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Las cenas benéficas

La provincia parece más sujeta a un nuevo régimen que gobernada en democracia. Me explico: los muchos años transcurridos desde la conquista de los gobiernos autonómico y municipal han convertido a los cargos públicos en verdaderas instituciones. Por eso de vez en cuando arremeten contra los enemigos, convencidos de que siempre estarán enfrente e impotentes. El discurso suele ser tan vacío como de costumbre, pero conviene repetirlo de vez en cuando para fijar las posiciones de estos elementos. La gente con la que coincidimos en estas cenas suele ser, como todo el mundo aquí, bastante de derechas; lo que se lleva ahora, dicen serlo mis vecinos, y la mayoría de mis amigos, sea por la edad que vamos teniendo o porque siempre lo fueron. Como antes fueron de la situación.

“Aquí radica el verdadero espíritu de nuestra democracia: las mayorías gobernarán, pero ‘nosotros’ nos reservamos el derecho a discrepar; aceptamos el sistema democrático, pero si no nos gustan los resultados afirmamos nuestro yo”

Hay que llevar cuidado con lo que se dice a los desconocidos, como me pasó con la mujer de un amigo, a la que le parece que la familia está en peligro. No la suya por la que le pregunté alarmado, sino en general. Lo mejor es no hablar de política con desconocidos, ni de religión. Una de estas cenas se celebraba en viernes de cuaresma y el menú incluía algo de carne. Por la megafonía se anuncia la concesión por el obispado de una bula, para poder probar el jamón al Oporto sin riesgo de perder el alma. Aun estamos así. Esta señora, católica, madura y madre de tres vástagos, ha encontrado en estas posiciones una buena causa por la que luchar y con la que imponerse a los demás. Su marido, un hombre sabio y por tanto resignado, calla y busca una excusa para salir a fumar un pitillo. No sé por qué hago a veces comentarios tan imprudentes, habiendo estado tantos años habituado a ese sistema. Les suele sorprender a mis contertulios, que piensan de entrada que yo soy como ellos. El silencio es lo mejor. La buena mujer me miró como se mira a un extraviado, cuando le pregunté cuál era el peligro que corría la familia. ¡Jamás lo hiciera! Que no era otro que el de los matrimonios entre personas del mismo sexo, que nos haría llegar a ver cosas indeseables, con las que “ellos” no estaban de acuerdo.

Aquí radica el verdadero espíritu de nuestra democracia: las mayorías gobernarán, pero “nosotros” nos reservamos el derecho a discrepar. Somos bastante irracionales, disfrutamos con nuestras obcecaciones, y afirmamos nuestro individualismo a través de la exaltación del gusto personal. Aceptamos el sistema democrático, pero si no nos gustan los resultados afirmamos nuestro yo: “YO no estoy conforme”.

A esta señora no solamente le parece mal lo que sucede, sino que sobre todo va contra lo que considera su gusto. Esto del gusto puede llegar a ser como la razón última que se sobrepone a todo argumento. Es una forma de insumisión militante, en la que viven instalados estos años los que añoran el sistema anterior. Mi amiga lleva así varios años, animada por un predicador radiofónico, que comienza a destilar bilis de madrugada. Situado por encima del bien y del mal reparte títulos de bueno o de malo, afectos o desafectos a su particular esquema de ver las cosas, repitiendo un día con otro el mismo discurso maniqueo, con los mismos buenos y el mismo malo. El odio a la persona es el sustento de su discurso cotidiano, con el que alimenta a su vez el resentimiento de sus discípulos, manteniéndolos en un estado de indignación permanente. Habla con suficiencia y descalifica toda opinión contraria con una retórica obstinada. Es todo un personaje y a sus adeptos les gusta este estilo, mi amiga lo escucha todos los días. Ella pertenece a través de esta especie de comunión radiofónica al grupo de los elegidos, dispone de un líder importante. Quieren que se sepa la verdad; claro está, la que a ellos les convendría que todo el mundo se creyera, que se irritase como ellos lo hacen aniquilando el pensamiento ajeno.

Cuando no tropiezan con un despistado como yo o un impertinente como Manolo, se limitan a repetir la doctrina que les da por la radio el tal predicador, reafirmándose todos ellos en su credo. Así que sólo se irritan para ofender. Que los pobres sean de izquierdas lo toleran, no les gusta que no reconozcan esa verdad en la que se complacen –porque lo de que sean pobres les preocupa menos–; tampoco les gusta pero admiten que, por ignorancia, rencor o envidia, se posicionen al otro lado de este mundo que les pertenece a ellos. No entienden que pueda existir otra cosa, ni que la gente de su misma posición pueda pensar de otra manera. Así que te sonríen amablemente aunque te desprecien desde lo más íntimo de su ser.

 

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