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Rodrigo Díaz de Vivar era un caballero oriundo de una antigua familia castellana. Según se decía, era descendiente de Laín Calvo, uno de los jueces a los que los castellanos habían encomendado, bajo el reinado de Fruela I, la composición amigable de sus diferencias. El nombre de Rodrigo Díaz de Vivar aparece, por vez primera, en un diploma de Fernando I del año 1064. Pero Rodrigo ya se había distinguido en una guerra que Sancho de Castilla hubo de sostener contra Sancho de Navarra, venciendo entonces a un caballero navarro en singular combate y conquistándose, por este hecho, el nombre de Campeador.

J.A. Montesinos. No me digan que no tiene sus diferentes lecturas esta imagen recogida en su día por Carlos Trenor del todavía presidente del PP murciano, Pedro Antonio para los amigos. Lamento, quejío… en todo caso, sugiere cante. Quizá entonces, cuando se tomó la foto tras la imputación formal del TSJ, era solamente un sinrubor por peteneras, algo teatralizado, otra de las puestas en escena que tanto amaba.
Lorenzo Sentenac. 28/01/2018

Como el problema es el Estado –decían los iluminados–, todos los golpes que reciba serán para bien. Esta es la esencia y el leitmotiv de la nueva libertad, que desde que aterrizó por estos lares tan secos y poco acostumbrados a la libertad, sea a la antigua o a la nueva, y sobre todo desde que se fundió inextricablemente con la desaforada pasión por el fútbol, no ha cesado de rendir beneficios pingües. No entramos a valorar para quien.

Fueron quienes pagaron el peso de haberlo dado todo, hasta su vida, por una educación igualitaria, al margen de la influencia de una Iglesia católica fascista, aliada con una oligarquía criminal y explotadora. Las maestras y maestros de la República, mujeres y hombres que recorrían cada pueblo, cada pago, cada rincón perdido de España sembrando semillas de educación liberadora, las Misiones Pedagógicas diseñadas por almas nobles para que nadie fuera esclavo de nadie, para construir un país libre de explotación y caciquismo.

Francisco Saura. 28/01/2018

Anduvimos sin objeto antes de detenernos y contemplar el paisaje. Y este era hermoso: algunas nubes, el sol iluminándolas desde abajo, el mar azul (rizado por el viento de poniente), algunas palmeras esparcidas al azar por las dunas, las gaviotas, una garza de perfil, restos de posidonia en la arena...