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La verdad sobre el Cid Campeador

Estatua del Cid Campeador en Balboa Park, San Diego, California.

Rodrigo Díaz de Vivar era un caballero oriundo de una antigua familia castellana. Según se decía, era descendiente de Laín Calvo, uno de los jueces a los que los castellanos habían encomendado, bajo el reinado de Fruela I, la composición amigable de sus diferencias. El nombre de Rodrigo Díaz de Vivar aparece, por vez primera, en un diploma de Fernando I del año 1064. Pero Rodrigo ya se había distinguido en una guerra que Sancho de Castilla hubo de sostener contra Sancho de Navarra, venciendo entonces a un caballero navarro en singular combate y conquistándose, por este hecho, el nombre de Campeador. Era Rodrigo a la sazón abanderado de Sancho II de Castilla, o lo que es lo mismo, general en jefe de su ejército.

Pero cuando realmente empieza a darse a conocer es en la defensa de Sancho II de Castilla contra Alfonso VI de León, hijos ambos de Fernando I. Abatido se hallaba el ánimo de Sancho por la derrota que había sufrido en Golpejar, en los límites de Castilla y León. Cuando Rodrigo supo que Alfonso y su ejército habían cesado en su persecución de los partidarios de Sancho, debido a que Alfonso creía ya seguro el reino de Castilla, el Cid animó a Sancho diciéndole: “Ufanos con la victoria conseguida, los leoneses reposan en nuestras tiendas sin recelo de nada. Caigamos sobre ellos al amanecer y los batiremos”. Sancho, oyendo este consejo, rehizo su ejército y, al despuntar la aurora, se arrojó sobre los enemigos, degollando a la mayor parte de los leoneses que estaban todavía dormidos. Algunos debieron su salvación a la huida, entre ellos, de Alfonso VI de León, hermano de Sancho. La historia, aseguran algunos hispanistas ingleses, no justificará nunca el consejo de Rodrigo y sostienen que en el fondo no era más que una traición, una violación de las condiciones estipuladas entre ambos hermanos. La realidad, en cambio, es que Rodrigo servía y era abanderado o general de su ejército. Y Rodrigo era vasallo de Sancho, su señor. No es verdad que ambos hermanos hubieran acordado condiciones. Estos juicios calumniosos al Cid no los hacen todos los hispanistas británicos o americanos. Sólo aquellos a los que le gusta meter leña a la leyenda negra española.

Se distinguió también Rodrigo en el sitio de Zamora, valerosamente defendida por doña Urraca. Allí estuvo a punto de matar, cerca de la puerta de aquella ciudad, a Bellido Dolfos, asesino del rey Sancho II. Recibió el Cid después, en Santa Gadea, el juramento de Alfonso VI, a quien, después de manifestada la repugnancia en Burgos de los principales castellanos, y no teniendo otro príncipe a quien colocar en el trono, le fue dada por aquéllos la Corona de Castilla, con la condición de que jurase no haber tomado parte en el asesinato de su hermano Sancho.

Desde esta ocasión, Alfonso VI tomó ojeriza a Rodrigo. Pero éste era demasiado poderoso y, por tanto, temible. Así que el rey se armó de prudencia, disimuló sus sentimientos y, queriendo ligarlo a su familia y conservar al mismo tiempo la buena armonía entre castellanos y leoneses, le hizo desposarse con su prima Jimena, hija de Diego, conde de Oviedo, el 19 de julio de 1074. El rey pensaba que estaría más tranquilo con Rodrigo casado con la prima del monarca.

Se distinguió también Rodrigo notablemente en una batalla contra los granadinos. Cuando, por encargo de Alfonso VI, fue a la corte de Motamid, rey de Sevilla, a cobrar el impuesto que este rey tenía que pagar al rey castellano, Motamid estaba en guerra con Abdalláh, rey de Granada. Rodrigo envió a decir a éste que no atacase a Motamid porque era aliado de Alfonso VI. Pero los granadinos, despreciando sus ruegos y sus amenazas y llevando a sangre y fuego cuanto encontraban a su paso, llegaron hasta Cabra, donde Rodrigo, acompañado de su mesnada y del ejército sevillano, acudió a presentarles batalla. Quedaron los granadinos completamente destrozados y muchos caballeros cristianos, entre los que se encontraba García Ordónez, cayeron en poder de Rodrigo, que les quitó cuanto tenían y les devolvió la libertad a los tres meses. Luego, Rodrigo, habiendo recibido de Motamid muchos regalos para el rey Alfonso, volvió a Castilla. Pero entonces sus enemigos, especialmente García Ordóñez, le acusaron vilmente de haberse apropiado una gran parte de los regalos destinados al rey Alfonso. Éste no había olvidado la Jura de Santa Gadea, dio oídos a tales imputaciones y, en el año 1081, en que el Cid había atacado a los moros sin consentimiento real, le desterró de sus reinos.

