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Y Terraza destapó sus frascos de esencias

Ignasi Terraza Cuarteto y Ronald Baker
El pianista Ignasi Terraza recibió el premio del festival, el primero a un músico de nuestro país. (Foto: Goio Villanueva)

"El mundo del jazz es tan complejo hoy en día que sería raro encontrar en alguien la sensibilidad necesaria para apreciar todas las corrientes.” (Philip Larkin)

"Si alguien toca algo y nadie lo entiende, es que no se ha comunicado con su público." (Duke Ellington)

La tercera jornada del XIX Festival Internacional de Jazz San Javier fue verdaderamente deliciosa, con dos conciertos de altísimo nivel: primero, el jazz vibrante e impecable del Ignasi Terraza Cuarteto junto al trompetista Ronald Baker y, después, el blues lírico y contundente del compositor, cantante, guitarrista y armonicista norteamericano Kevin Roosevelt Moore, internacionalmente conocido como Keb' Mo'. Ambos conciertos me fascinaron de principio a fin; aunque para ser absolutamente sincero he de confesar que, por mucho que disfruté del buen hacer del bluesman (un músico excepcional de los pies a la cabeza), cuando regresé a casa de madrugada y me acosté escuchaba aún los ecos de la magnífica velada que nos brindaron Ignasi Terraza y su grupo. La memoria es así de selectiva, incluso en las distancias cortas. Aunque lo realmente cierto es que, a día de hoy, la falta de tiempo para escribir sobre ambas sesiones como a mí me gustaría me obliga a ser drástico y centrarme únicamente en la primera.

El gran bluesman Keb Mo intervino después de la actuación del cuarteto de Ignasi Terraza. (Goio Villanueva)

Ya he dicho otras veces que no soy crítico de jazz, solamente un aficionado a eso que llamamos jazz desde que tengo uso de razón; y, entre otras labores y obligaciones que no vienen al caso, soy músico en activo desde hace más de cuarenta años. Ello me obliga a vivir la mayor parte de mi tiempo a salto de mata (cuando no a sobresalto) y rara vez puedo hacer planes a corto y largo plazo, como asistir regularmente a este u otro festival o a todos aquellos conciertos que tanto me interesan. Por ventura, el concierto de Terraza y compañía, uno de los que con más ilusión esperaba de esta decimonovena edición, no se me escapó. Se daba, además, la circunstancia de que esa noche Ignasi Terraza recibía de manos de José Miguel Luengo, alcalde de San Javier; el concejal de cultura, David Martínez, y el director de Jazz San Javier, Alberto Nieto, el Premio Anual del Festival, que por primera vez en su historia ha recaído en un músico de nuestro país. Y este solo hecho reclama casi toda mi atención.

Hace muchos años aprendí de Dizzy Gillespie que no hay “jazz auténtico”, sino jazz bueno o jazz malo; y el buen jazz, como cualquier buena obra de arte (pertenezca a la corriente que pertenezca), rebosa siempre actualidad, nunca pasa de moda. Yo siempre he querido ser, como el poeta Juan Ramón Jiménez, un exaltador de lo que me parece bueno, y esta distinción, esta consideración para con Ignasi Terraza me parece no ya algo bueno, sino buenísimo, de modo que me detendré no tanto en la extraordinaria calidad y el desarrollo del concierto como en la importancia y el significado real de este premio que, en palabras del alcalde José Miguel Luengo, “hace grande a San Javier” (una expresión que verdaderamente le honra).

Ignasi Terrasa recibe el premio de manos del director del festival en presencia del alcalde y el concejal de Cultura. (Goio Villanueva)

Decíamos ayer, refiriéndonos a Lars Danielsson, que el jazz nórdico o escandinavo tiene un lugar propio en el denominado jazz europeo. El jazz español, por supuesto, también; y, dentro del panorama español, el jazz catalán ocupa un lugar tan propio como extenso y poliédrico. Cataluña, donde el jazz es desde hace décadas una tradición, es uno de los enclaves preferidos por músicos de jazz de todo el mundo; Cataluña ha sabido acoger, cultivar, producir y promocionar gran parte del mejor jazz que se hace en el planeta; Cataluña ha sido cuna y refugio de muchos de los mejores músicos de jazz de nuestro país, no pocos de los cuales son hoy un referente a escala internacional. E Ignasi Terraza es uno de ellos. Por eso me parece doblemente importante el premio que con tanta gratitud y humildad recogió: porque es un signo inequívoco de reconocimiento al jazz que se hace en España (presente desde siempre, y en dosis generosas, en Jazz San Javier) y a la descomunal contribución de tantos y tantos músicos de jazz catalanes que con afición y tesón infatigables han logrado trascender todas las fronteras y contagiar su actividad y su compromiso a otras comunidades. Sin ir más lejos, directa o indirectamente, muchos de ellos son en gran parte los causantes de que Las Torres de Cotillas tenga hoy un festival propio, una escuela de jazz y una de las mejores big bands de nuestro territorio nacional.

Alberto Nieto le agradeció a Terraza que nunca haya abandonado la senda del jazz puro y tradicional, y las palabras de éste tras recoger el premio tampoco tienen desperdicio: “Me hace mucha ilusión y es todo un honor; ilusión por ser la primera vez que un músico de aquí recibe este premio; honor porque cada vez hay mejores músicos y se hace mejor jazz en este país, lo que significa una mayor madurez de los músicos y de los promotores. Por lo demás, esta es una música de equipo, colaborativa, y por eso quiero compartir este premio con los músicos que me acompañan, Horacio, Roland, Gabriel y Esteve”.

