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Los golpes y el Estado

Como el problema es el Estado –decían los iluminados–, todos los golpes que reciba serán para bien. Esta es la esencia y el leitmotiv de la nueva libertad, que desde que aterrizó por estos lares tan secos y poco acostumbrados a la libertad, sea a la antigua o a la nueva, y sobre todo desde que se fundió inextricablemente con la desaforada pasión por el fútbol, no ha cesado de rendir beneficios pingües. No entramos a valorar para quien.

De suyo y por tradición somos una nación golpista que se comió entera y sin rechistar una ración entera de fascismo a la plancha (40 años) mientras por ahí fuera preparaban, entre otras cosas, el viaje a la Luna. Mientras allí volaban a la velocidad del sonido, aquí seguíamos cavando agujeros con la poca vista y la gran resignación que despliega la tortuga.

“No somos una democracia homologable, esta es de pésima calidad, cutre, y en cualquier caso no estamos en condiciones de dar lecciones a nadie”

Cierto es que en un momento dado y por el natural discurrir del tiempo biológico que pone a toda biografía fecha de caducidad, hubo al fin que levantar la vista del hoyo y decidir si acompañar en su viaje definitivo al muerto o comernos el bollo de los vivos. Fue decisión sabia pero poco meritoria –dados los estándares circundantes– no caer de nuevo en aquel agujero y atreverse a probar algún pedacito de aquel contubernio universal que nos decían era el mundo.

No sabíamos sin embargo por aquel entonces que incluso para esto de catar el mundo libre hay que estar entrenados, y que dado que la experiencia es la madre de la ciencia y experiencia de libertad y democracia teníamos muy poca (o ninguna), ciencia tal aún no la teníamos estrenada. Y se nota. Pero en fin, por algún lado había que empezar. Y empezamos.

Y en ello seguimos: en los comienzos, es decir en la transición del fin, que es una especie de comienzo dubitativo que no se atreve a dejar de serlo, y que si comienza algo es un memorial del comienzo, contaminado por el indeleble fin. Y así, indefinidamente.

Como digo, somos una nación golpista que no tiene paciencia para las razones, ni tiempo para consultar al vecino o al ciudadano cómo ve las cosas y qué opina, si no con la frecuencia que se estila en otros sitios, sí al menos con la prudencia que exigen las cuestiones importantes (ir a la guerra, cambiar la Constitución… cosas así).

Ya sé que hay elecciones, cada cierto tiempo, no me olvido. Pero más allá de la mayor o menor corrección de las formas, sea por lo que sea la sustancia no nos cunde y el fondo no hace honor a las formas. Así que sin retrasarlo ni un minuto más emito mi humilde opinión y afirmo con derecho a equivocarme que no somos una democracia homologable, que esta es de pésima calidad, cutre, y que en cualquier caso no estamos en condiciones de dar lecciones a nadie.

Las filípicas europeas que nuestra torpeza democrática merece son ya tan reiteradas como inútiles. En el mismo Bruselas tenemos montado un circo. Padecemos un presidente del Gobierno al que hay que salvar todos los días (de sí mismo y de sus actos, claro está), como esos retratos que hay ocultar en un cajón cuando llegan las visitas. En realidad, con esa operación de salvamento, lo que se intenta es evitar o retrasar el contacto del país con la verdad, hasta que la verdad prescriba.

Alentamos y patrocinamos un espíritu patriótico que nos induce a evitar males mayores, por el fácil trámite de no aspirar a ningún bien, ni siquiera menor. Una resignación a prueba de bombas que nos recuerda otros tiempos. Un futuro tan neblinoso como nuestras pensiones. Un paro crónico que se estudia como rareza en las universidades del mundo entero. Una marca de botellón. Y según los casos y las estaciones, una manada en fiesta perpetua.

Por no hablar de los golpes de nuestro golpismo irredento. Por concretar y no estirar demasiado la secuencia, he aquí los más recientes: el golpe de la guerra de Irak que tantos golpes terribles nos trajo y aún nos depara; el golpe pro-germánico y neosocialista del 135; el golpe ejecutivo y descabezador de los generales y generalas del PSOE contra sus votantes y militantes; los golpes ambidiestros y a mansalva del 1 de octubre; el golpe mentecato y sin cabeza del 155… y lo que te rondaré morena.

Pero para golpe el que nos colaron desde el principio por la puerta de atrás: la corrupción sistémica como alma negra que todo lo infiltra y corroe. Su lema debería ser el mismo que el del averno: “El que aquí entre, abandone toda esperanza”.

Pues siendo este nuestro panorama halagüeño –Dios me perdone la ironía- El País subtitula hoy su editorial principal: “España debe liderar los esfuerzos para que la democracia vuelva a Venezuela”.

Bien vamos. No hemos ido y ya estamos de vuelta.

 

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