ir a la portada de ELPajarito.es

Extinciones: todo se acelera

Lorenzo Sentenac

Pienso a veces que la aceleración del tiempo puede ser ilustrada y demostrada por dos hechos igualmente deprimentes: el ritmo de extinción de las especies vivas y el ritmo de extinción de los juegos infantiles. Si lo midiéramos por estos raseros, la velocidad de los tiempos que nos ha tocado vivir, la aceleración hacia el futuro, sería una deriva decadente y más bien triste.

Podría argumentarse que los juegos infantiles que van cayendo en el olvido, a veces por desaparición del escenario natural de los mismos, son sustituidos por otros nuevos fruto de un nuevo escenario. No lo sé. No sé si los niños salen hoy a la calle como salíamos antes, creo que no, o si salir a la calle de aquella manera de entonces determinaba que los niños aquellos fuéramos distintos, como moldeados en un ambiente que ya no existe.

Sí que recuerdo que salíamos a la calle de forma bastante autónoma y liberal, sin padres ni carabina. Creo que ahora los niños pasan más tiempo en casa, y ya no se escucha tanto aquella admonición materna –que era casi una orden– de: “iros a la calle que me tenéis hasta el moño”.

"Del humanismo renacentista y liberador hemos pasado al terrorismo ecológico vía capitalismo desregulado y salvaje, que sin embargo tiene tan buena prensa que lo llaman libertad"

La verdad es que antes se mandaba a los niños a la calle sin demasiadas angustias ni aprensiones. Incluso los mas pequeños empezaban pronto a patearla bajo la tutoría transitoria y fugaz de algún hermano mayor, que sin embargo también era un niño. Eran otros tiempos, no muy lejanos pero sí bastante distintos.

Lo cierto es que extinciones siempre ha habido, tanto de juegos infantiles como de especies vivientes, pero lo que debe preocuparnos es el ritmo de estas extinciones, es decir la velocidad que ha atrapado y arrastra a la sustancia de la vida. Este ritmo endiablado que todo lo domina y que nos tiene a todos sin sosiego ni asidero posible.

La vida es animada, sí, pero una cosa es estar animado y otra muy distinta es estar fuera de si, desintegrándose. Y es que si no estamos integrados, alma y cuerpo, ser viviente y medio ecológico, vamos a la desintegración, es decir, al desastre.

Todo se ha acelerado.

Visité no hace mucho una exposición sobre Cervantes en el Museo de Santa Cruz de Toledo. Allí, detrás de una vitrina, llamaron mi atención un par de peonzas de los tiempos del gran literato, con su cuerpo de madera y sus puntas de hierro oxidado, tan parecidas a las que yo usaba de niño que me sorprendió y casi diría que me emocionó. Recordé aquellas peonzas mías de pico “cigüeña”, de pico “garbanzo”, y las franjas de colores que les pintábamos para que fueran más vistosas. Al parecer los egipcios ya las pintaban. Pensé entonces que el tiempo en que los niños han jugado a la peonza se mide en siglos, desde un niño egipcio a un niño español de los años 60 y 70, y sin embargo hoy ¿se han extinguido? ¿cuántos niños se ven hoy en la calle jugando a la peonza?

La misma emoción o sorpresa puede experimentarse cuando se lee el Satiricón de Petronio (siglo I después de Cristo), y encuentra descrito en sus páginas el juego de “pico-zorro-zaina” que jugábamos en nuestra propia infancia. Creso se sube de un salto a la espalda de Gayo Trimalción, a modo de cabalgadura, y dándole golpes en la espalda al tiempo que extiende los dedos de una mano, le pregunta ¿cuántos hay?.

Hay un hecho notable que a poco que nos intrigue no nos debe dejar de preocupar: según investigaciones bien planteadas, asistimos en el momento presente a una extinción en masa de especies vivas en el planeta, que sería la sexta de su serie. Les recomiendo la lectura de La sexta extinción, un libro de Elisabeth Kolbert.

Lo especial de esta sexta extinción es que asistimos a ella no sólo como testigos (y sería la primera vez, ya que no fuimos testigos de las cinco precedentes, la última y más famosa de las cuales acabó con los dinosaurios), sino como autores y protagonistas, según opinión bien fundada que merece todo crédito.

Al respecto se plantean distintas posibilidades: que seamos sólo testigos impotentes ante ella; que seamos autores inconscientes o irresponsables de la misma; que en esta gran matanza en curso sólo seamos verdugos; o que también seamos finalmente y de forma irremediable víctimas.

Víctimas y verdugos al mismo tiempo, poderosos y fatalmente frágiles en un mismo y quizás último acto.

Del antropocentrismo como ejercicio del narcisismo más ciego e insensato, hemos pasado casi por necesidad lógica y evolutiva a dar nombre a una era, el antropoceno, que da cuenta de nuestros desmanes e irresponsabilidad contra la realidad viva de la que formamos parte: el planeta y la vida que alberga.

Del humanismo renacentista y liberador hemos pasado al terrorismo ecológico vía capitalismo desregulado y salvaje, que sin embargo tiene tan buena prensa que lo llaman "libertad". Queda más bonito sin duda con ese nombre, pero su efecto tóxico es igual de letal. Si no lo remediamos la Naturaleza acabará demostrándonos que tomarse determinadas “libertades” con ella no sale gratis.

También la antigua Unión Soviética ejercía el terrorismo ecológico a gran escala desde su planificación regulada. Pensemos en Chernobil.

¿Qué cabe concluir de todo esto, y del fracaso de modelos tan dispares, aparentemente opuestos, en el fondo gestionados por una misma idea del progreso, insensata, egoísta, mecanicista e irresponsable?

Pues que vivimos sujetos a un paradigma infantil, del que es propio no tener conciencia de los límites.

En esta relación del hombre con su medio, Occidente era una cara de la moneda, y Oriente la opuesta. ¿Puede decirse ahora lo mismo? Si por algo se trabaja hoy a gran escala en el planeta es por un modelo único de pensamiento, por un gobierno del mundo no sólo en el plano político sino en el plano ideológico.

Hemos pasado de lo prometeico desatado y la razón liberadora a lo primitivo fetichista. Hoy nuestros fetiches preferidos son el Progreso (con mayúsculas) y la Tecnología que todo lo puede. De este poder omnímodo que se le supone a la Tecnología se espera que nos salve en el último instante de nuestras aceleradas tropelías. Porque de alguna manera sí somos conscientes de que no lo estamos haciendo demasiado bien y nos dirigimos a una especie de límite o de fin. Aunque sabemos que hay que corregir la trayectoria, no tenemos demasiada prisa en hacerlo, o sencillamente no sabemos cómo hacerlo.

Por lo pronto, y en base a la evidencia de que el futuro será ecológico o no será, cabe concluir que se necesita la creación de un nuevo humanismo que antes que nada sea adulto, y sepa y comprenda qué es el hombre y cuál es su relación con todos los demás seres vivos, y en general con el planeta. Por ejemplo, que sepa que si el hombre es un animal que respira, no es por inspiración divina sino gracias a un alga verde-azulada.

Que comprenda que el conocimiento de las múltiples dependencias y relaciones que mantiene con su entorno no lo hacen más poderoso, sino más frágil y por ello más sabio. Que asuma que es parte de un todo orgánico del que no se puede independizar y que debe conocer, respetar y preservar.

Somos un animal frágil y a la vez potente, capaz de cambiar el clima y padecer ese cambio.

Posdata: Planeta Tierra. 2017. Documental. https://www.youtube.com/watch?v=qnvGYjIWE1s&t=2411s

 

Añadir nuevo comentario