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Para la vida

—Lo fácil que sería tumbar este corrupto gobierno de los herederos de Franco. Qué sencillo sería salir todos a las calles y no volver a nuestras casas hasta que se marchen de España estos ladrones, ni su policía represora y fascista podría detenernos. Qué fácil sería Teresita —dijo Demófilo Umpierrez, sereno, en la cama del hospital del Sabinal, a su nieta cuando lo fue a visitar aquel sábado de enero.

—Abuelo, ya no es como antes, ahora la gente está dormida, casi nadie lucha, esta gentuza del PP y del PSOE son la misma mierda, todo lo que hacen es para beneficiarse y llenar sus cuentas corrientes de dinero robado de las arcas públicas. Los comunistas del PCE traicionaron y firmaron la Constitución y se jodió la cosa, perdonaron a todos los asesinos y torturadores fascistas con la Ley de Amnistía del 78 y ahora lo que llaman democracia no es más que un montaje con unos Borbones hasta el cuello de mierda, herederos del criminal general Franco —le contó su nieta Teresa Cabrera en el oído del pobre Demófilo, entubado, con oxígeno y con el corazón latiendo pausadamente, como si en cualquier momento pudiera detenerse para siempre.

Al viejo le costaba hablar por el exceso de flema en sus pulmones y garganta, tardaba en arrancar y decir lo que pensaba. Teresa lo calmaba, le acariciaba su cabeza; su pelo blanco enredado olía a medicinas, la nauseabunda fragancia del alcohol y el agua oxigenada de los hospitales, de aquel rincón compartido con dos enfermos más, un espacio para la muerte, la esquina de los desahuciados.

Desde la otra cama, otro señor mayor le sonreía. Llevaban juntos casi cuatro meses, la complicidad los delataba:

—A por ellos Demófilo, me cago en Dios, esta escoria no merece otra cosa que la lucha armada, hijos de puta, que me enfermaron tras toda mi vida trabajando en la cantera de San Lorenzo. Aquí estoy con un cáncer de pulmón por la mierda de los productos químicos y el polvo de la toba basáltica de esos explotadores, malditos asesinos —exclamó con una voz casi inaudible Diego Sarmiento, vecino de El Saldo, obrero picador desde que apenas tenía doce años.

—Si nos dieran una metralleta a nosotros sabrían lo que es bueno estos jediondos del Gobierno. La juventud de hoy no tiene cojones y se deja pisotear por un grupo de mafiosos que ocupan escaño en el Parlamento —musitó Pablo Mederos como una letanía desde la cama que estaba junto a la puerta; el paciente que nunca recibía visitas y se entretenía hablando con las familias de los otros, lo sabía todo, sabía que moriría en pocos meses por su avanzada cirrosis de hígado.

Teresita les llevaba chocolatinas, bombones, caramelos y se los daba a escondidas, hasta cigarros para Pablo, que se los fumaba con la ventana abierta vigilando que no aparecieran las sanitarias:

—Si tuviera treinta años menos te cortejaría hasta tu casa cada día y sabrías lo que es un galán de verdad, chiquilla preciosa —le decía siempre entre risas Diego mientras saboreaba el chocolate Cadbury.

Aquella habitación habilitada para la muerte emitía una especie de halo de resistencia, una cuadrilla unida para la vida; con sus más de treinta pastillas diarias, los pinchazos con inyecciones de todo tipo de líquidos inútiles que nos les quitaban el dolor, solo se alegraban cuando venía la muchacha y les ponía música con su pequeño radiocasete; tangos de Gardel, la voz inmensa y romántica de Javier Solís y sus Sombras nada más entre tu vida y mi vida, la voz rota de Louis Armstrong y su Whats a Wonderful World, mientras los tres hombres sin destino movían sus manitas en una especie de mágica coreografía inventada.

Las canciones sonaban entre carcajadas roncas y desde fuera la gente que pasaba se quedaba extrañada; alguna enfermera se sumaba a la fiesta mientras metía morfina en las botellitas de suero. Las cortas tardes de sábado se tornaban cálidas cual selva guerrillera, como si todavía existiera la esperanza.

@entrelatormenta

 

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