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En las vías

A los dirigentes del PP murciano –que no olvidemos siguen liderados por un tipo a punto de sentarse en el banquillo por corrupción–, les debe haber venido de perlas la situación en Cataluña para aflojarles la corbata y poner sordina a las protestas vecinales junto al paso a nivel de Santiago el Mayor y las subsiguientes manifestaciones por las calles de Murcia, crecientemente masivas y populares, en el buen sentido de la palabra. Digo de perlas porque, en condiciones de normalidad política (si es que eso fue posible alguna vez en este país), estaría siendo de tal dimensión el escándalo nacional que tanto al alcalde de Murcia como al presidente de la Comunidad y al delegado del Gobierno se los debería haber tragado ya la tierra.

Mención aparte merecen los diputados nacionales Teodoro García y Francisco Bernabé, los nuevos gemelos del sur dando el cante, o los regionales Guillamón y el portavoz Martínez, cuyas apariciones estelares responden invariablemente al arquetipo bocachancla que tan graciosamente se prodiga entre la clase política.  

Descartada esa posibilidad por ilusoria –la de que se haya tragado la tierra a los susodichos–, lo que se dirime en el paso a nivel de Santiago el Mayor ya no es tanto la modernización de una infraestructura ferroviaria decimonónica como el orden natural de las cosas: primero las personas, después las máquinas. O traído aquí: la gente por arriba y el tren por abajo.

“Lo que ha nacido en ese paso a nivel con barreras (y ahora también con policías) parece el germen de un despertar colectivo que ya no se conforma con rumiar un estado de mentira permanente”

En realidad –lo recuerda el maestro Cano Clares– lo suyo es que en su día la planificación urbanística de Murcia hubiera previsto un arco norte ferroviario desde el límite con Alicante para excluir así también la presencia de las vías en el corazón de importantes núcleos de población asfixiados por el trazado del siglo XIX, como Alcantarilla (otro polvorín a la vista). También podría haberse reservado suelo para un by-pass ferroviario al sur de la Ronda Sur. No hace falta ser un visionario, ni un urbanista, ni siquiera un ingeniero ilustrado, para concluir que las soluciones realmente modernas para el tren en Murcia pasaban por sacarlo de la ciudad. Pero tanto el norte como el sur del casco urbano han sido territorio comanche (léase Samper y Sánchez Carrillo y Cía) en los momentos críticos de tomar decisiones políticas, y aquí con las cosas de especular no se juega.

En este sentido, cuando han tenido el gobierno en Madrid, los grandes partidos PP y PSOE han demostrado una actitud inmisericorde con la Región de Murcia, relegándonos, en la práctica, al tren de la bruja. Por descontado, en el ámbito regional y municipal, los gobernantes de ambos partidos –incluido el todopoderoso Valcárcel, quizá el que más– han balado (del ovino balar) siempre al compás que les marcaban sus jefes nacionales de Obras Públicas, Fomento o Sursum Corda, al punto de babear y asentir ante la mera visita de cualquier subsecretario.

Lo que está ocurriendo en el paso a nivel de Torre de Romo trasciende ya la tenaz, legítima y admirable lucha de la Plataforma Pro Soterramiento, ese grupo de personas cuya protesta ha abierto los ojos a mucha gente medio anestesiada por la sucesión de festejos caros e inanes, y también a otros muchos ciudadanos que empiezan a rebelarse ya ante el constante atropello de los gobernantes a sus propios vecinos. Al contrario de las consignas que repiten en los medios de comunicación –que si los manifestantes están manipulados, que si utilizan la violencia, que si la abuela fuma–, lo que ha nacido en ese paso a nivel con barreras (y ahora también con policías) parece el germen de un despertar colectivo que ya no se conforma con rumiar un estado de mentira permanente que administra propaganda en vena con el dinero de todos.

El tren debió desviarse hace tiempo. No se hizo por los oscuros intereses de algunos y por las tradicionales anteojeras de los responsables políticos. Y ahora quieren que el pájaro de alta velocidad llegue cuanto antes y de cualquier manera, sin cumplir siquiera sus propios compromisos. Para que los cuatro albarracines y otros tantos diputados viajen a Madrid tan ricamente. Como con Corvera, más o menos.

No ahondaremos aquí, porque merecen comentario aparte, en la guerra sucia –soterrada, más bien– por parte de la autoridad competente y del administrador de infraestructuras; en el cuasi esotérico papel de los medios de comunicación habituales y su funambulista juego de jerarquías informativas; o en el milagroso regreso de la Fuensantica a una supuesta ruta ancestral por Patiño. Todo eso, para otro día.

 

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