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El no cambio

Lorenzo Sentenac

El “no cambio” se inaugura con frases como la de la de la nueva ministra de Trabajo, Magdalena Valerio, cuando afirma que “no se puede derogar alegremente la reforma laboral”. Frase que podría haber dicho igualmente el presidente de la CEOE o Rajoy. Cabe preguntar entonces a la nueva ministra si dado que no se puede derogar la reforma laboral con alegría, deberemos seguir soportándola con pesadumbre y paciencia cristiana. Sin embargo Pedro Sánchez, el 15 de julio de 2014 afirmaba: “La primera medida que tomará el próximo gobierno socialista será derogar la reforma laboral de Rajoy para recuperar cuanto antes los derechos de los trabajadores. El PSOE no va a permitir que se recorten”.

Como ven, el “no cambio” tiene un protocolo y unos plazos, unido todo ello por el hilo de oro de la retórica, que en ocasiones tanto se parece a la mentira. No es mala manera de empezar a no cambiar.

“Así como la peripecia reciente de Pedro Sánchez y sus ministros es accesoria y cosmética, lo ocurrido con Italia y sus ciudadanos es primordial y grave, más que nada porque marca una tendencia”

Quizás sorprenda que, cuando muchos desempolvan y engrasan la retórica hueca del "cambio" que no cambia nada, yo hable de la involución que lo cambia todo, pero es que hay cuestiones principales y cuestiones accesorias, y así como la peripecia reciente de Pedro Sánchez y sus ministros es accesoria y cosmética, lo ocurrido con Italia y sus ciudadanos es primordial y grave. Más que nada porque marca una tendencia que de una u otra forma ha afectado ya a varios países europeos como Grecia, Italia y también España (¿el Sur?), donde ya no son los ciudadanos los que deciden, y donde por tanto el voto se ha vuelto inútil y pura farsa.

Estas intervenciones exteriores en lo que es la soberanía de un país merecen calificarse de golpes de Estado, de mayor o menor envergadura, aunque siempre inaceptables y graves. Nada hay más deprimente para un ciudadano (que se cree libre) que comprobar que su opinión o su voto no vale nada, y que su libertad vale menos aún, es decir, que nada puede cambiar a través de las urnas. De ahí el cabreo que se produjo estos días en Italia ante las manifestaciones prepotentes de un comisario alemán, Günter Oettinger, que intentaba decir a los italianos cómo debían votar, supongo que para no disgustar a Merkel y a los bancos alemanes.

Los golpes de Estado hasta ahora eran algo ajeno a la Europa democrática y moderna, un acto irracional y poco serio que solo podía ocurrir en países exóticos, poco civilizados, por no decir bárbaros. Que fueran a veces europeos muy civilizados y famosos los que fabricaran estos golpes en otros sitios conviene dejarlo en la sombra mediante un efecto túnel de nuestra óptica manipulada.

Aunque no se descarta tampoco que, fronteras adentro, los planes y maniobras ocultas hayan estado presentes más de una vez. Según documentos desclasificados, la diplomacia británica se planteó la posibilidad de un golpe de Estado en Italia para evitar que la izquierda accediera al poder en las elecciones de 1976. Kissinger también andaba en ello. Sea como fuere, esas elecciones las ganó Andreotti, el mafioso.

Se supone que de lo que tocaba hablar ahora es sobre el giro que implica tener a Pedro Sánchez como nuevo e inesperado presidente del Gobierno, pero como no creo en ningún cambio que patrocine el PSOE (salvo que el PSOE que inaugure Pedro Sánchez sea muy distinto del que le precede) o cualquiera otro de los partidos autonombrados socialistas o socialdemócratas (neoliberales en realidad) que han ido desapareciendo recientemente por el sumidero de la historia al no coincidir envoltorio con contenido, quiero ocuparme de esta otra cuestión, más seria, y no hacer de la necesidad virtud. Era necesario echar al PP, el gran padrino junto al PSOE de la corrupción sistémica que ha hundido a España.

Es poco virtuoso haber tardado tanto tiempo en desinstalar del gobierno de un país serio a una tropa a la que nadie en su sano juicio invitaría a la boda de su hija. De manera que el hecho no merece mayor aplauso aunque si un suspiro de alivio y una reconvención por la tardanza.

Pero como digo, si hay una cuestión principal y grave entre las muchas que hoy nos zarandean en estos posmodernos tiempos difíciles, es la cuestión de la democracia.

“Hay plena consciencia de que la democracia tal como la conocimos hoy está en el alero, pero la interpretación de esta evidencia es muy variada: hay a quien este hecho le causa angustia, y hay quien lo jalea y alienta”

Sin comerlo ni beberlo y casi de un día para otro, nuestro progreso político se ha detenido en seco y hemos vuelto rápidamente a la casilla de salida. Entre tanto se completa ese bucle involutivo todo es desorden, y nadie sabe lo que se oculta a la vuelta de la esquina, hablemos del proyecto personal de cada uno o del proyecto de toda Europa.

Hay plena consciencia de este hecho, de que la democracia tal como la conocimos hoy está en el alero, pero la interpretación de esta evidencia es muy variada según quien opine. Hay a quien este hecho le causa angustia, y hay quien lo jalea y alienta. He leído estos días dos artículos sobre el tema:

Uno está firmado por Jorge Marirrodriga y lo titula “El dios mercado como juez de la buena política”, donde aborda con humor el tema, en sí trágico, de los funerales de la democracia. Hablando sobre las recientes elecciones en Italia y las desafortunadas palabras del comisario alemán, Günter Oettinger, dice: “estas cosas pasan por no preguntarse qué dirán los mercados antes de meter la papeleta en la urna correspondiente y no, por ejemplo, si el candidato es un incompetente”. O también: “La opinión de los mercados es la prueba del algodón para los candidatos a gobernar cualquier país”.

Aunque tamizada por la ironía, el artículo expresa una preocupación grave por la muerte de la democracia.

El otro artículo está firmado por Lluis Bassets, que lo titula: “Doble ración populista”, y comienza diciendo: “Hay verdades inconvenientes” que no conviene decir en público ni que conozcan los ciudadanos simples. Hace referencia de nuevo a las palabras del comisario alemán, las cuales aunque inoportunas se limitan a expresar una verdad amarga: la democracia ha muerto. Dado que esta es una verdad incontestable y que en resumen estamos a expensas de lo que quiera ordenar el señor mercado, que no es nadie pero lo es todo, conviene aceptar de buena gana esta sumisión y no incurrir en populismo ni en vanas aspiraciones democráticas que no nos podemos permitir. Aquí se da una “doble revolución liberal”: por una parte se da por cierto que es imposible que la voluntad política y el interés general controle el mundo del dinero (un nuevo totalitarismo). Y por otra se estima conveniente que los ciudadanos no lo sepan (un nuevo oscurantismo). En vista de todo ello opinamos que Podemos debe seguir siendo la oposición. No nos engañemos: la única oposición en España frente al bloque que representa y defiende los intereses de Ángela Merkel y los bancos alemanes, es decir, del mercado, es Podemos. Los demás partidos (PSOE, PP y C's) están a las órdenes que vengan de Alemania, o de ese ente metafísico pero demasiado humano que llaman “el mercado”, que es quien manda y dirige digan lo que digan las urnas y dicte lo que dicte el interés general.

Esta es la triste realidad de la involución antidemocrática en nuestro país y por extensión en Europa.