El pianista catalán Ignasi Terraza. (Goio Villanueva)

Antes de todo esto, el concierto había sido fabuloso. Terraza interpretó, primero a trío y posteriormente en cuarteto y en quinteto, una selección de composiciones propias (“Imaginant Miró”, “Terrifics”, “Temps de Canvis”, “Noia, Jacints I Futbol”, “Jo Vinc”...), un par de estándares inmortales (“Misty” y “Take The 'A' Train”), un tema de Ronald Baker (“Samba Not”) y un blues arrastrado de Dizzy Gillespie (“Cripple, Craple, Crutch Blues”), afrontando diferentes 'palos' pero con predominio del swing. Aunque yo eché de menos cadencias y atmósferas como la de su lírica composición “Nocturn”; la noche cálida y serena y la excelente sonorización me lo pedían, y a buen seguro que el público, que aplaudió embargado y en pie al pianista en varias ocasiones, se lo habría agradecido.

De Ignasi Terraza sólo puedo decir que es un pianista como la copa de un pino (o como la cola de un piano); un pianista en toda la extensión de sus diez dedos sobre las ochenta y ocho teclas del piano; y no creo exagerar en absoluto si afirmo que es depositario de toda la tradición pianística en el jazz y, por tanto, de toda la historia del jazz desde su nacimiento hasta nuestros días.

Tal vez por su formación clásica, de Ignasi Terraza se ha dicho hasta la saciedad que es un pianista clásico. Yo diría más bien que es un pianista atemporal. Pero tiene razón Alberto Nieto. El vigor y la elegancia de su música nos devuelven el jazz en su estado más puro y nos remonta a los grandes maestros y pioneros del mainstream, el hot,el swing o el bebop: Duke Ellington, Count Basie, Art Tatum, Oscar Peterson, Benny Goodman, Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk… El suyo es un jazz “de estancias amplias y suntuosas, estilizadas”, como escribió Chema García Martínez en el libreto de Imaginant Miró (Swit Records, 2014); un jazz que pervivirá siempre mientras haya músicos como él. Al margen de esto, Terraza es, además de intérprete y creador, un estudioso, un investigador y un improvisador nato. Su técnica y sus ideas están a la misma altura; su jazz es siempre virtuoso, cristalino, preciso y elegante, tanto más en cuanto que expresa siempre lo justo, esto es, lo necesario, que es lo más difícil de hacer en jazz y en cualquier disciplina artística.

No pocas veces he sido testigo de cómo determinados solistas de mayor o menor nivel, desconocidos o consagrados, se esfuerzan en meter notas con calzador en lugar de construir un solo bien articulado, un discurso que en verdad transmita cosas, que nos hable de algo más que de su pretendido virtuosismo y de su técnica. A menudo echo de menos la prestancia, la elocuencia, la capacidad de contar una historia coherente y bien argumentada, sea en el estilo que sea e independientemente del nivel que cada músico haya adquirido hasta el mismo instante de expresarla. Lo importante es que la sintaxis y el vocabulario musical sean los adecuados.

Esteve Pi, baterista, y Gabriel Amargant, saxofonista. (Goio Villanueva(

Horacio Fumero, contrabajista, y Ronald Baker, trompetista. (Goio Villanueva)

Ignasi Terraza y los cuatro músicos que le acompañaron (o a los que acompañó) no cedieron ni un milímetro a la tentación del exhibicionismo. Los pilares de esta formación fueron la camaradería, la dinámica, el rigor y la precisión. Todos caminaban juntos y hacia el mismo lugar. Esteve Pi es un mago del swing; una máquina de relojería, capaz de hacer auténticos prodigios con las baquetas y con las escobillas. Y qué voy a decir del paso siempre firme y seguro de ese inmenso contrabajista que es Horacio Fumero, uno de los músicos más influyentes, requeridos y reconocidos del panorama jazzístico nacional e internacional. Al saxofonista Gabriel Amargant, el más joven de la formación, lo conocía ya por trabajos y colaboraciones, sobre todo junto a músicos de su generación que son ya auténticas leyendas, como el pianista menorquín Marco Mezquida. Su aportación fue en todo momento exquisita, con acompañamientos impecables, solos valientes y muy bien construidos (ampliamente recompensados por el público) y un sonido limpio que empastaba a la perfección con la trompeta del norteamericano Ronald Baker. Cerraba uno los ojos y, por momentos, le parecía estar oyendo al quinteto de los hermanos Cannonball y Nat Adderley. Por lo demás, Baker es un trompetista y un cantante excepcional, al que en cierto modo esa noche le tocó “ejercer su autoridad”. Y vaya si lo consiguió. El sonido de su trompeta es nítido y brillante, y hace que todo encaje en su sitio. Suena exclusivamente a eso: a trompeta; algo cada vez menos frecuente en la actualidad, empeñados como están muchos trompetistas en marcar la diferencia. Y líbreme Miles Davis de tener prejuicios al respecto. No en vano, Ronald Baker es heredero de maestros como Freddie Hubbard, Lee Morgan o Chet Baker.

De Ignasi Terraza, en fin, lo he dicho ya todo o casi todo. Su música es llama pura, limpia e incandescente; él es un virtuoso, pero siempre se muestra como “uno más”, nunca deja de estar al servicio de sus compañeros. Su precisión y sutileza son incontestables, y su discurso, sus solos, sus aportaciones, son siempre redondos, lúcidos y oportunos. Acabaré pues como he comenzado: las esencias se guardan en frascos muy pequeños. Cualquier tema interpretado por Ignasi Terraza es un frasco de esencias.

Texto © Sebastián Mondéjar 2016 / Fotografías © Goio Villanueva 2016

 

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