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Sitcom

Ramona López
Fotograma de la película 'Ocho apellidos catalanes'.

 

No había visto yo la película Ocho apellidos catalanes. La vi el domingo. Para quien no la haya visto puedo decir que es una sitcom flojucha donde lo único notable para mí es la actuación de Karra Elejalde, por quien siento debilidad. Ni siquiera es original: es un mal plagio de Good bye Lenin!, con un nieto que monta un tinglado para que la yaya viva la llegada de una República catalana. La cosa es que la vi y no daba crédito a lo que veía. Lo más inquietante fue comprobar cómo las escenas de una película de hace dos años se han visto reproducidas a lo largo del Procès. Todo parece indicar que desde hace semanas estamos viviendo en una comedia mediocre.

Hemos tenido de todo: unas urnas de quita y pon, un referéndum chiripitifláutico que ignora la opinión y el deseo de, como mínimo, la mitad de la ciudadanía; un ataque vergonzoso a gente que quiere votar por parte del ejecutivo español con guardia civil alojada en el barco de Piolín (algo como esto no se les ha ocurrido ni a los guionistas de Ocho apellidos catalanes, les debía parecer un exceso); una proclamación de República fugaz, que sí, pero no, pero sí, pero yo qué sé; Puigdemont asilado en Bélgica (no en vano los belgas son los leperos de Europa, para que sigamos con las risas) mientras Don Tancredo entrulla a un buen puñado de consellers y sacando pecho dice: “he cesado a los miembros del Govern, eso no se hacía desde la Segunda Guerra Mundial” (sic). Claro, no se hacía porque es una salvajada. Sin olvidar que la actuación de la justicia exprés para empapelar a los actores del Procès ha sido fascinante.

“Cabe preguntarse si no será todo una farsa, el pañuelo de colorines con que el mago nos distrae mientras realiza su truco de magia; la cuestión es a quién beneficia esta situación”

Que si DUI fake, que si 155 blando (para entenderlo hay que saber que la rima está dando pistas), todo simbólico, todo un poquito de mentira, ya sabéis, como cuando los matones amagan sin dar. Aunque los palos sí que han sido de verdad, eso sí. La emoción de la gente indepe pensando que habían llegado a Oz, como Dorita, también verdadera. Por lo demás estamos ahí, valorando la incógnita que se abre ante las elecciones del 21D, intentando por ejemplo que nos quepa en la imaginación a una Soraya SS como presidenta de la Generalitat y que gobierne en Cataluña un partido como el PP que hasta ahora no alcanzaba allí ni el nueve por ciento de los votos. O que, tras las elecciones Kinder sorpresa barra el independentismo y entonces declare una DUI de las de verdad, no como esta. Esto último no parece probable porque ellos mismos han admitido que no están preparados para esta tarea, pese a haber montado la que han montado. Pero qué sabemos, después de lo que llevamos visto, todo es posible. ¿Qué nos dice todo esto? Pues que estamos en una sitcom, en una mera puesta en escena. Cabe preguntarse si no será todo una farsa, el pañuelo de colorines con que el mago nos distrae mientras realiza su truco de magia. La cuestión es, como en los juicios, cui prodest?, a quién beneficia esta situación. Pues sacad cuentas:

1. Merced a todo este revuelo los políticos nacionalistas catalanes van camino del martirologio indepe, y los nacionalistas españoles, camino de la victoria electoral vía exaltación patriótica. Ya lo tenían previsto, claro. Y otro aspecto que tienen previsto es que el conflicto se quede entre nosotros per molt anys. Aplicar a un problema el remedio equivocado puede tener consecuencias nefastas. Sí tienes tos y te dan un laxante, pues ya sabes… En el conflicto catalán se está aplicando un remedio no solo equivocado sino contraproducente como es considerar por la vía penal un conflicto político. Los dirigentes independentistas son los representantes políticos de más de dos millones largos de personas y encarcelando a siete o a veinte o a cien, si sabemos algo de matemáticas, no hacemos absolutamente nada. Y no tenemos cárcel para dos millones. La falta de altura de miras, el oportunismo político, la chapucería industrial de estos descerebrados nos llevará, ojalá me equivoque, a algo peor.

2. No hablamos de otra cosa desde hace dos meses. Entretanto hemos visto a un inspector jefe de la UDEF afirmando que existen indicios de que el presidente del Gobierno ha cobrado sobresueldos en negro. En cualquier país civilizado ese presidente no hubiera durando ni 24 horas. Pero nada, prietas las filas porque aquí lo importante es que España se rompe. ¿Y por dónde se rompe España? Pues por lo visto se rompe por el marco, porque lo verdaderamente relevante es evitar la ruptura de lo simbólico, es tener un marco de referencia inamovible, a saber: que España es tal y como la describe Cine de Barrio. Que prevariquen, que mientan, que roben, que se enriquezcan a nuestra costa quienes nos gobiernan es, por lo visto, una cuestión menor. Cualquiera diría que es más importante mantener el juego al que jugamos que el hecho de que nos estén desplumando.

3. Sorprendentemente, la gente se vincula con más facilidad a conceptos abstractos, como lo son el de nación y el de patria, que a circunstancias complejas pero concretas que exigen toma de conciencia y posicionamiento (los casos de corrupción o el desmantelamiento del estado del bienestar) y los atentados contra la democracia (la Ley Mordaza o la aplicación del 155). Desde que empezó toda esta movida las banderas se han multiplicado como si no hubiera un mañana porque son un símbolo inmediato y sencillo de adhesión. Se requiere poca reflexión y es fácil colocar una en la ventana con el plus de que alimenta la fantasía de haber hecho algo, de ser actor del momento histórico. El florecimiento de la fiebre banderil indica que lo petarán en las elecciones aquellos que se arropan en rojo y gualda, con o sin estrella blanquiazul. Los demás, aquellos a quienes los símbolos textiles seducen tan poco como los gestos testiculares (muy abundantes también en todo este proceso) quedaremos a merced del aguacero durante algún que otro lustro. Así está la cosa: atrapados en una comedia patética y sin poder cambiar de canal.

 

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