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El Final (Epílogo)

Tras doce días intensos echamos el cierre a la 57ª Edición del Festival Internacional de Cante Flamenco de La Unión
La cantaora Esther Merino ha sido una de las premiadas durante el festival. (Foto: jch)

Uno se queda como que le falta algo, eso que no tiene razón de ser porque no existe pero aun así se echa de menos. Será la caló asfixiante, la calima pegalosa, la casa de José Manuel, el olor de los churros fritos, la cara de José Antonio, el barullo del Portal, los perfúmenes, el cante chico de los muchachos, la alegría del Bongui, las jarras del Café Mayor, Pili y Miguel, la sonrisa perenne de Yumi, tú, la casa de Paco Conesa, las conferencias del Salón de Actos, El Naranjito, FEVE, Peyú y María, la mina Agrupa Vicenta, el Antiguo Mercado, las Llorens y sus minchirones...

Doce días dan para mucho en una ciudad como ésta, habitada por personas amables siempre dispuestas a ayudarte o solucionar cualquier pepla que tengas, unas gentes que conviven con el forastero que llega a compartir eso de lo que son guardianes, esa parte de la música universal cuyo tesoro se encuentra encerrado entre las galerías profundas que horadan la sierra minera: los cantes de levante.

Una vez más he sido testigo de la Fiesta del Arte; he compartido silla con José y su hijo José Antonio, y con Pepi y Salva noche tras noche en ese rincón estableciendo un vínculo de amistad que espero continúe el año próximo; he disfrutado de una selección de artistas maravillosos, unos que resolvieron mejor que otros pero todos, y todas, demostrando un altísimo nivel. Aquí mencionaré las actuaciones de Antonia Contreras en la mina Vicenta y la de Rocío Márquez en el Mercado, digo, sin desmerecer a los demás partícipes en las Galas pero la magia de la Mina y la actuación de Rocío fueron para mí maravillosas, a tenor que fuera o no la mejor de sus noches.

Decepcionó Lole Montoya en la suya, la que compartió con Rocío, deslucida, con “Camborio” y “Paquete” a las guitarras que no hicieron nada por arreglarlo; también el virtuosismo de Paco Montalvo, extraordinario de modales y forma pero alejados del duende. Mayte Martín, pletórica, con Argentina a la réplica en una noche en que las dos mujeres mostraron dos maneras del ser femenino, sobria la primera exuberante la segunda; a Jesús Méndez triunfando en las tablas del Mercado, poderoso, pleno de fuerza;  Juan Pinilla, el cantaor didacta, con David Caro a su izquierda enseñándonos esos cantes olvidados que hicieron sonreír al público; a la bailaora Manuela Carrasco, genio y figura, que derrochó hasta donde pudo; y la gran actuación del Ballet Flamenco de Andalucía con la obra “Aquel Silverio”, dieciséis bailarines sobre el escenario, más músicos y pipas que recrearon el mundo flamenco del cantaor en sus cantes más genuinos.

Destacar el papel extraordinario de los tocaores, cómplices de sus principales, cuyo conocimiento y habilidades demuestran una vez más que el flamenco vive, se moderniza en gestos y formas gracias al estudio continuo de modos y maneras en componer nuevas armonías, de añadir riqueza al espectro tonal de los cantes. Citaré como primero de mi lista al extraordinario Antonio Muñoz Fernández, una vez más en la complicidad de sus elegidos; a Rosendo Fernández, siempre en su sitio; a Juan Ramón Caro, tocaor de Antonia Contreras; a Miguel Ángel Cortés, guitarrista de Rocío Márquez; al mencionado David Caro, joven pero sobradamente preparado; o a Sebastián Gutiérrez, guitarra de Mayte Martín. Y para concluir estos nombres cerraré con Juan Manuel Cuevas “El Chino”, guitarra de los dos Cuevas  -Manuel y Evaristo-, y José Antonio Conejo “Chaparro”, el hombre junto al flamante ganador de esta edición, el cantaor Rafael Tejada. Todo un elenco de primeras figuras de la guitarra española. Y eso sin citar a los concursantes del Bordón Minero ni a los guitarras de los cuadros flamencos, entre ellos al magnífico Joaquín Amador, principal de su mujer la bailaora Manuela Carrasco.

