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Y aquel vuelo no era solo para pájaros

La Sima de Jinámar, cono volcánico donde fueron arrojados vivos muchos represaliados canarios durante la guerra civil.

"(…) Ya en el fondo Ignacio era como uno más; nadie estaba extrañado y él parecía como si viviera de toda la vida en el mismísimo fondo de la Sima." (José Luis Morales)

Los colocaron en varios grupos en la pequeña explanada de la Sima tras el largo trecho andando desde Caserones. El grupo de hombres no se podía casi mover porque las cuerdas se les clavaban en las muñecas. Los falangistas hicieron un pasillo hasta la “Bajada de la muerte”, una especie de tobogán natural en la piedra que daba al vacío de casi cien metros:

—Primero los de Agaete que son los más jóvenes —dijo Juan del Río, que junto a Francisco Rubio y al hijo más viejo del Conde de la Vega, de nombre Borja, dirigían la operación esa madrugada de septiembre del 36.

Unos jóvenes fornidos de toda la vida trabajando la tierra, con camisas blancas, algunos con boinas negras, que se tambaleaban con los cuerpos magullados, tras una noche entera de torturas, desde que los detuvieron en la Vecindad de Enfrente del Valle de San Pedro. En fila de dos y rodeados por los fascistas, los acercaban al abismo, los alzaban en volandas y los lanzaban de espalda y sin mediar palabra, en muchos casos sin darles el tiro en la nuca, por lo que caían vivos hasta el fondo de la chimenea volcánica.

Se escuchaban sus gritos de horror, los golpes violentos contras las afiladas paredes volcánicas. Algunos no decían nada y se precipitaban en silencio hasta el fondo. Se tardaba en llegar, segundos que se hacían eternos para quienes estaban arriba, hasta que se escuchaba un ruido seco, como cuando un saco de papas caía de los camiones de los terratenientes agrícolas, los mismos vehículos que ahora usaban para trasladar a quienes iban a ser asesinados y desaparecidos.

Ignacio Morales temblaba de miedo y ya no sentía sus brazos atados a la espalda; iba viendo como tiraban a sus compañeros al agujero del diablo, uno a uno iluminados con las antorchas que sostenían los falanges más jóvenes.

No dejaba de pensar en su madre, que se había quedado sola cuando lo sacaron hacía tres días de su humilde casa de Agüimes. La enfermedad de su vieja le impedía caminar y estaba postrada en su cama, el cáncer se la comía. No pudo hacer nada para que no se llevaran a su chiquillo, ni siquiera don Antonio, el cura de Ingenio que vino a verla como cada quince días, puedo evitar la detención:

—Mi niño no ha hecho nada, no ve que no tiene más de quince años. Él solo iba a las reuniones de la Sociedad Obrera porque había muchachas que le gustaban —le decía Angélica Hernández al sacerdote, que negaba con la cabeza y se persignaba.

Ignacio esperaba resignado el momento de ser asesinado. Había una brisa helada que venía de las costas de Bocabarranco, no aguantaba el frío y ni siquiera tenía fuerzas para intentar salir corriendo, lanzarse por la ladera sobre las tabaibas gigantes. Pero no podía, le dolía la espalda, las piernas, el estómago, fueron demasiados golpes, pensaba, mientra tiraban al último de los hombres y llegaba su turno:

—Traigan a esta maricona que tenemos que bajar ya a la casa de putas de Candidita —dijo Del Río Ayala descorchando una botella de ron del Charco, ante la mirada atónita del resto de falangistas.

—Es casi un niño, mi amo —exclamó el mayordomo del conde Eustasio López, que tenía un tic nervioso que le hacía mover los hombros, abriendo la boca compulsivamente en una mueca que daba miedo en aquella oscuridad.

—¿Y si le metemos una jalada y lo dejamos tirado por aquí? —gritó borracho como una cuba el requeté de Telde Juan Curbelo, al ver que iban a tirar a la Sima a un menor de edad.

El jefe, Francisco Rubio Guerra, los mandó a callar y ordenó que lo arrojaran al agujero:

—Aquí no es cuestión de edades señores. Este hijo de puta es un rojo y da igual que tenga cinco o cincuenta años, la consigna de la Santa Cruzada es acabar con toda esta escoria.

Ignacio se mantenía erguido, no agachó la cabeza y los miraba a la cara; sentía miedo, pero quería mantener la dignidad hasta el último momento y habló con la voz rota:

—Así matan los fascistas a un hombre indefenso, los que hablan de patria y unidad de España no son más que unos asesinos cobardes —no había terminado la frase cuando el guardia civil de Las Palmas Esteban Junco le golpeó en la espalda con la culata del máuser.

El muchacho cayó al suelo destrozándose la nariz contra el picón, quedando unos instantes inconsciente, hasta que abrió los ojos y vio como dos falangistas lo habían colocado de espaldas en el filo de la Sima. No dijo nada, se mantuvo mirándolos hasta que lo tiraron con un fuerte empujón.

Se vio en el vacío, solo se dio un golpe con uno de los laterales, que lo desplazó de nuevo al centro hasta caer sobre los cuerpos de sus compañeros.

Sintió que no podía mover las piernas y un terrible dolor en el brazo derecho, sintió que lo tenía fracturado, las cuerdas se habían roto en la caída, sintió el calor de su camaradas destrozados, y abundante sangre. Se arrastró como una serpiente unos veinte metros hasta llegar a uno de los extremos del abismo, miró hacia arriba y vio la luz del amanecer que iluminaba el infierno; le pareció una catedral inmensa, ya no tenía frío, olía como la lonja de la carne por la mañana, cuando Juan “El Carnicero” hacía su trabajo junto a la iglesia de San Sebastián.

También vio muchos cráneos, huesos amontonados, y cadáveres en estado de descomposición que habían arrojado hacía días, quizás semanas o meses; también a varias mujeres con sus vestidos destrozados, dos chicas morenas muy jóvenes; pudo reconocer a la maestra de Agüimes Maribel Castro, que estaba en un rincón en posición fetal. Pensó que también había sobrevivido a la caída para luego morir desangrada.

De sus piernas y cuello no paraba de manar la sangre hasta que decidió dejarse ir, abandonarse a la tierna caricia de la muerte.

Se acostó boca arriba y se dio cuenta de que no se escuchaba nada; arriba los fascistas se habían marchado, había un silencio que no le daba miedo, que lo relajaba sabiendo que ya era el final de la dulce vida; se acordó de nuevo de su madre, dormido profundamente soñaba con las flores de Guayadeque, con el agua que corría imparable por el barranco de las momias ancestrales.

@entrelatormenta

 

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