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Maysun: “Hay un antes y un después en tu vida cuando ves morir al primer niño”

La fotoperiodista Maysun Abu-Khdeir, que colocó una de sus imágenes de Alepo en la portada del ‘New York Times’, asegura: “Amo el periodismo de guerra pero volver a Siria es un suicidio”
Maysun Abu-Khdeir, durante la charla organizada por la Asociación de Informadores Gráficos de Murcia (Foto: M. Guillén)

Un muerto en una fosa común. Un hombre le apunta con una linterna en medio de la noche, en un campo yermo y perdido en tierra de nadie. Trabajar de noche en Alepo es muy peligroso. La fotógrafa enfoca el cadáver con su cámara, sabe que solo tiene un segundo, que debe aprovechar el destello fugaz de la linterna que sujeta su ayudante, el tiempo justo para pulsar el disparador y conseguir la foto soñada que dará la vuelta al mundo. Pero ha de ser en ese preciso instante, no habrá otro, y si un helicóptero o un avión detecta el fogonazo de la linterna, si descubren que están allí, ya pueden darse por muertos. Maysun Abu-Khdeir (Zaragoza, 1980) hizo esa foto en Siria que fue portada del New York Times. “Yo sabía que la escena era importante, que esa fotografía era interesante. ¿Por qué? Porque era la foto de una Siria que no se conocía. La gente no estaba acostumbrada a ver eso. Yo tuve la suerte de vivir esa situación en el sentido de que fui testigo de algo que normalmente la gente no ve”, asegura la fotoperiodista. Hoy Maysun ha regresado a España tras ser testigo del infierno sirio, de esa guerra donde ya no hay periodistas porque estar allí sencillamente es un suicidio. “La revolución contra Bashar al Asad que empezó en 2011 era pacífica. Hoy los integristas han tomado el poder y quieren imponer su agenda, el Califato o lo que sea”, afirma la fotoperiodista, que hace unos días impartió en Murcia una charla organizada por la Asociación de Informadores Gráficos de Prensa y Televisión de la Región.

¿En qué momento sentiste la necesidad de convertirte en corresponsal de guerra, de contar lo que estaba pasando en el mundo?

Es que en realidad no lo decidí, no tomé esa decisión de voy a ser corresponsal o voy a ser fotoperiodista. Yo estaba estudiando para ser arqueóloga, quería ser egiptóloga, y mientras tanto, como complemento a la carrera, comencé a estudiar fotografía. En realidad no empecé a estudiar fotografía desde el punto de vista periodístico y fue a raíz de documentar las comunidades palestinas de Zaragoza y Cataluña cuando empecé a hacer fotos con ese fin. Pero tampoco lo elegí, era una forma de comprender mi propia identidad, ya que soy hispano-palestina. De modo que para mí fue un poco una herramienta de búsqueda identitaria y a raíz de los primeros viajes que hice a Oriente Medio ahí ya digamos que comencé a hacer fotografías y fue cuando me cazó la profesión. En 2006-2007 me di cuenta de que no iba a terminar la carrera de Arqueología y que me había cazado el periodismo.

Es decir que de alguna manera la cámara te buscó a ti, no tú a la cámara…

Lo que me buscó no fue tanto la cámara sino que la vi como una herramienta para comprender mi propia identidad y el mundo que me rodeaba. La manera fue una cámara fotográfica, pero podía haber sido otro tipo de herramienta.

Digamos que entonces la búsqueda de tus raíces, de tu identidad personal, fue el motor que dio origen a tu pasión…

Sí, exacto, porque yo he nacido y me he criado en España pero claro, me he criado con la familia de mi madre. La familia de mi padre no estaba, estaba mi padre pero él no podía volver a Palestina, con lo cual digamos que he crecido solo con una parte de la familia y tenía un montón de preguntas. ¿Quién era mi familia? ¿qué significaba ser palestino? Una forma de responder a esas preguntas y comprender quién era yo, quién debía ser yo en realidad, fue esa: a través de la fotografía.

Así que una vez que estalla la guerra en Siria, en el año 2012, no te lo piensas y decides irte para allá…

Sí, pero antes de Siria he cubierto otros conflictos.

Pero me interesa esa parte, cómo cubres el conflicto sirio. ¿Cómo llegaste allí? ¿Entraste de forma clandestina en el país? ¿Cómo fue esa peripecia?