Desde entonces, Rodrigo comenzó a llevar la vida de un aventurero y a combatir con su numeroso ejército. Marchó a Zaragoza y allí defendió a Mutanín contra su hermano Mondhir, hijos de Moctadir, de la familia de los Beni-Hud. Infundió tanto pavor a los enemigos que llegó a entrar en el castillo de Monzón. En otra guerra entre estos dos príncipes musulmanes, consiguió un glorioso triunfo, haciendo prisionero al conde de Barcelona, con quien Mutanín concluyó la paz, devolviéndole la libertad a los cinco días de la batalla.

Pero el Cid quería servir a un monarca cristiano, especialmente al rey Alfonso VI. Aunque sin su perdón y consiguiente permiso de admisión a sus reinos, poco podía hacer Rodrigo. Estaba desterrado. Pero en 1084 regresó a Castilla y, después de tener una breve entrevista con Alfonso VI, en la que aquél comprendió que el monarca le guardaba sus antiguos rencores, no le quedó más remedio que marcharse de Castilla y ponerse con su mesnada al servicio de Mutaním. En cinco días corrió y saqueó toda la Corona de Aragón. Hay que tener en cuenta que la mesnada o ejército del Campeador la formaban entre doce mil y catorce mil hombres. Penetró nuevamente en territorio de Mondhir, atacando Morella y saqueado toda la zona. Sancho de Aragón acudió a la defensa de Mondhir, pero sobre los dos ejércitos consiguió Rodrigo un completo triunfo, cayendo en su poder dieciséis nobles y dos mil soldados.

Cuando Rodrigo y su mesnada volvieron a Zaragoza cargados de un botín inmenso, Mutaním y sus hijos salieron a su encuentro, acompañados de una multitud de hombres y mujeres que, según la Gesta Roderici Campidocti, hacían estremecer el aire con sus gritos de alegría.

Muerto Mutaním, Rodrigo se puso al servicio del hijo de aquél, Mostain. Pero nada se sabe de las expediciones del Cid desde 1085 a 1088, en que celebró con Mostain un convenio cuyo objeto era conquistar Valencia. Y desde este momento vive Rodrigo la parte más interesante de su vida. En virtud del convenio firmado con Mostain, la ciudad de Valencia, una vez conquistada, quedaría para el musulmán y Rodrigo sería el dueño de todo el botín. Se pusieron en marcha, Mostain con cuatrocientos jinetes y el Cid con cuatro mil jinetes y una mesnada de entre cuatro mil y ocho mil.

Pero, en el momento oportuno, Rodrigo mostró gran repugnancia en el hecho de ayudar a su aliado, alegando que Kadir, que dominaba en Valencia, era vasallo de Alfonso VI y pagaba a éste el tributo. Mostain, disgustado, volvió a Zaragoza. El Cid, desde Valencia, se dirigió a la fortaleza de Jerica, dependiente del que gobernaba en Murcia (1088). El Cid puso sitio a la fortaleza, pero tuvo que ordenar levantarlo cuando el rey de Tortosa acudió al socorro de la plaza. Volvió Rodrigo a Valencia, donde sostuvo amigables tratos con Kadir y los reyes vecinos.

En 1089 volvieron el Cid y su ejército a Castilla, donde fueron bien recibidos por Alfonso VI, que donó a Rodrigo las tierras y castillos de Dueñas, Gormaz, Ibia, Campo, Caña, Briviesca y Berlanga, y le concedió el privilegio de que cuantas tierras y fortalezas conquistase a los musulmanes fueran para él y sus descendientes.

Concluidos estos tratos, marchó Rodrigo al reino de Valencia, con nueve mil hombres que componían su mesnada. En Calamocha celebró una entrevista con Jisaám, rey musulmán de Albarracín, que se reconoció tributario de Alfonso VI. Se aproximó enseguida a Valencia, sitiada por el conde de Barcelona y por el rey musulmán de Zaragoza. Pero uno y otro se retiraron y el Cid entró en la ciudad sin hallar en aquéllos resistencia. Rodrigo se comprometió a defender a Kadir contra todos sus enemigos y el musulmán, en cambio, se comprometió a pagarle mil dínares mensuales. Comenzó entonces el Cid sus incursiones por tierras musulmanas por las de Alpuente y con rico botín tomó la vuelta hacia Requena, obligando a los gobernadores de los castillos a que pagasen a Kadir los tributos que le debían.

