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La mirada de la ninfa

¡Válgame Dios! La primera vez que vine a León con mi padre, me señaló un precioso instituto de ladrillo: “Aquí tenías que haber venido a estudiar tú. ¿Qué te parece?” Yo tenía la cabeza llena de la naturaleza brava de la montaña y las enseñanzas de mi maestro me parecían suficientes para la vida. Así que me sorbí el moco y me encogí de hombros.

Veinticinco años después volvía como profesor y (einen großen putaden) la piqueta oficial había demolido una de mis posibilidades infantiles y la había sustituido por un feo edificio funcional recubierto de placas de piedra blanca de Boñar. Pero el arquitecto había tenido buen cuidado y el raro buen gusto de orientar las aulas, eso, hacia oriente, con lo que las clases estaban presididas por la belleza ingenua de una espiritual gallina cobijando sus polluelos bajo las alas: la catedral y el barrio antiguo.

Tengo que decir que era feliz dando clase, vigilado de cerca por la hermosa catedral gótica. El que habla debiera someter su discurso a la ninfa Eco. Yo tenía allí a la ninfa, altiva y blanca que constantemente me decía: No sobreactúes. El teatro para que sea eficaz y bello, moderado tiene que ser. La palabra contenida y que salga de los hígados. Los guajes tienen que encontrar la belleza que vean tus ojos so pena de aburrimiento. Deja que los autores hablen, no los sustituyas, sólo apunta con el dedo las direcciones de su mirada. Cada chico que está ante ti, tiene un alma virginal, así que cuidado con el terreno que pisas. La poesía puede darles fundamento, la novela experiencia y el teatro… depende, puede desarrollar el humor o presentar el fondo negro de la existencia o enseñarles ejemplos de vida que imitar o rechazar… en fin tú verás. Así la ninfa me dejaba libertad, pero su mirada me obligaba.

 

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