Domingo, 22 Octubre, 2017 - 23:11
ir a la portada de ELPajarito.es

Del cabreo político a la paz campestre

Lorenzo Sentenac

¿Se han sentido ustedes alguna vez como cabalgando en la cresta de un efecto en forma de ola, cuyo encrespamiento es el resultado final de una serie interminable de olas y causas precedentes, cuya lógica y coherencia es irrebatible y nadie pone en duda, pero que en el fondo ni explica nuestro ser ni nos hace más felices?

Pues este tipo de dudas y de preguntas abismales son las que pueden asaltar un día cualquiera a un urbanita, medio ciudadano medio salvaje, indignado y confuso, ante la grata sorpresa de un anticipo, aunque breve, de la primavera.

Los músculos se relajan, la respiración se expande y se serena, la mente se olvida, y por un momento uno cree palpar el auténtico sentido del mundo, el oculto privilegio de estar vivo, la escondida senda de los sabios.

¡Oh cristalina fuente!, la música callada, la soledad sonora, la noche sosegada, de tu suave murmullo brota.

Es en estos momentos de revelación, cuando el planeta se presenta ante nosotros sin intermediarios ni artificio alguno, directamente y sin aparatos, rota la mampara que nos aísla de él, y a través de un lenguaje simple y primitivo de sensaciones y percepciones, de luz, temperatura, sonidos y silencios, de aromas y brisas, nos aleja de aquel espacio estrecho y cerrado de los tristes y consabidos asuntos humanos.

Y nos acordamos de aquel santo varón, Epicuro, que inspiró a Horacio y a Fray Luis, y que recomendó: "vive oculto", como diciendo vive tranquilo, advirtiendo así de las muchas locuras que esconde la sociedad humana. Esa humanidad extraviada que huye de la sencillez y de su auténtica fuente: la Naturaleza. Hoy, no solo no escucha su voz, sino que la está destruyendo, que es lo mismo que decir que la está destruyendo destruyéndose.

Y pienso en Fray Luis, que quiso atender a ese consejo sabio, y en su retiro salmantino de La Flecha, roto casi el navío, huyó de ese mar tempestuoso para disfrutar de un pan, aunque humilde, sabroso, y de un huerto, de su propia mano plantado en la ladera de un monte, que con la primavera se cubría de flores.

Basta respirar al aire libre, basta seguir un camino solitario, basta escuchar el silencio alto y rico de los montes y las cumbres, para encontrar, aunque sea brevemente, la explicación de todo. Pero esa felicidad no se explica.

Beatus ille... Dichoso aquel…

 

Añadir nuevo comentario