Contra su voluntad, Rodrigo no pudo asistir con su hueste al llamamiento de Alfonso VI cuando éste se dirigía contra los infieles que habían sitiado el castillo de Aledo, en el reino de Murcia. El rey de Castilla, siempre predispuesto contra Rodrigo, dio crédito a los que afirmaban que la ausencia del Cid había sido premeditada. Alfonso VI, lleno de indignación, se apoderó de todas las tierras que un año antes le había concedido y de las que eran propiedad de Rodrigo. Ordenó además el monarca prender a doña Jimena, esposa del Cid, y a los hijos de éstos.

Informado de todo Rodrigo, mandó a uno de sus capitanes para justificarse ante el rey, y para probar, si fuese necesario, su inocencia, ofreció sostener un combate. El rey Alfonso no escuchó nada, despachando al mensajero, pero puso en libertad a la mujer del Cid y sus hijos. El Cid, viendo la terquedad del monarca, le envió cuatro escritos, sincerándose en cada uno de una manera. Pero fueron inútiles sus esfuerzos, pues Alfonso VI no le hizo ningún caso y mantuvo la resolución tomada. El Campeador, conocida su desgracia, se retiró desde Molina a Elche (1090) y, una vez celebrada la Pascua en esta villa, salió costeando la tierra hasta Polop, a seis leguas de Alicante, donde había una gran fortaleza y en ella una cueva subterránea llena de riquezas. Rodrigo y los suyos se apoderaron de todo.

Se dirigió después a Tárbena, lugar situado en las gargantas de los cerros Bernia y Santa Bárbara, donde había un fuerte castillo que Rodrigo reedificó y guarneció. Permaneció en él hasta cumplido el ayuno de la Cuaresma y el Domingo de Resurección. Después se acercó a Valencia. En todo este tiempo no dio reposo a los pueblos de aquella comarca, que fueron saqueados por los soldados del Cid, en términos que desde Orihuela hasta Játiva no quedó piedra en su lugar, vendiendo el botín en Valencia (1091).

Llevó después Rodrigo el grueso de su ejército hacia Tortosa, devastó el país y tomó el castillo de Miravet, estableciéndose en él un largo tiempo. Desde este castillo molestaba a los reyes de Tortosa, Denia y Lérida. No mucho más tarde, ganó al conde de Barcelona la batalla de Tobar del Pinar, en la que el conde fue hecho prisionero, si bien obtuvo su libertad pagando un rescate de veinte mil marcos de oro de Valencia. Marchó Rodrigo a Schacarka, pueblo inmediato a Zaragoza, ocupándolo por más de dos meses. Desde allí pasó a Daroca, donde cayó enfermo. Recuperado, firmó con el conde de Barcelona, a instancias de éste, un pacto de amistad entre ambos.

Por aquel tiempo, percibía el Cid las siguientes cantidades de dinero: 50.000 dinares cada año pagados por los tutores del dije de Mondhir, muerto por entonces; 10.000 del señor de Albarracín; 10.000 del señor de Alpuente; 6.000 del de Murviedro; igual cantidad del de Segorbe; 4.000 del de Jérica; 3.000 del señor del de Almenara y 12.000 de Kadir, el de Valencia. Pero hay que tener en cuenta que el ejército del Campeador era muy numeroso, entre nueve y once mil hombres, que le acompañaban en sus movimientos. Tenía un ejército moderno para su época y los gastos de esta hueste debían ser muy elevados.

En 1092 se hallaba en el cerco de Liria. Pero, en cuanto supo Rodrigo que Alfonso VI preparaba otra expedición contra los almorávides, levantó el sitio y se reunió con el rey en Martos (Jaén). No hay gran certeza sobre la realidad de los hechos, pero el hecho es que el Cid, cansado de la mala disposición y el rechazo de años de Alejandro VI, dejó su compañía y se encaminó a Valencia. Pasó junto al castillo de Peñacatel, lo reedificó y fortificó, guarneciéndolo con bastante gente.

Rodrigo fijó su residencia y la de su ejército en Alcázar e hizo que su mesnada guarneciera las fortalezas. Dando pruebas de su fidelidad al rey Alfonso VI de Castilla, se declaró vasallo suyo y puso Alcázar bajo la autoridad de dicho monarca. Obligó además a los musulmanes hostiles y a los que no formaban parte de la nobleza a marcharse a La Alcudia, si bien permitió que todos conservaran sus mezquitas, leyes, tribunales, usos y costumbres. Ante las condiciones un tanto duras que el Cid dispuso en la ciudad, muchos musulmanes prefirieron el éxodo.