Bueno, cuando entré de forma clandestina en Siria fue en el segundo viaje. Hice tres expediciones durante la guerra. Había estado una vez antes del conflicto, en 2009, y entre 2012 y 2013 hice otros tres viajes. Principalmente entré de forma oficial con mi sello turco, entraba por la frontera de Turquía. Recuerdo que una de las entradas que hice en el país sí fue ilegal porque queríamos hacer un trabajo sobre campos de refugiados a los que no se podía acceder y queríamos contar lo que sucedía allí. Pero la tónica general de mis entradas en Siria fue legal.

Siempre trabajas como freelance y siempre viajas sola…

Sí, pero a Siria no fui sola. Es importante decir que fui con compañeros porque ir solo allí es un suicidio. En ocasiones los freelance nos juntábamos en pequeños grupos para cubrir los gastos de viaje, para compartir los gastos de coche, de furgoneta, ver quién conducía… Generalmente me desplazo sola, pero a Siria no.

Luego hablamos de lo mal que está la profesión pero cuéntame ese momento en el que entras en Alepo y dices: ya estoy aquí, en el corazón del infierno.

Bueno, lo que me encontré en Alepo… Digamos que hasta que comencé a hacerme una idea más completa o realista de lo que estaba sucediendo en el país necesité mi tiempo, porque lo que vas viendo son retazos y todo sucede tan deprisa que hasta que empiezas a digerir todo lo que está pasando a tu alrededor necesitas un tiempo para procesar, un tiempo de proceso. Básicamente llegué a finales del mes de septiembre de 2012 y crucé la frontera. Había algún compañero que ya estaba allí, otros me esperaron en Turquía y luego cruzamos juntos. Nada más pasar la frontera había un campo de refugiados y vimos toda la gente que estaba allí. Más que refugiados eran desplazados internos, gente que estaba huyendo de la guerra pero que no podía salir a la parte turca. Yo estaba acostumbrada a estar en campos de refugiados así que tampoco me llamó tanto la atención o no comprendí en ese momento la gravedad de la situación. Cuando llegamos a Alepo al día siguiente vimos que aquello era una locura. Bombazos continuos, bombardeos, y tristemente no ha parado desde entonces.

Estabais en uno de los hospitales de Alepo cuando se produjo un bombardeo de Bashar al Asad contra un colegio. Y empezaron a llegar las víctimas…

Bueno, eso nos pasaba todos los días. Hubo un día especialmente sangriento, creo que te refieres al 4 de octubre. Es verdad que hubo un bombardeo contra un colegio que estaba siendo utilizado para que mujeres, niños y ancianos se refugiaran allí y el régimen de Al Asad solía bombardear las zonas con más concentración de civiles, como las colas que se formaban para comprar el pan, la harina, en los hospitales, en los colegios… Ese día sí que fue especialmente sangriento pero no fue el único. En realidad todos los días eran sangrientos pero además en aquella época es que ni siquiera había ambulancias en la zona rebelde. Llevaban a los heridos en camiones de la fruta, en coches, de aquella forma… Era un no parar de claxons, de gente entrando en el hospital, un hospital que además estaba maltrecho porque lo habían bombardeado por lo menos siete veces, así que lo inutilizaron. Al final operaban a la gente hasta en las escaleras del hospital.

Y con cucharas soperas, creo que he leído en algún lugar…

Sí, un poco con lo que había. En aquel momento ese hospital contaba con un poco más de recursos que los de otras zonas, pero obviamente cuando lo bombardearon lo dejaron casi fuera de servicio. Dos o tres doctores que sobrevivieron a los bombardeos montaron otro hospital de campaña en una zona secreta de Alepo, en el interior de un garaje. No tenían absolutamente nada, ni gasas, ni antibióticos, trabajaban como podían. Para habilitar las habitaciones utilizaban unas telas. Fue una labor magnífica la de aquellos doctores. Para mí son héroes.

Creo que fue en aquel mismo hospital donde conseguiste aquella foto mágica que ha dado la vuelta al mundo: la de un soldado arrojado en una fosa que fue publicada por el New York Times.

Sí, en portada.

¿Qué pensaste cuando la estabas haciendo? Tener la foto soñada pero estar viviendo un momento tan terrible, ¿no te generaba un choque emocional?

