de estos meses, semanas y días ya no es ineptitud, es un repugnante ultraje a la raza humana.

Tanta Unión Europea para absolutamente nada cuando lo urgente y vital no sabemos contenerlo ni solucionarlo ni… ganas.

La Europa colonizadora, a la que nunca le ha importado explorar y explotar otros mundos, se resiste sin inteligencia ni diligencia a la entrada masiva de refugiados y lo deja todo al vaivén del mar o, peor, a soluciones crueles: ¡Que se ocupen los turcos! Entiendo que el reto se muestra inabarcable y desmesurado, más grande aún si el responsable es un inútil.

“Los evasores son los que luego opinan sobre el tipo de gobierno más idóneo para su país, ese que traicionan cuando hay unos euros de por medio”

Pero Europa tiene otros frentes, otras amenazas que exhiben su debilidad, como es el terrorismo. El viejo continente no sabe o no quiere buscar salidas dignas a los refugiados llegados, pero tampoco sabe ni puede reprimir o abortar ataques enloquecidos y siniestros. Tampoco se lo ponen fácil sus súbditos, ni quienes se rebelan, como Holanda esta misma semana, ni quienes callan para pasar de puntillas por los grandes asuntos.

No estamos en el mejor momento de enarbolar la bandera europea. Personalmente no me siento nada orgullosa de este continente tan inválido, insolidario y desalmado.

Pero tengo esperanzas, las que, también esta misma semana, me han dado los ciudadanos islandeses, quienes con un sentido exclusivo y privilegiado de democracia han echado a su primer ministro, uno de los cientos de evasores con empresas opacas en Panamá. Otros europeos (también los hay de otros continentes, razas y sexo), influyentes y conocidos, muchos de ellos españoles, como no podía ser de otra manera, esos que besan las banderas de sus países igual que Judas, se siguen excusando, como si fueran víctimas de una estafa cuando los únicos estafados son los compatriotas que cumplen religiosamente con sus obligaciones fiscales.

Hay momentos muy concretos en los que la denuncia de una larga lista de ricos que eluden los impuestos de sus países cae mucho peor porque el resto de ciudadanos vive con ciertos apuros. Además, los evasores, cuyo dinero escondido tiene un origen oscuro, son los que luego opinan sobre el tipo de gobierno más idóneo para su país, ese que traicionan cuando hay unos euros de por medio. Son quienes remueven las manos en los bolsillos de sus abrigos de piel en busca de monedas para los pedigüeños. Por eso, estos días sólo puedo verlos como esos hinchas holandeses bebidos y bárbaros que humillaban a unas desgraciadas rumanas que mendigaban.

Europa debe ser revitalizada, reanimada, rejuvenecida o renovada y, si para ello es necesario que sea colonizada propongo que, ya que hemos reprimido y cercado a los sirios, nos dejemos invadir por los islandeses.

 

LCDP

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