La imagen

De nuestra peculiar e inagotable colección regional de personajes infumables, traemos hoy aquí a todo un triunfador, alguien que se pidió plaza tutiplén en Londres después de un sobado ejercicio escrito sobre Shakespeare y, sobre todo, de maquinar mil y un entuertos y triquiñuelas al servicio de su partido. Es de los tipos cuya trayectoria política deja un reguero de cadáveres –no solo metafóricos– y que cada verano, cuando frecuentaba estos lares antes de ascender a los cielos de Madrid, invitaba a los cronistas políticos a unos pobres michirones para tener un detalle. Ahora, con algo más que el culo al aire (aunque con idéntica vergüenza), intenta defender una gestión impresentable en lugar de esconderse para siempre.

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