Lunes, 25 Septiembre, 2017 - 02:45
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Política plastilina

Lorenzo Sentenac

Así como nuestro dinero es hoy un objeto piroclástico que cuando te has querido dar cuenta ha entrado en erupción y se ha dado a la fuga, y no te queda otra que aporrear cacerolas (el aporreo de cacerolas es un síntoma ubicuo de la modernidad globalizada), nuestra política también es piroclástica, y la más avanzada incluso de plastilina volátil.

De la misma manera que nuestra economía ya sólo es financiera y va a la velocidad frenética de los trading (en su vacío virtual no hay contacto con la realidad y esto evita el rozamiento), nuestra política más post es también veloz y versátil, y se adapta dócilmente a los flujos y reflujos de los ciclos electorales.

"El fracaso del socialismo europeo no viene de antes de ayer; tiene un largo recorrido a sus espaldas y una lenta y trabajada gestación, inspirada en unos dirigentes muy poco acertados"

Muy en la ortodoxia de abandonar a las fuerzas del mercado (quizás un agujero negro) toda nuestra línea de sucesos caóticos e imprevisibles, las propuestas políticas se abandonan también a un festival piroclástico y pirotécnico de destrucción creativa. O eso dicen y así la llaman. Ser abducidos por ese horizonte de posverdad y poshistoria es lo más moderno que le puede ocurrir hoy a uno. Si no estás presto a la novedad superlativa –caiga quien caiga y caiga lo que caiga– eres un provinciano que no ha jugado nunca con la PlayStation.

Aparece un Napoleón con tijeras a las órdenes de Merkel (por cada reforma un tajo), y los ilusos afirman que vuelve la revolución francesa en versión manga. Demasiadas alforjas para tan poco viaje. Y demasiada involución para tan poca revolución.

Esto no impide, sin embargo, que nuestro presente se parezca cada vez más a un torbellino que nadie controla, y que nuestra economía y nuestra política recuerden en su inestabilidad a las tormentas precursoras de un cambio climático. El equilibrio ecológico se ha roto.

Y es que hoy, menos los privilegios y la injusticia, que crecen, todo lo demás se rompe o mengua. Sobre todo los derechos humanos. Destrucción creativa.

En un artículo reciente de El País se recrimina a los socialistas europeos (con el objetivo último y concreto de atacar a Pedro Sánchez y culparle –cómo no– de todos los males del PSOE) que se empeñen en seguir siendo socialistas y de izquierdas, una vez visto y comprobado que así no se ganan elecciones posmodernas. Y, en consecuencia, se les anima a que, dejando a un lado sus convicciones y otras antiguallas intelectualoides, persigan directamente el éxito electoral. Puro pragmatismo cuyo objeto último es estar y aparentar, no ser.

Se reprende también a Jeremy Corbyn por seguir siendo socialista (o socialdemócrata) y por mantenerse fiel a sus ideas, aun perdiendo elecciones (un mensaje para los militantes del PSOE), sin percatarse el autor de que por esa misma lógica se debería haber animado en su día a Hitler a seguir siendo nazi por haberlas ganado. Y quien dice Hitler dice Marine Le Pen.

Olvida el autor que en las últimas elecciones, un 70% de votantes, muchos de ellos socialistas (o socialdemócratas), no votaron a Rajoy. Olvida también que si hoy gobierna Rajoy es gracias a la gestora golpista del PSOE, y pasa por alto que la unión de Podemos y el PSOE pondría muy difícil la repetición de un gobierno corrupto de derechas en España. No menciona tampoco que con Susana Díaz esta unidad de la izquierda contra un gobierno corrupto del PP sería muy improbable.

En definitiva, el artículo en cuestión hace una apología, a mi juicio bastante irresponsable, de la virtud plástica y la indefinición cínica de la política-plastilina, cuyo mayor representante en nuestros días es Manuel Valls. El cual, por haber querido estar en todos los sitios, hoy está en tierra de nadie y rechazado por todos. No es lo mismo estar y aparentar que ser, y eso le ha pasado factura.

Que no se puede descartar la hipótesis de que el partido socialista francés se haya ido a pique (como otros tantos socialismos europeos) por la suma plasticidad y evidente cinismo con que en las últimas décadas le ha hecho el trabajo sucio a la derecha más radical y retrógrada.

El fracaso del socialismo europeo (y aquí incluyo el español) no viene de antes de ayer. Tiene un largo recorrido a sus espaldas y una lenta y trabajada gestación, inspirada en unos dirigentes muy poco acertados.

Obviamente, si el autor considera que ser socialista (o socialdemócrata) te invalida de aquí en adelante para obtener cualquier éxito electoral, es porque entiende que el actual “momento ideológico” es definitivo, en la línea del fin de la historia y del fin de las ideologías, salvo la suya. Es esta una concepción muy poco liberal y muy poco generosa –además de muy poco imaginativa– de los hechos humanos, que propende al pensamiento único y al pesimismo resignado.

Yo estoy asustado –tengo que confesarlo– porque el otro día al mirarme en el espejo me vi una protuberancia en el hipocampo derecho, donde suele enredarse la memoria de izquierdas, que tenía toda la pinta de un brote de ideología, es decir, de un conjunto de ideas trabadas entre si por alguna razón oculta, de las que algunas veces soy consciente y otras no, pero a las que la memoria y la experiencia vivida (incluyo aquí las lecturas útiles y lo que otros me han enseñado con su ejemplo) les ha dado un cierto sentido y coherencia, incluso –por qué no decirlo– un aura de honestidad y también de eficacia. ¿Hay algo más eficaz que ser honesto?

Dicho esto salvaguardando un saludable relativismo y una escéptica distancia sobre lo que signifique para cada cual honestidad y lo que signifique para cada cual eficacia. Por ejemplo, para mí es honesto y eficaz (debo estar ideologizado) no apoyar un gobierno corrupto del PP, que además pasa la factura de la crisis a sus víctimas.

Y ojo, que una cosa es ser independiente (cosa loable), o saber adaptarse a la realidad intentando mejorarla (nunca resignarse), y otra muy distinta es ser un trepa sin principios ni ideas que dirijan la acción. Tanta ha sido la plasticidad de Valls, que tras ser instrumento de hierro de la política neoliberal más extrema, ahora en las últimas elecciones ha traicionado a su propio candidato socialista. Si es que no lo ha vendido por treinta denarios. ¿A qué circunstancia reciente en el socialismo español nos recuerda esto?

En cualquier caso, tengo que hacérmelo mirar (digo, la protuberancia) en vista de que hoy los higienistas más expertos desaconsejan cualquier resto de grasa y sobre todo cualquier resto de ideología. Que las ideas son tan malas para los cerebros postmodernos como el colesterol para las arterias antiguas. Tomemos ejemplo de Manuel Valls, o de Luis Bárcenas, que no tienen ninguna. Idea.

En resumen y como síntesis: a Dios gracias aún hay descarriados que frente a la monoidea triunfante, frente al pensamiento único que todos los mercados predican (incluido el de esclavos), piensan que no es tanta perversión tener ideología, y mucho menos si esa ideología se basa en ideas. Peores cosas hemos visto en los últimos años.

 

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