Los cristianos iban ocupando las viviendas a medida que los musulmanes las dejaban y desde entonces se hicieron dueños absolutos de la ciudad. El Cid se dedicó a acrecentar la importancia de Valencia. Comenzó por poner en buen orden la policía del interior y por la construcción de iglesias. Exigió de sus tropas y de los cristianos que habitaban la ciudad y los arrabales que guardaran las mayores consideraciones a los musulmanes. Procuró fomentar la amistad entre unos y otros. Evitó todo motivo de disgusto. Gobernó a los vencidos con justicia y conforme a sus leyes y costumbres. Les conservó sus magistrados y la integridad de su culto. Según algunos autores forjadores de la leyenda negra española, el Cid, influido por la ambición, aumentó su poder en la comarca de Valencia con la conquista del castillo de Olacán y la villa de Serra. Encontró en el primero todas las riquezas que Kadir y sus partidarios se llevaron al abandonar Valencia en circunstancias difíciles.

Concluyó con Pedro I de Aragón una alianza ofensiva y defensiva (1096). Defendió la posesión de su conquista contra los almorávides, que ocupaban la frontera de poniente de Valencia. Salieron el Cid y su hueste de Valencia, asentaron sus reales en el castillo de Peñacatel (entre Játiva y Cullera). Los almorávides no les atacaron y los del Cid siguieron hasta Beyre, en la costa, donde vencieron a los árabes y les quitaron un rico botín, regresando triunfantes a Valencia.

Ayudó Rodrigo al rey de Aragón para someter a los rebeldes del castillo de Monte-Ornes. Se hizo dueño del castillo de Almenara, tras un sitio de tres meses (1097). Pobló esta nueva conquista de cristianos. Cercó luego Sagunto y entró en esta ciudad el 24 de junio de 1098. Siguiendo su tradición antigua, permitió que salieran de ella los musulmanes con sus familias y bienes.

Desde esta fecha hasta julio de 1099, en que falleció el Cid, se ignora lo que éste hizo. Si se tienen en cuenta los grandes trabajos que había pasado, forzoso será reconocer que su salud, por muy robusta que fuera, había de quebrantarse, siéndole necesario el reposo. Posible es, por tanto, que no intentara nuevas conquistas y que se dedicara al reparo de su salud quebrantada y que, al cabo de unos meses, falleciera de muerte natural, como dice el historiador Ben Basaám. Tampoco es inverosímil la versión de otro cronista musulmán que atribuye la muerte del Cid a la pena que le produjo la noticia de haber sido su ejército derrotado por los árabes en Alcira. Su cuerpo fue depositado en las iglesia de las Virtudes.

 Muerto Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, quedó dueña de Valencia su esposa doña Jimena, que gobernó con los consejos del obispo don Jerónimo, Álvar Fáñez y los demás compañeros del Campeador. La ciudad fue sitiada por los almorávides en octubre del año 1101. La mujer del Cid llamó a Alfonso VI para que ayudara a los sitiados pero, cuando se cumplían siete meses de asedio, doña Jimena decidió abandonar la plaza, después de haberla entregado a las llamas.

Todo dispuesto, el que había sido el ejército del Cid, con doña Jimena a la cabeza, se puso en marcha. La esposa del Cid llevaba el cuerpo de Rodrigo para depositarlo en San Pedro de Cardeña, según voluntad última del Campeador. Encendido el fuego en Valencia, se dirigió la mesnada del Cid a Castilla, dejando un rico tesoro a los almorávides que, llenos de gozo, ocuparon Valencia el 5 de mayo del 1102. El Cid fue al fin sepultado en el monasterio de San Pedro de Cardeña. Los restos de su esposa doña Jimena fueron colocados a su lado cuando falleció. Allí permaneció el cuerpo de Rodrigo Díaz de Vivar hasta 1272, fecha en que el rey de Castilla Alfonso X El Sabio mandó construir un sepulcro nuevo, compuesto de dos grandes piedras, y lo colocó en el lado izquierdo del altar mayor. En 1447, removidos los cimientos de San Pedro de Cardeña y construida una nueva, los restos del Cid se pusieron en otro sepulcro frente a la sacristía sobre cuatro leones. Desde allí se trasladó en 1541 a la pared del lado del Evangelio.

Más tarde, los restos del Cid fueron trasladados a Burgos. Pero posteriormente pudo comprobarse que ya no se encontraba todo el esqueleto ya que, durante la Guerra de Independencia contra Francia, algunos de sus huesos habían sido llevados fuera de España por el Conde de Girardin, que los había adquirido en el monasterio de Cardeña. Pasaron luego a manos de un príncipe alemán, de la casa de Sigmaringen, de quien los recuperó Alfonso XII, que los devolvió a la ciudad de Burgos. En 1898 faltaba todavía un fémur, poseído por un noble francés con quien se gestionó favorablemente la devolución. Desde 1921, los restos del Cid descansan en la Catedral de Burgos.

[José María Ortuño Sánchez Pedreño es historiador y doctor en Derecho.]