Lunes, 25 Septiembre, 2017 - 02:45
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Catas

Lorenzo Sentenac

Las catas en un melón, por poner el ejemplo de una fruta popular, nos informan del estado del melón: si está verde o está maduro. Es este un ejercicio de extrapolación desde la parte al conjunto que goza de cierto rigor predictivo, y que demuestra que somos animales inteligentes.

En cuanto al caso Lezo (por mencionar el penúltimo caso popular), la cata viene a coincidir con otras muchas catas más (Gürtel, Púnica, etc.), en una secuencia a la que no se le ve el fin (quizás porque no tiene uno solo), y que al sumarse elevan el rigor predictivo a grado de certidumbre, de manera que podemos decir que este melón lo tenemos calado.

“Las frases grabadas a Ignacio González destapan una red difusa que parasita no pocas instituciones del Estado y de la sociedad”

Este acúmulo de casos e idénticas catas nos informa que el contenido del melón del PP, o de parte importante de nuestra política, o de parte considerable de nuestra economía y de nuestra política económica, sin excluir sectores aún no definidos –en cuanto a su alcance y extensión– de la justicia y otros órganos fundamentales del Estado, está podrido, para decirlo de una vez y sin circunloquios.

Las frases grabadas a Ignacio González son catas en el discurso podrido del PP, o del sistema, o del statu quo. Y es que efectivamente son de tal naturaleza, y mantienen tal coherencia y ligazón, que lo que revelan y desnudan no es una madeja sino una trama. No se trata de un ovillo del que por desenvolvimiento podamos obtener un solo extremo o un único cabo, sino que lo que se descubre en esa cata, o en esas catas, es una red difusa y ampliamente entretejida que ramificándose parasita no pocas instituciones del Estado y de la sociedad. Y ese tipo de ramificaciones o metástasis de un tejido que al final resulta tóxico y letal para el Estado y la democracia, viene a coincidir con el concepto que normalmente se tiene de mafia, una especie de moho que suele escoger para medrar, en régimen parásito, organismos débiles o debilitados.

Palabras gruesas, dirán algunos. Pero es que hay algunos a quienes les molesta el hecho de que el diagnóstico realizado previamente haya resultado ser tan certero; que las palabras utilizadas en ese diagnóstico fueran tan exactas, aunque se tildaran de indecorosas; y están lógicamente preocupados, pero no por lo que conlleva el diagnóstico de una patología grave para la sociedad y el Estado (que sospecho muchos ya conocían), sino porque plantea el problema de cómo justificar el prolongado silencio previo, la dilatada conformidad con tal estado de cosas, la nula iniciativa para cambiarlo, puesto todo ello ahora en evidencia por unos recién llegados.

Incluso con un ejercicio severísimo y responsable del decoro, las palabras gruesas pero exactas se imponen si queremos hacer justicia a los hechos y al idioma, y sobre todo, no pecar de hipócritas.

Son muchas las frases que estos días hemos conocido de los diálogos que Ignacio González mantenía con distintos interlocutores como si tal cosa, con expresiones que denotan claramente que sus protagonistas han pasado por la universidad, y han hecho un master en decoro y urbanidad. Casi todas ellas podrían figurar en la película El Padrino de Coppola (de la que estos días se celebra el aniversario), o ser escuchadas en los bajos fondos de cualquier tugurio lúgubre.

Pero quiero centrarme en un ramillete de perlas que la periodista Berna González Harbour (El País, 1 de mayo de 2017) ha recogido para nosotros en ese estercolero, todo un ecosistema abonado a mayor gloria del delito:

Tenemos el Gobierno, el Ministerio de Justicia y un juez que está provisional. Tú lo asciendes y a ver, venga usted pa acá…” (Conversación con el exministro Zaplana).

Yo ya les he dicho: Mira yo ya estoy hasta los cojones, o sea, decidme, ¿aquí qué queda, pegarle dos tiros a la juez? ¿Qué alternativas tengo?” (Con Enrique Cerezo).

Yo no me corto en decirle a Rafa: Oye Rafa. El aparato del Estado y los medios de comunicación van aparte, o los tienes controlados o estás muerto” (también con Zaplana y en aparente alusión al ministro de Justicia, Rafael Catalá).

Varias preguntas se imponen. La primera: ¿hasta dónde llega el alcance de la red y de la trama? ¿Hasta el fiscal anticorrupción? ¿Hasta el ministro de Justicia? ¿Hasta el presidente de Gobierno?

Y otra: ¿Qué tipo de procesos selectivos se siguen, o como hemos de valorar su representatividad directa o indirecta, para que esta clase de gente alcance las más altas responsabilidades políticas en el PP, pero no sólo en el PP?

Esto es lo que hay. O acabamos con ello, o ello acaba con nosotros y nuestra democracia. No es sólo que por este medio no jugarán limpio en la confrontación electoral, es que además al engordar artificialmente el precio de los contratos que pagamos todos, el dinero que tendría que haber servido para la educación, para la sanidad, para la investigación, para evitar o paliar el hambre infantil, para combatir el paro, se lo llevaban crudo, y a manos llenas… en sacos, en bolsas…

En silencio y buena armonía. Si en aplicación de la ley, si en virtud de la fuerza del Estado de derecho, no somos capaces de librarnos de esta lacra, nuestra democracia no será una realidad creíble, sino la cáscara de una mentira.

 

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