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El latido del agua

Pozo con restos de asesinados en el Llano de las Brujas, en Gran Canaria.

El camión cedido por Pedro Guerra Rosales bajaba de Arucas lentamente sorteando los numerosos baches. Los hombres atados se golpeaban unos contra los otros con sus cabezas, las manos a la espalda evitaban que pudieran protegerse. Los falangistas, de pie, los apuntaban con sus pistolas y fusiles; varios requetés iban entre los hombres que iban a ser asesinados, aprovechando para patearlos si hablaban o simplemente levantaban la vista.

El olor a platanera inundaba la brisa mientras pasaban por Santidad a las seis de la mañana. No había nadie en las calles, solo algunos perros que revolvían en la basura. El llanto y los lamentos de alguno de los hombres quebraba el silencio; luego, los golpes de los falangistas, entre ellos el guardia Demetrio, con fama de haber torturado y asesinado a cientos de republicanos.

Llegando a Tenoya hicieron una breve parada junto a unos coches negros de donde se bajaron varios uniformados con galones y medallas, entre ellos varios familiares del Conde y la Marquesa. El conocido empresario tabaquero llegaba en un impecable auto inglés con chofer para presenciar la ejecución.

“El grupo de caciques departía alegremente, como si no hubiera sucedido nada, como si aquellos asesinatos fueran parte de la normalidad del nuevo régimen”

Comenzaba a amanecer y llegaron junto al pozo. Eran 24 hombres atados. Los arrodillaron y el guardia Demetrio, junto al falange Rubio, comenzó a dispararles en la nuca uno a uno. Cada uno iba viendo cómo destrozaban la cabeza al otro, al compañero, al amigo, al hermano, que a su lado caía fulminado entre chorros de sangre.

Los jefes abrieron varias botellas de ron de caña y tinto del monte. Brindaron junto a los cadáveres antes de dar la orden de arrojarlos al pozo.

Caían y no se escuchaba nada más que los golpes contra las cortantes paredes hasta golpear el agua del fondo. Las risas de los fascistas borrachos amenizaban aquel trocito de genocidio. Hasta el cura de San Lorenzo se acercó por si fuera necesaria la extremaunción de alguno de los rojos.

Se percibía un olor a tierra mojada mezclado con la fragancia de las flores de agosto. Los camiones partieron hacia las fincas del municipio norteño. Los coches se quedaron un rato y el grupo de caciques departía alegremente, como si no hubiera sucedido nada, como si aquellos asesinatos fueran parte de la normalidad del nuevo régimen ya implantado en las islas.

Eufemiano Fuentes abrió otra botella de vino, esta vez del municipio tinerfeño de Tacoronte, sacando unas copas de cristal de su vehículo:

–Ahora, señores, vamos a brindar por la nueva España, por el glorioso Movimiento Nacional, por la Santa Cruzada –dijo alzando el brazo en forma de saludo.

El resto contestaron muy exaltados, hasta el chofer del tabaquero vestido de azul con un parche en el ojo:

–¡Arriba España! ¡Viva Franco y José Antonio Primo de Rivera!

En el fondo del pozo se escuchaba un leve chapoteo inaudible para los criminales. Antonio Navarro Cruz agonizaba con un tiro en el ojo, trataba de aferrarse en la oscuridad a una vida que ya tenía perdida, vencida, agotada, desde que lo sacaron de su casa en Visvique poco antes de las doce de la noche.

@entrelatormenta

 

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