Bueno, realmente la foto no fue tomada en el hospital. Estábamos en el centro sanitario y de repente uno de los milicianos que colaboraba en las labores humanitarias nos dijo: Vamos a enterrar a dos cadáveres no identificados. Los muertos estaban en una habitación habilitada como morgue y los familiares se iban acercando para ver si los reconocían. Los cadáveres llevaban tres días allí, en un lugar que ni siquiera estaba refrigerado, y no venía a reconocerlos nadie, así que decidieron enterrarlos. Iban a llevárselos en un camión. Nosotros estábamos en la entrada y uno de los médicos nos dijo: ¿Queréis ir con ellos? Estábamos Manu Brabo y yo y dijimos que por supuesto que sí, que obviamente, y nos acercamos al cementerio. Como era una zona de guerra no se podía acceder de noche, es muy peligroso estar en la calle cuando se pone el sol, es peligroso estar de día pero cuando llega la noche aquello es tierra de apaches. Fuimos con el camión pero el problema es que el miliciano no los podía enterrar por sí solo, necesitaba encontrar a gente que le ayudase. Tuvimos que parar en la carretera, tratar de convencer a la gente para que viniera a ayudar a enterrar los cuerpos. El conductor, que se llamaba Ahmed, un miliciano que no hablaba inglés, me decía en un árabe que más o menos yo podía entender: “Esto es haram, esto es pecado, si no los enterramos se los comerán los perros”. Obviamente no los podíamos dejar allí. Cuando hice esa fotografía era ya noche cerrada y no había ni una sola luz porque era muy peligroso llevar cualquier tipo de iluminación que pudieran detectar los helicópteros o los aviones F-16. Si nos veían nos podían bombardear en cualquier momento, por eso usé una pequeña linterna que siempre llevo conmigo por si acaso, porque nunca sabes dónde te vas a meter. Así que le dije al miliciano: A la de tres enciendes la linterna y la apagas; yo haré la foto. De otra manera no se podía hacer porque yo normalmente no utilizo ningún tipo de luz que no sea la que hay en el lugar. Si no lo hacíamos así no había forma de hacer la foto porque no había nada, nada de luz. El cementerio estaba en medio del campo, así que no había otra manera. Y fue así como la hice. Sufrí un poco técnicamente porque no había nada de luz y el objetivo no me enfocaba. Yo sabía que esa escena era importante, que esa foto era interesante. ¿Por qué? Porque hasta ese momento no se habían visto casi fotografías de Siria y las que se veían no tenían nada que ver con esa. Esa era foto del día a día, pero de una Siria que no se conocía. La gente no estaba acostumbrada a ver eso y tuve la suerte de vivir esa situación en el sentido de que fui testigo de algo que normalmente la gente no ve. Eso de estar en medio de un enterramiento, frente a una fosa común, con gente muerta que no estaba identificada y en esas circunstancias, me hacía pensar que la situación era importante. De modo que hice la foto un poco a ciegas porque no me funcionaba el enfoque, la hice con el enfoque manual, sin ver, y pensaba: Por favor, que vaya bien todo. Cuando por fin vi que tenía la foto sabía que era una imagen importante. Se la mandé a la EPA (European Pressphoto Agency), obviamente sabía que esa foto iba a ser publicada pero no me podía imaginar que pudiera ser portada del New York Times. Todo me cogió por sorpresa. Estábamos en Alepo y no teníamos accesos a internet o lo teníamos en pocas ocasiones. Si conseguíamos conectarnos era solo para enviar material y poco más. Conseguíamos conectar durante un tiempo muy limitado, apenas tenías unos minutos. Enviabas las fotos y ya está, ni siquiera podías ponerte a revisar los correos electrónicos. Salimos de allí y fuimos a un pueblecito turco en la frontera y allí pude conectarme y ver un mail con un PDF que me enviaba un amigo. Era la primera página del New York Times con mi foto del miliciano muerto y me decía: “Enhorabuena, has hecho una portada”. Yo pensé: Mira qué majo, ha diseñado una portada con el Photoshop y ha puesto mi foto en plan “un día harás una portada en el New York Times”, como para animarme, ya me entiendes. ¡Pensaba que era de coña! Sin embargo, el siguiente mail era de la directora de relaciones internacionales de EPA, que me mandaba exactamente el mismo PDF y me decía: “Enhorabuena, querida”. Entonces pensé: Ellos dos no se conocen de nada, pues igual es verdad. Entonces fui a la portada del New York Times, vi la página con mi foto y me quedé de piedra.

