Lunes, 25 Septiembre, 2017 - 02:46
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De corrupciones y endogamias

Lorenzo Sentenac

Al parecer, las fuerzas de orden público exageran, la justicia que hace su trabajo y no el del delincuente exagera, las cifras exageran, y los números no cantan, sino que están histéricos. La corrupción en España –opinan algunos– no es para tanto, y quien se indigna ante su magnitud es porque no tiene otra cosa mejor que hacer que meterse donde no le llaman y ocuparse de asuntos que ni le van ni le vienen.

Doctores tiene la santa madre Iglesia es el principio teocrático que siempre ha dirigido y acotado nuestra vida critica, y nuestra eterna crisis de libertad de pensamiento. ¡Cualquiera se indigna con lo mal visto que está últimamente! En tiempos de Franco estaba incluso prohibido.

"El extremo centro que rige nuestra vida política tiene mucho que ver con este mundo de apariencias y represiones donde se esconde un sello radical que, desatado, arrasa sobre todo con lo poco que les queda a los que menos tienen"

¡Cuánto más diligente y sabio es aquel que ante la corrupción reinante (y nunca mejor dicho) mira para otro lado y calla! Es sorprendente el paralelismo que existe entre los hallazgos de la psicología freudiana y los hallazgos de la UCO. Y entre los vicios del sistema y las virtudes de la hipocresía.

El extremo centro que rige nuestra vida política tiene mucho que ver con este mundo de apariencias y represiones donde, tras la virtud y la "centralidad" cacareada, se esconde un sello radical que, desatado, arrasa con todo y arrambla con lo propio y lo ajeno, pero sobre todo con aquello poco que les queda a los que menos tienen.

Y es curioso y llamativo también el paralelismo que existe entre la vida y la política, y entre los hallazgos de los biólogos y los hallazgos de los politólogos. O quizás no sea tan sorprendente si nos atenemos al hecho de que la buena política es una parte más de la vida corriente, y los buenos políticos son como usted y como yo, con los mismos derechos y las mismas obligaciones civiles que el resto, sin especiales privilegios que los segreguen de la comunidad cuyos intereses representan y defienden. O así debería ser.

Y para ser como debería ser, tendría que empezar por no haber aforados, que en nuestro país son plaga que cría el terreno, abonado con estiércol de primera. Sorprende que hoy, en pleno trance de las elecciones primarias socialistas, tantos aboguen por un retorno a un pasado que nos ha traído a este presente –con tan poco futuro– de corrupción omnipresente y ubicua, tóxica y paralizante.

Proliferan las consignas contra las elecciones primarias, y aumenta la presión mediática contra la democracia interna, como si la democracia pudiera ser externa a sus sujetos protagonistas, o venir del espacio exterior en un platillo volante.

Dentro de Europa (y casi diría dentro de Occidente), esta campaña feroz y esta animadversión militante contra la democracia interna, guiada por una especie de impulso contrarreformista, se está dando sobre todo o casi exclusivamente en España, donde nuestra relación con la democracia siempre fue problemática, y donde los tímidos y breves intentos por conquistarla siempre fueron abortados por la fuerza de las armas, en defensa de la tradición sacrosanta.

Lo más moderno y demócrata que llegamos a explorar al hilo del devenir de la historia fue el despotismo ilustrado (nuestro sueño de la razón siempre produce monstruos), hasta arribar con enormes esfuerzos y dificultades al sueño desmochado de la república.

Los que hoy claman, andanada va y andanada viene, contra el protagonismo de los militantes de base, contra la eficacia y la oportunidad de las elecciones primarias, y en definitiva contra la democracia interna, base y pilar de toda auténtica democracia, tal y como se entiende hoy en el Occidente laico, están en esa línea de pensamiento pro-despotismo (ilustrado o corrupto ya es otro tema) y pro-élite. Aunque luego esa élite, cuando se la sorprende en su espontaneidad natural y en su salsa, resulta ser en muchos casos simples chorizos que se manejan con soltura en un lenguaje francamente barriobajero.

Estos que hoy lanzan anatemas contra la democracia interna, quizás inspirados por el peor Platón y el peor liberalismo (Platón, aunque ilustrado, era muy poco liberal), parecen los mismos animadores ideológicos que hoy reclaman externalizarlo todo. ¿Por qué no también la democracia? "Externalizar" la democracia (arrebatársela a los ciudadanos) para internar y acaparar el poder en un coto cerrado y a salvo de testigos.

No olvidemos nunca, sobre todo hoy en que las modas que impone el mercado nos ofuscan la mente, que hay liberalismos muy poco liberales, y que a la Escuela de Chicago nunca le importó demasiado colaborar con Pinochet y sus matanzas. El momento cumbre de ese liberalismo fue cuando Margaret Thatcher tomó el té con Pinochet sin que le temblara la mano ni la permanente. Casi igual que con los sindicatos.

La vida nos sirve de modelo para este debate, el cual cabe abordarlo tanto por deducción razonable como por inducción empírica, es decir, tanto por el encadenamiento lógico de los conceptos como a partir de los mismos hechos que padecemos y palpamos.

Sabemos por la biología que todo espacio mal ventilado tiende a la corrupción, y sabemos también que aquellas poblaciones cerradas sobre sí mismas, sin flujos ni intercambios genéticos con el exterior, degeneran en su endogamia y corren veloces hacia su propio fin, generando en el ínterin algún que otro monstruo. Algo parecido ocurre con el poder y la política.

El hecho fundamental que caracteriza nuestro presente económico y político es la corrupción, y el hecho fundamental que caracteriza nuestro pasado inmediato –más o menos constitucional– es la partidocracia, que es el régimen pseudodemocrático en que los intereses de los partidos, y más selectivamente, los intereses de sus cuadros y aparatos (tantas veces vendidos al poder del dinero), prevalecen sobre los intereses de los ciudadanos y del país en su conjunto.

No es difícil inferir que a aquello primero (la corrupción) hemos llegado a partir de esto último (la endogamia), y que defender la endogamia como medio es defender la corrupción como producto. Son los cuadros y los aparatos frente a los militantes y los ciudadanos; es la partidocracia frente a la democracia; es la sociedad cerrada frente a la sociedad abierta; es el cuadrado estéril frente a la curva dinámica.

La partidocracia no se lleva bien con la democracia interna ni con el protagonismo de los militantes. Se lleva muy bien, sin embargo, con la corrupción, y también con el despotismo. Ilustrado o corrupto, ya es otro tema.

 

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