Un estado autoritario

Un estado autoritario es aquel que ama la libertad de los que poseen para escupir, si cabe, en la cara de los que no poseen, aquel que necesita una reglamentación represiva para acallar los gritos que invaden las calles de sus ciudades. Gritos de protesta, por supuesto. Gritos de indignación, siempre. Un estado autoritario es aquel que verborrea (¿existe este verbo?) sobre el buen gobierno y el gobierno abierto mientras aprueba una ley de seguridad ciudadana, popularmente conocida como ley mordaza, para atemorizar y hacer retornar al manifestante al silencio o la profundidad de su hogar, si lo tiene. Un gobierno autoritario es aquel que multa al manifestante, que prohíbe fotografiar, manifestar su opinión en voz alta o alborotar lo suficiente para que el vecino de turno, que suele vivir en los alrededores de las residencias del poder, presente una denuncia por molestias acústicas.

Un gobierno autoritario en una democracia avanzada, tal vez como la española, es aquel que reprime los derechos civiles porque la desigualdad social campa a sus anchas desde la reforma laboral o desde las drásticas medidas de ahorro impuestas por nuestros benefactores de Bruselas. O que convierte en papel mojado los derechos ciudadanos contemplados por la Constitución. Un gobierno autoritario es aquel, en fin, que dispone una hilera de policías en Torre de Romo que asemeja una línea de fuga que converge en el infinito y más allá. Un gobierno autoritario y un delegado del gobierno autoritario en una Región que solo ha conocido el ordeno y mando de cierta burguesía, que retrata Miguel Espinosa en su literatura o que aparece en profundos análisis históricos sobre el caciquismo de la Restauración.

“Un estado autoritario nombra delegados del gobierno para que bravuconeen y apliquen mano dura con las protestas ciudadanas multando por ejercer derechos fundamentales”

Un estado autoritario es aquel que teme que la libertad refute sus actos, que nombra delegados del gobierno para que bravuconeen afirmando que la llegada de 461 inmigrantes a las costas de la Región de Murcia “es un ataque coordinado a nuestra frontera”, o que apliquen mano dura con las protestas ciudadanas multando por ejercer derechos fundamentales. Un estado autoritario es aquel que reina en un territorio que en algún momento vio de refilón las luces de un Estado del Bienestar antes de ahogarlo con la navaja del artículo 135 de la Constitución Española.

La noche es fría. Los vecinos que se reúnen en el paso a nivel de Santiago el Mayor observan la burla a la voluntad mayoritaria detrás de un muro policial. No quieren un AVE en superficie, quieren derribar fronteras urbanas. Pero un partido declinante, que mueve las alas en señal de despedida, ha decidido jugarse el futuro a una carta: que la llegada de alta velocidad, incluso en superficie, haga olvidar los desastres del “ataque coordinado” a nuestros derechos civiles y sociales. Entre tanto, en todas las líneas de fuga del paisaje encontramos la represión. La que llega con la mordaza de la ley que reprime por miedo a la libertad que se expresa en las anchas avenidas, con pancartas, pitos e incluso vuvuzelas.

Un estado autoritario es aquel que teme a la calle porque sabe que es injusto en sus fines y en sus medios. Las noches frías de este extraño febrero.

 

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