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Sábados sin tertulias

Opinar sin base alguna es una tentación común. Fuera de lugar y de contexto difícilmente podemos emitir un juicio acertado, pero lo hacemos sin pudor, recurriendo a prejuicios o creencias que nos hacen ver que estamos, queramos o no, oxidados, fuera de lugar. Somos osados y en ese sentido manifestamos, o creemos poder hacerlo, sin recato o temor, juicios respecto a cualquier cosa que, siendo de actualidad, se comenta aquí o allá. Se debate o más bien se discute con aparente acaloramiento en las tertulias televisivas tan frecuentes que parecen estar esperándonos al llegar a casa inasequibles en el televisor, aguardando que en esas horas previas a los noticieros, al conectar el aparato, asistamos o prestemos atención aunque sea por un rato a las mismas, a esas gentes que volveremos a ver por la noche en esta u otra emisora. Son como un avance de lo que a continuación apostillarán en titulares los presentadores del telediario. Y se comenta incluso de asuntos eminentemente técnicos o judiciales, con absoluto desparpajo, como si hubiera que poner en cuestión toda decisión ajena. Como si realmente supieran de eso, cuando parece que no se trata de otra cosa que de desacreditarse unos a otros. El caso es que llegan a ser personajes familiares; son los actores de estas presuntas puestas en común en las que cada uno va a lo suyo: la señora indignada que grita e interrumpe, el hombre pausado, el pastaflora del flequillo, el rencoroso cabreado o el gafitas sabelotodo que nunca está conforme; y los pedantes, que hay varios.

“Se nos ofrecen ideas como si fuera una lavadora o cualquier otro artículo de consumo; como si nuestra propia capacidad de emitir juicios o tomar posiciones precisara de estas orientaciones”

Allí expresarán ideas marco que enuncian posiciones, líneas editoriales o de opinión del medio o el partido al que representan, que en nada sorprenden, que se pueden adivinar por adelantado. Son las tertulias de actualidad, centradas en los políticos y sus actos como objeto de análisis o comentario. Distintas de las de simple cotilleo u ordinarieces, que también las hay con mayor audiencia probablemente, en las que se ensalza o se les quita la piel a unos u otras dentro de unos esquemas igualmente repetitivos, sobre gentes famosillas. Tampoco son como aquellos monólogos que desde bien temprano emiten discursos o consignas sobre lo mal que está todo. Abundan también los catastrofistas dentro de esta guerra comercial por hacer extensivas las distintas propagandas; tienen una audiencia notable, que se cabrea con el discurso de estos modernos predicadores, o permanece indignada con motivo desde las primeras horas, y no solo en este mundo de la radio, donde vienen a hacer notar lo que es negativo, lo insuficiente que resulta cualquier mejora o logro de los que alardea el Gobierno. Cifras a las que siempre se les puede poner un pero.

Son estos y otros personajes los taumaturgos de nuestro tiempo, obligados o condenados más bien a emitir diariamente al menos un discurso sobre la actualidad, que no siempre puede ser original o brillante. La técnica es la de no mojarse, distanciarse y exponer de manera preocupante, sin llegar a lo apocalíptico, sin emitir, como es natural, propuestas, lo que por otra parte es lo mismo que suelen hacer esos tertulianos con asiento fijo desde el que sientan cátedra. No es su misión dar recetas ni exponer lo más mínimo. Están todos ellos por encima del bien o el mal.

La información en nuestro mundo debe verse como algo excesivo, insistente y con intención proselitista, que por lo común lleva un tinte de interés e intenta desprender una reacción determinada. Se nos ofrecen ideas como si fuera una lavadora o cualquier otro artículo de consumo; como si nuestra propia capacidad de emitir juicios o tomar posiciones precisara de estas orientaciones, que suelen confluir en forma de interrupciones, griteríos e incluso descalificaciones. Con un nivel medio en el que aflora ese punto fatal de pedantería que quiere pintar de veraz lo que se dice. Se lleva esta clase de talante, o por lo menos se exhibe sin demasiado decoro. Pero es tan abundante y continua que queda limitada nuestra capacidad de depurar, discernir o formar una opinión diferente de aquellas que nos sirven, en una u otra dirección. Como si solo existieran esas dos conclusiones enfrentadas a las que se nos invita a unirnos y hubiera que aceptar apresuradamente esa o aquella opinión.

Por eso los fines de semana descansamos, ellos y nosotros; ganas dan de desconectarse por un tiempo de los pertinaces noticieros. Sábados y festivos estas tertulias dejan paso a temas más gratificantes. Viajes, paisajes o anécdotas llenan estas horas previas a las noticias del día, parecidas a las de los días anteriores, que se repiten, pero esta vez reducidas a este espacio, sin que nadie discuta, acuse o insista en hacernos ver lo que es evidente. También podríamos escuchar música, leer un buen libro o simplemente pasar de esta plaga.

 

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