¿Es cierto que algunas fotos te las censura tu propia agencia por ser demasiado crudas? ¿Qué pasa con los occidentales, nos hemos vuelto muy sensibles, muy hipócritas o ambas cosas a la vez?

Yo creo sinceramente que un poco de ambas cosas. Occidente por supuesto tiene esa sensibilidad tan acentuada que no quiere ver lo que está sucediendo. ¿Por qué? Porque básicamente la mayor parte de los conflictos bélicos que hay abiertos en el mundo en la actualidad o los ha creado Occidente o es partícipe de ellos. De algún modo, en el fondo, yo creo que no queremos saber, nos gusta mantenernos en nuestra burbuja. Pero no solo a mí me censuran, censuran a todos los fotógrafos y ellos mismos se autocensuran al hacer las fotos, al consultar los diarios, al redactar la información. En Occidente la gente piensa: No me muestres esto, que me molesta, que estoy comiendo. Pero por mucho que no miremos el problema no va a dejar de suceder.

Viajaste por Siria empotrada en el ejército rebelde, en las milicias, aunque no se sepa muy bien quiénes son porque hay varias facciones luchando en el mismo bando…

Pero yo fui con un grupo concreto.

¿Estuviste cerca del Jabhat al Nusra, de los que aquí llamamos fundamentalistas, yihadistas? ¿Llegaste a tener contacto con ellos?

Sí, por supuesto.

¿Y no tuviste miedo de que esa gente quisiera terminar contigo en algún momento?

Bueno, sí… Tuve algún problema con ellos. En realidad con la gente extremista, ya se sabe… Sí había problemas con Jabhat al Nusra. Los vimos por el hospital de Alepo, incluso quisimos hacerles una entrevista, fotos, un poco en esa línea, pero al fin y al cabo yo me iba. El miedo en realidad no lo tenía tanto por mí como por lo que ellos podían hacer en ese país y que luego en realidad se cumplió. Porque entre los viajes que hice al principio, al comienzo de cubrir Siria, y los que hice al final, cuando dejamos de ir por los secuestros, por el asesinato de Jim Foley, pude apreciar ese cambio, esa transformación que se palpaba en el aire. Los de la prensa decíamos: Uf, esto está cogiendo unos tintes muy feos y está siendo cada vez más peligroso. Se notaba que había cada vez más extremismo. La gente que al principio de la guerra estaba en un bando y que no era extremista para nada, los que estaban en el Ejército de Siria Libre, con los que íbamos empotrados y que fueron los que comenzaron a luchar contra Al Asad, no tenían nada que ver con los extremistas que más tarde comenzaron a tomar el control de todo. Los integristas cada vez eran más, gente que anteriormente estaba en un bando y luego se dejaba la barba y vestían de negro y tú te preguntabas: ¿Cómo puede ser? Si éste ni siquiera era religioso. Date cuenta que una guerra es así de cruda y la gente en realidad sobrevive, o intenta sobrevivir. Yo en algunos momentos me decía: fulanito se ha pasado al lado oscuro.

Es decir, que conforme avanzaba la guerra hubo una evolución en las filas rebeldes, los más extremistas fueron tomando el poder.

Sí, desgraciadamente es así. Es bastante más complicado que eso porque Siria siempre ha sido una realidad tan compleja que ni siquiera los que hemos estado allí la llegamos a comprender. Pero sí, lo que pudimos apreciar es que al principio no había tanta presencia de integristas y con el tiempo cada vez eran más, tenían más territorio, provocaban reyertas con unos y con otros, con los kurdos, con los del FPA (Fuerzas de Protección Autónomas)… Y entonces nos decíamos: esta gente que al principio apoyaba a la revolución y solo quería ayudar al pueblo tiene una agenda oculta y en algún momento se les va a ir de las manos y van a robar la revolución a los sirios. Y así fue. Mientras tanto el régimen de Al Asad siguió matando durante años y claro, este proceso de extremismo no ha ayudado a que la guerra termine antes.

