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Madrid, qué bien resistes

Lucía Cabrera se unió a las milicianas del grupo de poesía y lectura desde que supo que se había producido el alzamiento militar. La joven canaria se había desplazado a Madrid desde Lanzarote para cuidar a su bisabuela Matilde Pallarés. Se pasaba el día leyendo desde muy chiquita en su pequeño pueblo de Teguise, devoraba la biblioteca heredada de su padre fallecido de tuberculosis antes de cumplir los treinta años, navegaba por los textos de Julio Verne, de Salgari, de Gorki, de Tolstoi… Iba de libro en libro, de historia en historia, de aventura en aventura, casi desde que aprendió a leer en la escuelita de doña Remedios Guadalupe.

Con catorce años tenía ideas revolucionarias como su padre, libertarias. Creía firmemente en un mundo mejor sin reyes, sin estado, sin caciques, sin curas, sin iglesias y opresores. Conversaba con Luis Fernández, el hijo de Gregorito el chófer de los Manrique; el joven estaba estudiando Derecho en la isla de Tenerife, un intelectual de veinte años, con las mismas ideas que Lucía, las mismas ganas de cambiar el mundo.

"Dormían en tiendas de campaña y en antiguas chozas de pastores, estaban siempre preparadas para entrar en combate, resistir los constantes bombardeos que generaban tanta muerte, sobre todo en la población civil"

Madrid era el escenario de la esperanza de la humanidad, cada instante era heroico y la misma consigna: ¡No pasarán! En cada calle, en cada ventana las banderas republicanas, rojas, rojinegras, grupos de mujeres y hombres hablando en distintos idiomas con fusiles en los hombros, brigadistas internacionales, venidos de cada rincón de la tierra para luchar contra el fascismo.

En las afueras de la Casa de Campo hacían prácticas de tiro. A Lucía no se le daba mal el uso del máuser, tenía buena puntería; varias horas cada día entre compañeras y compañeros con las mismas ansias de libertad, unidos por la construcción de un mundo mejor.

Dejó de dormir en la vieja casa de su bisabuela en la calle Zurbano del barrio de Chamberí en pocos meses. Con ella se había quedado su prima María Luisa, que también la cuidaba y trataba muy bien.

La muchacha se unió al campamento miliciano en la zona del Retiro. Dormían en tiendas de campaña y en antiguas chozas de pastores, estaban siempre preparadas para entrar en combate, resistir los constantes bombardeos que generaban tanta muerte, sobre todo en la población civil. Era normal ver personas muertas en las calles a causa de las bombas, niñas y niños que venían del colegio destrozados entre charcos de sangre, asesinados por las aviaciones alemanas, italianas y españolas, en aquellos momentos parcialmente en manos del ejército fascista español, causando mucho daño en las viviendas, en la infraestructura de un Madrid herido de muerte en el corazón de su pueblo.

Recordaba siempre la paz de Lanzarote, las gerias con los racimos de uvas, el buen vino que tomaban en las fiestas patronales, las papas arrugadas con mojo, el gofio, los sancochos con pescado salado que preparaba su madre, la maestra Eloísa Marrero. Unos recuerdos que venían en las noches, cuando más se escuchaban las explosiones del frente de guerra, el sonido atronador de los obuses, las ráfagas de ametralladora, los gritos, casi alaridos, de las mujeres y hombres heridos de muerte.

La noche del 28 de diciembre del 36 llegó la noticia de la muerte de Arcadio Monzón, el hombre que más amaba, su amigo, su confesor, su cómplice en mil noches de amor y conversaciones interminables. Era carpintero de ribera, procedía de Las Palmas, estaba integrado en el Quinto Regimiento junto a Miguel Hernández; lo habían acribillado a balazos en el avance de los nacionales cerca de Toledo. Todo se venía abajo en Madrid, en la conciencia de Lucía, que veía derrumbarse su mundo, morir a sus compañeras y compañeros; la huida del terror mientras disparaba desde las trincheras sin saber si había matado a alguien, solo seguía apretando el gatillo con la esperanza de que alguna vez llegaran buenas noticias.

Todo había ido demasiado deprisa. los días y las noches eran de menos de un minuto. Cuando la sacaron de la prisión de Ventas a las cinco de la mañana, no iba sola, la acompañaban más de treinta mujeres en el camión hacia el cementerio del Este. Había que esperar haciendo cola para los fusilamientos en el paredón junto a las fosas comunes. Allí pudo contemplar con horror el modus operandi de cada fusilamiento, la frialdad de los fascistas, el estruendo a la voz de ¡fuego! Pensaba en su padre, en los días que la llevaba en los hombros, los dos desnudos, corriendo, simulando que él era un caballo cuatralbo, que ella su jinete en aquella playa de agua cristalina junto a los Ajaches.

@entrelatormenta

 

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