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Lo más cercano del amor rebelde

Un grupo de guerrilleros en una zona de los Pirineos.

Teofilo Montero, nacido en Tafira, Gran Canaria, llegó herido en un hombro a París, pasó varios días en un hospital, tras escapar por los Pirineos tras la traición del PCE y las fuerzas aliadas a los guerrilleros de la “Operación Reconquista”. Nunca entendió que los dejaran abandonados, que Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri, a quienes tanto admiraba, no aceptaran la lucha armada para recuperar la República y tumbar al fascismo en España, tal como se hizo con las fuerzas nazis en toda Europa.

Estuvo escondido en un sótano de la casa familiar de su amiga Teresa Zuriguel durante seis meses. Sabía que aquella buena gente de Fraga se jugaban la vida con su presencia en la aislada y humilde vivienda. Le bajaban la comida siempre a la misma hora de la noche, no podía hacer ruido, ni siquiera roncar, por lo que dormía de a ratos, siempre atento a no emitir ningún sonido.

Fue intensa la lucha en Francia contra las tropas de Hitler. Vio morir a tantos compañeros… Por eso lucharon, pensaba, combatían también por la República española, para tras la derrota del fascismo atravesar la frontera y arrasar con los criminales franquistas, liberar a todos los presos políticos, restaurar la ensangrentada democracia.

Cuando se decidió su evasión estaba todavía convaleciente de sus heridas, lo que no le impedía caminar por los montes como un león herido. No había perdido su potente condición física; casi un toro, una bestia conmovida, humillada por las traiciones de su propio partido, andando solo en aquellas montañas perdidas, refugiándose de día, caminando de noche hasta encontrarse con sus camaradas al otro lado.

Nada más recuperarse, se reunió en un restaurante parisino con dos canarios también en el exilio, Juan Beltrán, de Las Palmas, y Antonio Becerra, de Lanzarote. Tomaron vino francés y pan caliente con queso del norte. Lo primero que les dijo es que iba a volver a las islas, que se quería organizar en la clandestinidad, que le dieran contactos para volver con una documentación falsa e incorporarse a la lucha insurgente.

Los dos amigos lo miraron asombrados; no entendían que después de tantos años en la resistencia, después de la humillación en el Valle de Arán, todavía le quedaran ganas de seguir luchando, enfrentándose como una hormiguita a todo un gigante como la cruel dictadura española:

–Hermanos, yo moriré luchando, no puedo permitir que sigan pisoteando y matando de hambre a mi gente, a la clase trabajadora canaria y española, por eso lo tengo decidido y me tienen que ayudar a organizar mi regreso –dijo tras la segunda copa de vino ante los ojos anonadados de Juan y Antonio.

Se despidieron en la calle mientras caía una fina llovizna. No se vieron más. A los dos meses supieron que Teofilo había partido hacia Argelia y que, según varias fuentes, había llegado a la isla de Tenerife; allí le perdieron la pista, solo supieron que había sido detenido un año después de su regreso.

En 1982 un anciano tocaba en la puerta de Teresa Zuriguel. Llevaba una boina negra y un abrigo de lana. La mujer miró sus ojos siempre limpios y brillantes y le dio un abrazo:

–La estancia ha sido larga en este sendero de dolor. He vuelto después de sufrir las traiciones continuadas de quienes un día fueron mis camaradas. Nos engañaron, nos utilizaron a todos para forjar sus intereses, firmando una Transición pactada para humillar a las víctimas del franquismo, para proteger a torturadores y criminales –dijo con una voz leve y ronca, sentado en el salón junto a su gran amiga.

Al rato, tras una larga charla, se despidió y partió; no dijo dónde iba, se fue en silencio, como la noche de su evasión a Francia. Desde el otro lado del jardín levantó el puño. Su lento avance parecía confundirse con el cielo rojo del atardecer.

@entrelatormenta

 

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