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El paisaje al azar

Anduvimos sin objeto antes de detenernos y contemplar el paisaje. Y este era hermoso: algunas nubes, el sol iluminándolas desde abajo, el mar azul (rizado por el viento de poniente), algunas palmeras esparcidas al azar por las dunas, las gaviotas, una garza de perfil, restos de posidonia en la arena...

Anduvimos sin saber exactamente el motivo. Estábamos cansados, sentados delante del televisor, viendo las noticias, los poses de los gerentes, la vida en el río, las nutrias y las paredes de la garganta, el agua torrencial, de nuevo los gerentes de nuestras vidas (alcaldes, diputados, gobierno…), el mar sucio, el plástico, una botella de ginebra, vasos de plástico, restos de una hoguera. Veíamos todo eso mientras bostezábamos. Seguramente la lluvia tomborileaba en la chapa del tejado y el frío era húmedo y desagradable. Quizá… pero eso no explica nada, ni lo justifica. Estábamos sentados viendo al presidente del gobierno hablando a sus incondicionales en Sevilla, lo de Kabul (nunca nos acostumbraremos al terror) y con toda certeza nos sentíamos vacíos. Porque sentirnos de otra manera no va con nosotros. Somos gente tranquila, que se revuelve de aburrimiento cuando ve a un político vendiéndose en la televisión, que come pizzas y hamburguesas, que bebe quintos de cerveza. Lo prefiere a abrir las ventanas para que el salón se purifique o a tirar el televisor por el balcón (los árboles amortiguarían la caída) y además, abajo no hay nada; solo coches aparcados y enfrente un jardín con moreras y bancos donde se besan las parejas en las noches de agosto.

Anduvimos.

Sabes que el paisaje se ordena al azar. Una colonia de eucaliptos en la vaguada, en la cumbre, allí donde el sol ilumuna tenuemente la caliza en febrero, tomillo, en la ladera algunos álamos blancos (en la falda hay un pequeño estanque y alrededor caracolas fosilizadas). El azar.

Sabes que te amo, aunque no sepa como eres. Tal vez alguna vez lo supe, cuando hubo poetas que sabían describir lo que se siente cuando pareces flotar sobre la hierba, cuando esta es roja y la lluvia del aspersor verde. Pero los poetas que no murieron están muertos. Tal vez ya no quede nada en el Paraíso. El horizonte se ha difuminado y donde antes había luz, ahora hay silencio y algo que no es oscuridad pero que aterroriza como ella.

Anduvimos sin objeto por los jardines del Señor. Ocurrió en otro tiempo. Entonces había azucenas en la ventana del dormitorio, y escuchábamos a las abejas zumbando alrededor, y el sol se reflejaba en el cabezal de la cama… Todo aquello fue un sueño del que despertamos con amargura. Bajamos descalzos la escalera de caracol, los cuadros en la pared (marinas, bosques del color del otoño, montañas nevadas, un caballo trotando en una calle con adoquines mojados), miramos por la ventana (detrás la fruta en el boj, un vaso de leche a medio beber, el olor a requesón y a tostada), aspiramos el aroma de la mañana húmeda. Fue antes de andar sin objeto. De un lado a otro, sin prisa, escuchando el canto de los mirlos…

Fue ayer sábado. Fueron todos los sábados de abril y mayo. Las flores, la hierba, el azahar, la grama, los saltamontes, las palmeras esparcidas en el paisaje. El mundo que se nos va, que se nos fue en un suspiro. Tú, yo, nosotros…

 

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