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Noche de paz

Lorenzo Sentenac
Campamento de refugiados en Ritsona, Grecia. (Foto: Iñigo G. Sola)

Es frecuente escuchar o leer auténticas filípicas contra el odio en un lenguaje lleno de mayúsculas e insultos, y con el odio herniándose por el ombligo del irritado analista. El no advertir esta inconsecuencia del propio discurso es signo de que más de una nube ciega y nubla tanta clarividencia, y que como dice el evangelio repartiendo democráticamente los pecados y las culpas, no vemos la viga en el ojo propio pero sí la paja en el ajeno.

Como en el texto evangélico se dicen muchas verdades (aunque no siempre), habrá que pensar que esto nos ocurre un poco a todos, y que en el fondo no deja de ser humano, demasiado humano.

“Al maestro de Nazaret nuestros bienpensantes de hoy le habrían llamado sin dudarlo populista y también perroflauta, o desde un alto estrado habrían dictado: ¡Que se joda!”

Ahora bien, si hablamos de bajas pasiones (entre ellas el odio) es porque sabemos que existen otras altas facultades que se superponen a aquel núcleo primitivo y lo envuelven, amortiguándolo y matizándolo, pero el conjunto y la mezcla, de lo alto y lo bajo, siguen ahí.

Sin duda, civilizarse consiste en dar prioridad y cultivar los elementos más elevados de nuestra naturaleza, sin desconocer por ello la mezcla que somos. Mezcla tan confusa e inextricable que a veces las pulsiones feroces de Mr. Hyde se filtran a través de la retórica estilizada de Mr. Jekyll.

Y ya que hablamos de humanidad como de una rara mezcla, ¿acaso no detectamos esa mezcla y confusión también en los mismos evangelios? ¿Hay algo más humano que ese Jesús de Nazaret que predica el evangelio del amor, defiende a prostitutas y fustiga enfurecido a los mercaderes del templo?

Sin duda aquel Rabí, judío por los cuatro costados, era enemigo del mercado como instrumento de explotación y de poder, no le nublaba la vista el dinero y lo despreciaba pero tenía amigos adinerados, y sus más fieles compañeros pertenecían al proletariado y a las clases menesterosas. Era ciertamente molesto e incómodo para los que ejercían la tiranía en aquel tiempo, potentados y sacerdotes, cuyas bajas pasiones se disfrazan con incienso, leyes trucadas, catecismos y púrpuras.

Al maestro de Nazaret nuestros bien pensantes de hoy le habrían llamado sin dudarlo "populista" (prometía el reino de los cielos) y también perro-flauta (“mirad las aves del cielo…”), o desde un alto estrado habrían dictado: ¡Que se joda!

Hoy hace tanto frío como ayer, Herodes y sus secuaces manejan tarjetas black y oscuros trading financieros, la estrella de Occidente riela en un mar de ahogados, y en un rincón apartado del mundo, a oscuras, apenas una fogata, los ángeles se posan sobre un campamento de refugiados.

Allí nacen dioses de carne y hueso.

 

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