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20 de septiembre

Cosas que no debieran ocurrir, ocurren. No es que seamos marionetas del destino, lo somos de la incapacidad de ser libres y de actuar en consecuencia. No sabemos si como ciudadanos o como pueblo, si es que este último concepto tiene sentido en el mundo actual. Vivimos en un país extraño, al menos en el entorno geográfico que se nos ha asignado en el Cosmos y en el planeta Tierra. En el sur y en el occidente de Europa. Tal vez solo esa razón fuera suficiente para que la libertad, la tolerancia y el compromiso estuvieran asentados por estos lares. Pero en realidad nuestro país es como un caserón envejecido por dentro y por fuera y habitado por fantasmas ancestrales. El hogar es vetusto y desangelado, ya lo era en 1977 cuando se le dio unas capas de pinturas en el interior y se adecentó en lo posible la fachada, que no fue mucho pero que dio para ir tirando otros cuarenta años. Luego, como no podía ser de otra manera, todo se agrietó. Suele ocurrir cuando no hay buena cimentación y cuando se vive a salto de chapuza. Cuando las grietas se hacen del tamaño de un puño, el tejado se derrumba y entra la lluvia, no es extraño que los fantasmas se revuelvan y se retomen viejas historias de opresión y lucha en sus estancias.

“El destino no nos obsequió con las revoluciones de la Edad Moderna; la Contemporánea ahondó en el aislamiento. Todavía hoy no sabemos lo que son los valores democráticos”

Cosas que no debieran ocurrir, ocurren. No debiéramos sorprendernos de las grietas, ni de la lluvia, ni de los nidos de los pájaros en las habitaciones, ni de la hojarasca arremolinada en los rincones. Llega un momento en que los caserones se desmoronan y solo quedan ruinas en un paisaje desolado. Lo contemplamos todos los días cuando viajamos por los campos de España: la soledad y el abandono.

Vivimos en un país extraño. El destino no nos obsequió con las revoluciones de la Edad Moderna. La Contemporaneidad ahondó en el aislamiento. Todavía hoy no sabemos lo que son los valores democráticos. El último intento serio de que arraigaran feneció en el terror de la postguerra. El último conato fue un intento baldío: se arregló el tejado para que la lluvia no filtrara e hiciera inhabitable el hogar y se hicieron obras mayores para que la fachada fuera moderna y aceptable para los vecinos de la entonces CEE. Pero los fantasmas ancestrales siguieron viviendo en sus estancias y a la primera crisis importante volvieron a revolverse y a demostrarnos que vivir en la ilusión de la europeidad tendría caducidad y que los apaños en el caserón terminarían por ocultar la podredumbre y ruina en las que nos habíamos arrullado.

Vuelve a llover torrencialmente sobre nuestras cabezas. Parte del techo se ha derrumbado y la luz de los relámpagos ilumina el rincón en el que nos resguardamos de la tempestad. De cuando en cuando, mientras contemplamos por la ventana la soledad que nos envuelve o paseamos por su gélido y estéril jardín, contemplamos el lejano bosque y nos embarga el deseo de construir allí nuestro nuevo hogar. Pero sabemos que eso no es posible, que veremos luces en el caserón derruido, que escucharemos los lamentos de nuestros ancestros y sus súplicas pidiendo nuestro retorno. Somos esclavos de un pasado no resuelto, de una lucha truncada hace ya demasiadas décadas. Abandonar ahora sería una solución sencilla si desde el profundo sur no nos contemplaran los rostros de nuestros antepasados con los cuerpos encorvados en los trigales del terrateniente o en las fábricas del patrón del Fomento diciéndonos que no hemos acabado el trabajo que ellos iniciaron. Tal vez deberíamos acabar su revolución porque entonces en las estancias del caserón se olería a libertad, a tolerancia, a diálogo.

Tal vez.

@revistagurb

 

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