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Veinte años hollando senderos

Luis Gallego Mayordomo
La singularidad geológica de Bolvonegro, en Moratalla.

Y encalleciendo pies, endureciendo glúteos y reventando botas. Tantos que el zagalico empieza a mocear; ya se le ve en edad de merecer, de pelar la pava a la vera del camino.

A quienes fuimos testigos de los primeros pasos del Grupo Senderista de Murcia a finales del pasado siglo, a quienes hemos visto crecer al nenico, batirse con garbo y tesón en las más exigentes verbenas populares, en romerías y monterías varias, nos embarga hoy la emoción.

Y al evocar esos miles de jornadas por tanto sendero malevo, como en el tango de Gardel: "Se me pianta un lagrimón, / De esos que al rodar el empedrao, / Saben a beso prolongao / Que regala el corazón."

Y es que, aunque dieron para mucho, en el fondo y retorciendo de nuevo a Gardel: Veinte años no es nada, / ¡Qué feliz la pisada!

Pero basta de tangos y halagos, de dar jabón y echar azúcar. No me conviene abusar del dulce. Paso, pues, a enumerar los incontables reproches por las desdichas y penurias que en estos veinte años de esforzado caminar he sufrido junto a tan singular grupo senderista.

Y si bien somos miles de penitentes quienes conformamos esta estrafalaria cofradía del Paso, alguno incluso de zancada un pelín atrabiliaria; si bien fue siempre imprescindible la colaboración de Loles, Jaime, Gregorio, y tantos otros; sabemos de sobra quién fue el verdadero instigador de tanto desatino. Un tipejo ubicuo, menudo, cetrino, enjuto y otrora con coleta, de cuyo nombre no quiero acordarme. Y para colmo natural de Torreagüera, como Antonete Gálvez. A sujeto de tal jaez debemos tanta dichosa fatiga, tanta penuria por esos caminos del demonio.

“Tanta generosidad nunca recibirá reconocimiento oficial alguno… no se le nombrará jamás murciano del año, ni gran bacalao del entierro del boquerón, ni nada por el estilo”

Aprovecho para públicamente acusarlo de dejarme calar hasta los huesos en una lluviosa e interminable caminata por el pinsapar de Grazalema; de perderme bajo una tupida niebla en la sierra de Gredos; de congelarme los dedos en una surrealista barbacoa entre el hielo y la nieve en la granadina sierra de Huétor. Y de cruzar el Júcar en Alcalá sobre una alucinante balsa fabricada sobre la marcha por tan ínclito ingeniero con planchas de poliespán y dos socorridos contrapesos. De acabar con un ojo helado y dolorido tras una tortuosa ascensión al Moncayo; de destrozarme el menisco en los incontables peldaños de la Vall de Laguar. Incluso de que me picaran las avispas bajo las buitreras del cañón del río Lobos.

Pero ante todo lo acuso de haber inoculado a tantos miles de murcianos el pernicioso virus del senderismo. Y de hacerlo en sus cepas más virulentas y contagiosas; esas que inculcan para siempre el respeto por el medio natural, el amor por el patrimonio rural; esas que generan conciencia caminante, que expanden por doquier el nocivo síndrome Labordeta, que incapacitan de por vida para quedarse sentaíco frente a la tele en una jornada de festivo.

Lo acuso también de la más subversiva generosidad. Nunca me salieron las cuentas de las cuatro perras que he abonado por cada excursión. Y eso duele. Además, al viajar por mi cuenta, no me abandona la zozobra, la pesambre de saber que voy a pagar más por mucho menos de lo recibido junto a esta peripatética cofradía.

También me genera zozobra el saber que tanta generosidad nunca recibirá reconocimiento oficial alguno. Que no se le nombrará jamás murciano del año, ni gran bacalao del entierro del boquerón, ni nada por el estilo. Y lo peor es saber que, desde la atalaya de su soberbia humildad, le importa un comino.

Lo acuso igualmente de haber propiciado que los más bellos y apartados rincones de esta región estén hoy en boca de tantos. Que lugares como el Atalayón de la sierra de Almenara, el río Chícamo, la sierra del Carche o el estrecho de Bolvonegro hayan dejado de ser tesoros escondidos, patrimonio de apenas unas decenas de aguerridos naturistas y montañeros, para ser hoy tema de conversación de miles de murcianos. Y todo ello sin invertir un miserable euro público en su difusión. Eso, convengamos, además de intolerable es abiertamente antimurciano.

Por último, te acuso de haber facilitado que tanta gente se conociera a pie de monte, que superara baches emocionales, se amistara y hasta se emparejara. Te hago responsable de tanta forma física y salud recuperada, de tantos quilos de jugosa manteca desechados por ramblas, veredas y barrancos.

Dicho lo dicho, me resta José Antonio, agradecerte de corazón tanta penuria dichosa. Y desearme, desearnos, otros veinte años, como glosaba santa Teresa, de tan gozoso sufrimiento.

 

Comentarios

Enviado por Víctor Serrano el

Muy buen artículo Luís. Suscribo punto por punto el artículo. El grupo senderista ha sido y es una "fabrica" de buenos senderistas y gente comprometida con el medio ambiente.

Enviado por José a manzanares el

Cuanta sabiduría tiene estos escritos, ese virus me fue inoculado y estoy grabemente infectado. No hay perdón, pero si un Gracias.

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