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En lo más remoto habita la semilla

Una lágrima de Flora García se derramó lenta hasta el suelo en la calle más estrecha de La Montañeta. El agua de sus ojos corrió por el callejón de lava volcánica. La chiquilla vio lo que había sucedido en la lonja de carne, los golpes de los falangistas a los escasos hombres que custodiaban el recinto para que se despachara a los obreros.

Observó la cabeza abierta de Juan Tejera tras el violento culatazo de Antonio Rivero, cómo le ataban las manos a la espalda junto al resto de camaradas; también estaban don Miguel Cuesta, el maestro de Málaga Manuel Dieppa, y el apreciado funcionario del ayuntamiento Mortes Rufino, todos atados, introducidos en un camión hacia un destino desconocido entre golpes de aquellos hombres vestidos de azul.

Florita, como la llamaba su abuela Rosa Trujillo, nunca había visto algo parecido, jamás imaginó que hombres que hasta hacía apenas unos meses convivían en el pueblo en armonía pudieran hacer algo tan terrible. Hasta los hijos de los asesinos miraban asombrados, sus amiguitos de clase, de juegos y aventuras, que tampoco entendían que golpearan a los padres de sus compañeros.

La chiquilla se acercó hasta la plaza de la iglesia y desde un montículo observó como formaban militarmente a las personas detenidas, mujeres y hombres de todas las edades, toda gente conocida, las que hasta hace poco habían estado celebrando la fiesta de los trabajadores el uno de mayo, aquella taifa con grupos de música, timples, guitarras, tambores, gofio amasado, papas sancochadas, pescado salado y mojo rojo muy picón.

Las iban metiendo en los camiones de los Betancores y del Conde, que iban llegando repletos de falangistas. A las mujeres las ponían aparte, algunas con la cabeza rapada para burla de la soldadesca, que las manoseaban, les tocaban el culo o las tetas. Los hombres, todos amarrados con las manos delante o detrás, tenían que sentarse en el suelo para ocupar menos espacio en cada vehículo.

El cura del pueblo, conocido por don Pedro, ayudaba en las tareas de organización junto a los fascistas. Llevaba una cartuchera con una pistola Astra al cinto, lo que le hacía la sotana todavía más ancha por su exagerada obesidad.

Entre bendiciones del sacerdote y golpes de los sicarios de la oligarquía isleña llenaban los camiones que partían hacia Las Palmas, pero otros misteriosamente hacia Tenoya y Arucas; algunos tomaba la carretera de tierra hacia Los Giles. Nadie era capaz de adivinar el destino de los presos. Las niñas y niños lloraban al ver a sus madres y padres atados, golpeados, con sangre en sus caras, sus ropas rotas por la violencia extrema de los sediciosos contra la legítima República.

Una mano fría tocó de repente la cabecita de Flora. Miró hacia atrás y era su bisabuelo Germán, que llegó con el bastón. Caminaba tan lento que la niña no pudo entender cómo había llegado desde la empinada zona conocida como La Cruz hasta la plaza. El viejo se quedó mirando en silencio toda aquella movilización:

–Vamos mi niña, vamos, que estos criminales van a matarnos a todos –dijo llorando el anciano, que jamás había visto algo parecido en aquel lugar donde había nacido.

Los dos se fueron de la mano, Ángel acurrucó a la niña contra su cintura dañada por el reuma y la artrosis; se alejaron de aquel recinto del horror, pero no podían dejar de escuchar los gritos, los golpes, los insultos, los ¡Arriba España!, las arengas militares, los rezos del cura entregado a la exaltación de la raza y su “Santa Cruzada”:

–Ahora en casita te caliento lechita y cierras los ojos en tu camita. Todo ha sido un mal sueño mi amor; quiero que sepas que jamás podrán acabar con lo que habita en nuestros corazones –le habló el abuelo con una voz tan dulce que a la niña se le erizó hasta lo más remoto del alma.

@entrelatormenta

 

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