El concurso

Las tres primeras noches son agotadoras. Ahora, en la tranquilidad que me da mi sitio, apenas reproche alguno puesto que lo visto, oído y vivido durante estos días supera la angustia diaria del quehacer, la asistencia día tras día para relatarles lo acontecido del concurso de cante más importante del mundo flamenco. Once artistas cada noche a partir de las diez, con cante, baile, instrumentistas y guitarristas en cada gala saturan al espectador. Son demasiados para tantas horas lo que provoca la salida de muchos asistentes a partir de la medianoche y deja el aforo casi vacío en las últimas actuaciones, algunas muy relevantes –y aquí citaría a Anabel de Vico, cantaora finalista que actuó a las dos de la madrugada el jueves- como los últimos bailes de los bailaores y bailaoras a concurso, casi al filo de las tres de la mañana. Luego la Gran Final, el sábado, con asistencia de personalidades, artistas varios y público que llenan el aforo del Antiguo Mercado -hasta que no resuelve el Jurado- a presenciar el desafío entre los mejores porque hay en juego el trofeo más codiciado del mundo flamenco, y la dotación económica que no es moco de pavo.

La papeleta está en manos del Jurado. Es su trabajo elegir entre los treinta y tres artistas a concurso quienes son los más destacados, no ya los mejores sino los que mejor desarrollan los cantes, bailes o toques de los palos a concurso. Y este año han sido los mejores. Siempre habrá gustos para todos; estaremos más o menos de acuerdo con las decisiones tomadas pero en conjunto la selección fue del agrado de público tan exigente. Las mujeres estuvieron maravillosas en la Final, con Esther Merino con ganas de tocar el cielo y Anabel pletórica de fuerzas aunque fue el hombre el que se lo llevó todo, incluido el premio gordo: la minera. En el baile las espadas estuvieron en alto hasta que Miguel Meroño leyó el nombre del ganador, igual que en el Bordón Minero -este año sí- donde los tres finalistas echaron el resto llevándose los premios merecidamente.

Así que, con su permiso, recordaré a algunos de los que se quedaron fuera de la Final, hombres y mujeres que vinieron a demostrar que el flamenco goza de una salud extraordinaria, que está vivito y coleando gracias al trabajo que desarrollan academias y estudios a lo largo de la geografía española. Eso sí: si no existiera Andalucía poco íbamos a hacer. El primero será el bailaor Joselito, José María Maldonado Segui -y no es andaluz sino barcelonés-, que estuvo fenomenal en sus dos actuaciones con taranto y alegrías, firme, trepidante, pero Macarena le ganó por lo que estimara el Jurado. Un cantaor que me llamó la atención, un gaditano llamado Jesús Castilla Rey que vino con soleá y seguiriya de la mano de Antonio Muñoz que lo hizo muy bien; la vocecita singular de Rocío Belén Cuesta, falsete y desgarre; o el esfuerzo de nuestra paisana Mayse Pérez, exultante de vigor, que no consiguió pasar a la Final. Y en general todos, y todas, de cada uno de los aspirantes que lucharon por el ansiado trofeo, algunos viejos conocidos de estas tablas, otros noveles por estos lares que a buen seguro volverán a competir en estas tablas en años venideros.

Y sobre todo lo dicho la presencia de la cantaora Yumi Yamashita, en vuelo directo desde Osaka (Japón) a La Unión, finalista de corte en la semifinal de Lo Ferro 2015, que aterrizó directa desde su ciudad para empaparse de nuestro arte. Durante doce días estuvo paseando, oyendo, atendiendo a clase, acudiendo día tras día a galas y concurso para averiguar las claves de los cantes de levante, esos modos y melismas que diferencian los cantes mineros del resto de los cantes flamencos. Agradecer a Antonio Muñoz esa tarde singular en la que compartió guitarra con ella, y a su madre, Encarnación Fernández, por la amabilidad con que la trató. Gracias.

Y a todos ustedes gracias por atenderme. Un lujo un año más haber compartido estas jornadas con este equipo de profesionales que año tras año hacen posible que este Festival, decano de España, siga en marcha.

Gracias a Gloria Nicolás por su esfuerzo y trabajo. Hasta el año que viene.

Lo mejor de la 57 Edición del Festival del Cante de las Minas de La Unión

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