Supongo que siendo mujer sería aún más complicado cubrir esa guerra…

Yo creo que personalmente, como mujer en una situación de guerra, excepto en frentes donde las milicias eran muy extremistas y me decían “no queremos mujeres aquí”, en general, yo lo tengo más fácil por ser mujer. Y esto es así porque en una guerra una mujer no representa un peligro, no representa una amenaza, tampoco te toman muy en serio, con lo cual te dejan estar, te dejan hacer, te dejan, y al final te cuelas hasta la cocina básicamente. Para mí, siendo mujer, es más fácil tener acceso a ciertas situaciones, ya que ellos reaccionan mucho más templadamente conmigo e incluso de forma mucho más protectora que si fuera un hombre. Siendo un hombre me sentiría más agredido, se preguntarían: ¿y éste quién es? Y se pondrían más nerviosos. Ya te digo, en Siria solo he tenido problemas para cubrir los frentes que estaban controlados por los integristas pero es que estos ni siquiera querían fotógrafos masculinos, no querían a nadie allí, especialmente no querían a las mujeres, pero a los hombres tampoco.

¿Y por qué crees que hay tan pocas mujeres fotoperiodistas?

Pues la verdad es que ésta es una profesión sexista, al igual que otros oficios y ámbitos de la vida, no de este país sino del mundo entero. Y no porque sea sexista en sí misma sino porque vivimos en una sociedad patriarcal. En esta profesión, a la hora de mandar corresponsales al extranjero, a otros países, si son peligrosos, yo creo que las empresas se lo piensan dos veces antes de mandar a una mujer. Prefieren enviar a un compañero antes que a una compañera, por los prejuicios personales que tengan. A mí me están diciendo constantemente que siendo como soy delgadita y frágil cómo me puedo dedicar a esto. Puedo parecer frágil pero no lo soy. Serán frágiles los prejuicios, no yo. Al fin y al cabo lo que hay son personas, pero cada uno tiene su forma de pensar y desgraciadamente en el trabajo, lo que es la igualdad laboral, no siempre está presente. Pero bueno, aunque es verdad que no hay muchas fotoperiodistas españolas, algunas sí las hay…

¿En algún momento visteis que se utilizaran armas químicas contra la población por parte del régimen de Al Asad?

Nosotros no lo vimos porque no estábamos allí en ese momento, sí que hay otros compañeros que estuvieron y que dicen que hay pruebas de ello. Yo de primera mano no te lo puedo confirmar porque no estaba allí, pero eso sí se habló en foros de periodistas y demás y la gente que estaba allí lo sabe.

¿Y Al Asad? ¿Llegará a caer alguna vez o sería peor que Siria cayera en manos del Califato de ISIS?

Al Asad ha destruido el país, pero aunque caiga no habrá paz en Siria durante muchos años. Desgraciadamente porque ahora mismo hay demasiados intereses de por medio y demasiada inestabilidad. Esto no es una guerra civil y ya está, esto no es Al Asad contra el FPA, esto ha crecido, ha evolucionado de una determinada forma y va a ser un polvorín durante mucho tiempo. Mira Irak, acuérdate de lo que duró la guerra: en realidad nunca ha dejado de haber guerra. Aunque ya no la haya oficialmente es un país deconstruido.

Últimamente parece que nos hemos olvidado de la guerra de Siria, llegan menos noticias de allí…

Precisamente hay un olvido porque los periodistas no están pudiendo ir a cubrir ese conflicto, no están pudiendo mostrarlo y básicamente no pueden porque entrar allí es un suicidio, porque te secuestran y te matan o te secuestran, te torturan, esperan dos años y te matan. Yo hablo por mí, pero en general mis compañeros están conmigo en que amamos esta profesión pero no tanto como para suicidarnos. Es un gran problema porque Siria necesita que la gente sepa lo que está pasando allí. De todas maneras ya te digo, ahora mismo es muy complicado, ninguno de los que hemos estado en Siria estamos yendo otra vez. Los únicos que fueron, Pampliega, López y Sastre, ya sabes lo que pasó: diez meses de secuestro. Y demos gracias que volvieron con vida cuando ya no dábamos un duro.

¿En algún momento pensaste: yo de aquí no salgo con vida?

Es que en realidad cuando estás allí te tienes que centrar en tu trabajo. Si te pones a pensar: me van a matar, me van a secuestrar, no harías nada. Yo creo que el miedo es importante, necesario y natural y hay que tenerlo equilibrado. No puedes tener tan poco miedo como para no poder hacer tu trabajo porque eres un kamikaze (si no tienes nada de miedo es mejor que te vayas a casa) y si tienes tanto miedo como para no hacer tu trabajo también es mejor que te vayas. El miedo está en todo, hay que usarlo de brújula, para saber cuáles son tus propios límites, pero no te puedes dejar llevar por él porque si no, nunca harías nada.

