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El balneario

Es cierto, vivimos en un balneario que se llama España. Al atardecer, la brisa sopla del mar, vuelan las gaviotas por encima de nuestras cabezas, las zancudas hunden sus picos en el agua. Todo huele a húmedo, todo es húmedo. Un lugar donde esconder la cabeza, no cabe duda. Es terrible que haya gente que no sepa reconocerlo, que vivimos en un balneario, que la gente sonríe cuando cruza la pasarela que lleva a la felicidad y todas esas cosas que se esperan de personas sensatas que saben diferenciar el buen vino y el mejor cava. Pero por alguna razón, por alguna extraña razón que no tiene relación con el balneario, con las luces de colores que brillan en la noche, con el olor a azahar y el aroma de la dama de noche, existe una determinada tipología de individuos que rechazan el mojito que sirven en el balneario, que hablan lenguas misteriosas y que no quieren sentarse a nuestra mesa para degustar los manjares que nos ofrecen mientras el aroma salado del mar susurra entre las banderas de papel.

“Solo hay que recoger la bandera del balcón, lavarla a mano, plancharla y doblarla cuidadosamente; luego, abrir el último cajón de la cómoda y guardarla allí hasta dentro de cuarenta años”

Es cierto, solo podemos sentir las cadenas del presidiario fuera del balneario. Al otro lado no hay nada. Solo la oscuridad, el sudor de la oscuridad, el terror a la oscuridad. No hay estrellas en el cielo, ninguna luz que pueda orientarnos en un mundo miserable y silencioso. Fuera del balneario habitan los ilotas y la libertad es el tumulto de los hambrientos. Yerma la tierra, yerma las aguas, yerma la respiración de esos pobres desgraciados que rechazan la mesa, la silla, el abrazo hermano, las copas, la espuma del champán, la lectura de Pemán y de Donoso Cortés, la charla sosegada, tranquila con un brandy y el último ejemplar de El País abierto por la sección de nacional. Solo hay que recoger la bandera del balcón, lavarla a mano, plancharla y doblarla cuidadosamente. Luego abrir el último cajón de la cómoda y guardarla allí hasta dentro de cuarenta años, cuando el nieto repase las cosas antiguas de los yayos y la vea y pregunte por ella al primer familiar que entre en la habitación.

Estamos de luto porque unos insensatos han rasgado las banderas de papel que decoran la fiesta eterna del balneario, trayendo otras extrañas y amenazadoras. No se puede interrumpir una fiesta sin que se extienda el malestar entre la concurrencia. Es duro dejar a medio consumir una copa de Whitley Neill porque unos aguafiestas deciden marcharse a gritos de la velada. Menos aún evitar responderles con el mismo ánimo antes de arrojarlos por la barandilla del balneario. ¡Al agua con ellos y con su fastidioso discurso tenebrista!

Al fondo, más allá de las luciérnagas de la ciudad durmiente, la terrible tempestad de un mundo oscuro sin porvenir. Y quizá también la muerte de los que entienden que una fiesta puede ser el mejor antídoto contra la verdad. Desde el ojo del huracán se ven las luces de color, las guirnaldas, la gente en grupos, trajeada, con copas y blancas sonrisas, con un cigarrillo entre los dedos y una fotocopia del BOE en la otra. Tal vez la desesperanza pueda desnudar todo aquel espectáculo que se desarrolla en el balneario. Hablo de una desesperanza sin patria, de blancas banderas ondeando en un corazón antiguo y mil veces frustrado; hablo de la mentira reflejada en el agua putrefacta sobre los que se asientan los pilares del balneario. Hablo de la muerte que habita ciertos actos y de la gloria que vive en los eternos derrotados. Tú, yo, la historia de la que venimos…

 

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