ir a la portada de ELPajarito.es

La mujer invisible

Ramona López
La escultora Camille Claudel, compañera de Auguste Rodin.

El domingo vi en la tele la película Los 4 Fantásticos. Tres hombres y una mujer. ¿Sabéis que súper poder tiene la mujer? Sí, exacto: es invisible. Además de la invisibilidad tiene otro súper poder: generar un campo de fuerza que proporciona protección y refugio. Es lo que tiene el subconsciente, que funciona en automático. Y lo que existe en el subconsciente colectivo con respecto a las mujeres lo han resumido bien aquí los guionistas de la película: somos proveedoras de cuidados y para todo lo demás, invisibles.

Digo esto medio en serio, medio en broma, pero que en un grupo con súper poderes el poder de la mujer sea el de la invisibilidad parece resumir de forma involuntaria la historia de las artes, de la ciencia, de la cultura, de la conquista, donde la mujeres han sido o bien invisibles o bien invisibilizadas. Ha habido mujeres escritoras que no podían o no se atrevían a firmar con sus nombres y utilizaban pseudónimos masculinos para poder ser tomadas en serio. Fernán Caballero resultó ser Cecilia Böhl de Faber; las hermanas Brontë comenzaron presentando sus obras con pseudónimos masculinos; George Sand escondía detrás a una mujer cuyo nombre, Amantine Lucile Aurore Dupin, es desconocido para la gran mayoría. Mary Ann Evans, la gran autora de Midlemarch y El molino del Floss, firmaba como George Eliot. Ha habido mujeres cuya autoría ha sido robada por sus compañeros, como le ocurrió a María Lejárraga, víctima de un expolio literario, cuyas obras teatrales eran firmadas por su marido. Ha habido mujeres que han sido fagocitadas por sus compañeros como hizo Auguste Rodin con la escultora Camille Claudel. Ha habido mujeres excluidas del poder sólo por ser mujeres, como ocurrió con Emilia Pardo Bazán, a quien, a pesar de su enorme aportación a la historia de la literatura, jamás se le permitió formar parte de la RAE.

"¿Qué pasa cuando queremos dejar de ser invisibles? Que molestamos. Molestamos a la Academia de la Lengua, a la industria del cine,  a los estamentos políticos"

A lo largo de la historia se nos ha querido convencer de que el universo femenino era el mundo del hogar, de lo pequeño, de lo particular, de lo insignificante, de lo invisible. El mundo de los hombres, sin embargo, había de ser el de lo público, lo universal y lo trascendente. ¿Qué pasa cuando queremos dejar de ser invisibles? Que molestamos. Molestamos a la Academia de la Lengua, molestamos a la industria del cine, molestamos a los estamentos políticos. Nos volvemos ruidosas y descaradas y eso, se nos dice, es impropio de mujeres.

Se nos dice que hemos conseguido grandes logros, que ya somos iguales por ley, al menos en el mundo occidental, que ya no hay nada más que reinvindicar. Se nos dice que a qué viene tanto alboroto. Se nos dice que ya es suficiente. Sí, es cierto, se han conseguido grandes logros y ha sido gracias al feminismo, los cambios no se producen en sociedad por generación espontánea. Ha habido muchas mujeres que han luchado para que nosotras podamos votar, estudiar, trabajar, viajar, ser libres e independientes. Pero no es suficiente. Si hay mujeres que mueren por el simple hecho de ser mujeres, no es suficiente. Si hay mujeres que, realizando el mismo trabajo, cobran menos que los hombres, no es suficiente. Si las mujeres no pueden promocionar en sus trabajos y chocan contra un techo de cristal porque el testigo de poder se pasa de un hombre a otro, no es suficiente. Si los cuidados y el trabajo doméstico siguen siendo tareas casi exclusivas de mujeres, no es suficiente. Si no estamos representadas en las artes, en las ciencias, en la empresa, en la política de modo igualitario es porque lo que se ha conseguido es mucho pero no suficiente.

Reclamamos nuestro espacio que no es ni el 3% ni el 7% ni el 20%, es justamente el 50%, la mitad del espacio, nuestro lugar junto a nuestros compañeros. No queremos más. No queremos menos.

 

Añadir nuevo comentario