Después de llegar de Siria, tuviste que tomarte un tiempo de descanso para poder asimilar todo aquello.

Y meses me he llegado a tomar porque cuando llegas de un país en conflicto necesitas un tiempo para descomprimir, para procesar lo que has estado viviendo, para dejar que tu cerebro deje de estar en alarma continua. Al final, cuando llegas estás como en alerta, parece que puedes seguir, seguir, seguir, y de repente llegas a casa, el cerebro desconecta, dices ya estoy a salvo, y te da un bajón físico y psicológico importante. En ocasiones también tienes estrés postraumático, aunque nada en comparación con lo que ha estado pasando esa gente que lleva viviendo la guerra durante años.

¿Qué es lo más duro que has tenido que vivir allí? Alguna escena que te haya quedado grabada en la memoria.

Muchísimas, tengo muchas en realidad, no se me olvida ninguna pero sí me marcó mucho el primer niño que vi morir, evidentemente hay un antes y un después en tu vida.

¿Por qué crees que la gente de ISIS ha llegado a ese nivel de locura y fanatismo?

En realidad eso no se ha gestado en un momento, la gente piensa que esto ha estallado de la nada pero llevaban décadas aguantando un régimen dictatorial que estaba pseudodisfrazado. La imagen que se proyectaba al exterior de Siria era la de un país amistoso, muy democrático, pero de democrático no tenía nada. Cuando yo estuve allí en 2009 y no había guerra aún, se podía mascar la tensión, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Ya había mucho miedo, no se podía hablar libremente, la gente no tenía internet en sus casas, tenían que ir a cibercafés para utilizarlo, incluso tenían que pedir permiso a los servicios secretos para conectarse a la red. Nadie lo hacía porque todos sabían que eso significaba tener un problema, ya que el Gobierno iría a sus casas a preguntarles por qué querían conectarse a internet. El único país al que he llegado y me han metido en el calabozo directamente porque pensaban que era una espía ha sido Siria antes de la guerra. Durante mi estancia allí me seguían a todas partes, cuando entraba en una tienda había retratos de Al Asad colgados en todas las paredes y mis amigos me decían: no mires el retrato directamente porque te van a preguntar qué opinas de él y te vas a buscar un lío. Éste era el nivel de miedo que tenía la gente. A los turistas que iban a Siria los llevaban a Damasco, Alepo, Palmira, le hacían la ruta y ya está, pero no vivían el día a día de la gente, no vivían su represión, y eso se estuvo incubando durante décadas y al final reventó.

Se puede entender que un pueblo, cuando está oprimido, decida luchar por su libertad, pero eso de inmolarse, los cinturones de explosivos, esto es otra cosa…

¡No, no, pero es que eso no es así! La revolución no era eso al principio, la revolución que empezó en 2011 era pacífica…

Pero luego ha derivado y ha degenerado en esto otro, en ISIS. ¿Qué ha pasado ahí?

¡Claro, porque las agendas ya no son las mismas! Los primeros revolucionarios ahora están arrinconados y puteadísimos, pero los de los cinturones de explosivos no son de Siria, o si son sirios tienen una agenda muy distinta a la de recuperar la libertad para su país. Ellos, los integristas, no quieren eso, quieren imponer su verdad entre comillas, el Califato o lo que sea, pero desde luego el problema que hay ahora en Siria no tiene nada que ver con la situación al comienzo de la guerra, cuando Al Asad decidió disparar contra civiles desarmados y la gente dijo: hasta aquí. Los motivos que llevaron al pueblo a coger las armas y a decir ya está bien, no son para nada los que hay ahora. Ha habido un gran oportunismo de esta gente, básicamente la revolución se la robaron a los sirios.

¿Piensas volver? Imagino que a corto plazo no porque no se puede trabajar allí…

No. Hombre, me gustaría. A mí Siria es un país que me encanta. En el 2009 ya estuve allí en un campo de refugiados palestino de Damasco que ahora está bajo control de ISIS. A mí Siria siempre me ha gustado, me parece un país bellísimo con gente maravillosa y espero poder volver en una situación mejor que la que me encontré yo. Ojalá en algún momento pueda hacerlo.

Dices que no haces fotos por dinero, evidentemente con esto no se hace rico nadie, y que lo haces por valores, ¿cuáles son esos valores?

