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Un pacto en la falsa democracia

Exhumación de cadáveres de asesinados por la represión franquista en Gran Canaria.

–Señor Sintes, aproveche por favor para evitar que estos energúmenos logren su objetivo de sacar a los fallecidos por el franquismo de sus fosas, simas y pozos –dijo displicente el administrador del condado, ante la mirada fija del diputado testaferro.

La preocupación por lo de los pozos de Arucas y Tenoya había movilizado cielo y tierra desde distintos sectores de la oligarquía. Los apellidos eran los mismos del genocidio, no se los podían cambiar y eran conscientes de que habían tenido mucha suerte con una “transición democrática” diseñada a la medida de los genocidas, la que cerró puertas a cualquier condena, ya que solo en Canarias habían asesinado junto a Falange y la Iglesia católica a más de 5.000 comunistas, socialistas, anarquistas, sindicalistas, maestros, abogados, militares o sencillamente a cualquier persona que se hubiera decantado por defender la democracia y la libertad.

El diputado tomó nota atentamente de cada dato que le daba el oscuro personaje, un tipo muy gordo que olía mucho a humedad, sudor añejo y tabaco rubio americano, a sahumerio de confesionario, con su traje negro impecable y una banderita de España en el pecho.

El político quiso transmitirle tranquilidad al viejo notario con su tono seguro y consistente:

–Dígale a su excelencia que esté tranquilo, que estos no van a sacar ni un hueso, ni de los pozos, ni de la fosa de Vegueta y mucho menos de la Sima de Jinámar, en la Marfea –dijo con una carcajada–, ya los tiburones se encargaron de comerse la abundante carnasa roja.

Su señoría sacó del cajón una libreta azul muy gorda donde había muchos nombres apuntados y sonriente dijo:

–Aquí están cada uno de estos hijos de puta. Es la misma lista negra que me dio tu primo el hijo de la marquesa en el 44. La hicieron en la sede de la calle Albareda, en la iglesia de San Francisco, en el cuartel de Artillería de La Isleta. Aquí están todos, Curbelo, hasta el último apellido de los que nos cepillamos. También el lugar donde los tiramos como perros sarnosos: cada pozo, cada agujero, cada playa, cada cuneta, cada fosa, incluso la de Pasito Blanco, donde están los más de treinta anarquistas catalanes que trabajaban en Correos y eran esclavos del conde.

El viejo sacó un cigarro y se lo puso en la boca sin encenderlo. Sintes le colocó el mechero de oro con el yugo y las flechas encendido en sus narices con una sonrisa. El humo inundó el despacho de la calle Reyes Católicos, en el barrio colonial de Las Palmas de Gran Canaria.

En ese momento se abrió la puerta y entró una chica de no más de treinta años con minifalda y una carpeta con papeles en las manos que entregó al diputado. El viejo sonrió mirándole el culo y en cuanto salió dijo:

–¿Esta es la nieta de Cazorla de Telde, el que era de la UGT? Está buena la muy puta. ¿Te la estás follando, eh?, estoy seguro.

El diputado lo miró sonriente:

–Se hace lo que se puede y sabe más cuando es la nieta de un rojo al que le dimos café del bueno.

El administrador del condado ojeó la libreta con los miles de nombres y apellidos escritos a mano, con una flechita con el lugar exacto donde habían sido asesinados por los falangistas solo en la isla de Gran Canaria, incluso lugares que no imaginaba:

–Joder, hasta en la playa de Las Canteras por Madera Corcho hay fosas, no me jodas, Sintes, no imaginaba que hubiera muertos en sitios tan céntricos, también en las Alcaravaneras, en Tomas Morales, en San Cristóbal, en la plaza Don Benito, en León y Castillo, tócate la polla –dijo entre risas, mientras abrían la segunda botella de whisky Chivas Regal y sacaban la caja de puros cubanos.

@entrelatormenta

 

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