Bueno, creo que los básicos que cualquier persona tiene o debería tener: los derechos humanos. A mí, desde pequeña, me ha afectado ver la injusticia, ver a gente sufriendo en los telediarios por uno u otro motivo era algo que me removía mucho por dentro, me producía un gran desasosiego y la sensación de que de alguna forma tenía que hacer algo. No podía entender que alguien pudiera ver un telediario y se quedara tan tranquilo, sin que se le revolvieran las tripas. No en el sentido de: no quiero mirar, sino que no le naciera una especie de espíritu de cambio. A mí esto es lo que me lleva a hacer mi trabajo, el derecho a la libertad, a la vida, al respeto mutuo, y básicamente el bien común en una sociedad basada en los derechos humanos. Eso es en lo que creo.

Pero un fotoperiodista en medio de una guerra es como una hormiga en medio de la tormenta. ¿No te sientes pequeña y sin posibilidad de cambiar las cosas? ¿No te preguntas por momentos a quién le importa lo que está pasando allí?

Sí que hay momentos así, por supuesto. Todos somos humanos, yo me puedo sentir como una hormiga, pero vamos, somos muchas hormigas en este mundo y este trabajo no es de uno sino de muchos y cuando está bien hecho es cuando dejas el ego aparte y te centras en por qué hago esto. Eso es lo que te tiene que mover. Yo no espero que una fotografía mía cambie el mundo ni un reportaje tampoco, pero si muchas fotografías de muchos compañeros sobre el mismo tema consiguen hacer mella en la memoria colectiva y en la conciencia como sociedad, eso es lo que me interesa, y si se consigue cambiar algo, aunque sea a un nivel menor, ya es algo. En realidad no hace falta cambiar toda la sociedad. Si se cambiara, genial, pero con que una persona se pare a reflexionar sobre ello, algo bueno habremos hecho.

La profesión está cada vez peor, imagino que tendrás que poner dinero de tu bolsillo para viajar a países lejanos, muchas veces sabes que vas a ir allí perdiendo dinero. ¿Cómo ves el oficio de fotoperiodista ahora mismo?

Bueno, pierdo dinero continuamente, de hecho trabajo para poder trabajar. Hacemos un poco de todo, una exposición, un taller, dar clases en colegios, lo que sea para básicamente costearte lo que no te está pagando la profesión. Esto está muy mal pagado, cuando está pagado. Nosotros hacemos un trabajo y ese trabajo se cobra, nunca hago nada gratis salvo que sea por una buena causa, porque una oenegé está recaudando dinero para un hospital de niños, pero eso es a título personal no a título profesional. Sí, la profesión está cada vez peor, pero yo creo que de alguna forma estamos tocando fondo y cuando estás mucho tiempo en el suelo, en algún momento te tienes que levantar. Todos sabemos perfectamente de qué pie cojea esta profesión y qué es lo que debemos cambiar. Es una cuestión de tiempo que se haga algo. Ahora lo que toca es mucho diálogo entre compañeros y llegar a puntos en común para tratar de mejorar. Yo es que soy optimista por naturaleza, pasé un momento de mucha frustración en mi vida y me dieron ganas de mandarlo todo al cuerno, de irme al monte, pero al monte no te puedes ir tampoco si no tienes pasta. Entonces claro, es una pescadilla que se muerde la cola. Hay días en que lo mandarías todo a tomar por saco y otros en los que vas a un sitio y a otro y tienes muchas ganas de hacer cosas y todo funciona bien.

Imagino que porque se lleva en la sangre y es una profesión vocacional porque si no, no lo harías…

Es algo absolutamente vocacional porque es una profesión dura donde no tienes un salario. Si tienes suerte puedes llegar a estar en una agencia con un contrato, pero ahora ya no se hacen contratos, la gente que los tiene lleva veinte años en el oficio y siguen teniendo ese contrato porque a la empresa les sale más caro echarlos a la calle. A los fotógrafos jóvenes no les hacen contratos. Ésta es una profesión que te tienes que currar día a día, mandar muchos mails, mucho trabajo de oficina, marketing, pelear mucho, estrujarte la cabeza pensando de dónde puedes sacar dinero para hacer tu trabajo, ése es el día a día y eso es lo más frustrante. Pero bueno, se va aprendiendo. Normalmente los fotógrafos solemos ser muy malos con los negocios y al final vas aprendiendo. Pero sí, es cierto: ninguno en este oficio termina como Rockefeller.

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