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Los veraneos

José Luis Cano Clares

En cuanto salimos del valle verde y húmedo sabemos sobre la tierra sedienta. La Huerta supone un remanso de vegetación dentro de esta región de tierras áridas, montes pelados e incluso zonas desérticas que, como por milagro, se transforma por el agua en vegas fértiles siguiendo el curso del río, como si de una serie de oasis se tratara. El paisaje conforme nos alejamos del valle se observa cubierto de una especie de neblina que lo envuelve, una calima que lo cubre en estos días de verano. El verde se difumina y su aridez y sus colores se distinguen, desde los ocres en las tierras cultivables a los claros o parduzcos de las gredas irredentas de tonos distintos, abrasadas por los soles perpetuos de esta región yerma y aterradora.

“Es una forma de huir del calor insufrible de la ciudad, convertida en horno en el centro de un valle en el que se concentran calores directos y radiaciones de los montes, más la humedad perenne que contribuye a aumentar la sensación térmica”

Tierras en las que se ven resecos el matorral, unos pocos olivos y en los fondos de los ramblizos alguna higuera, más las características piteras y alzabayas que despuntan en los campos sedientos o agarran en cualquier lugar. Estas tierras están hechas de esas arcillas pegajosas que forman los tormos que deshacían los campesinos una y mil veces con el arado romano tirado por la mula en ese campo del que salieron un día camino de ese poblado costero donde pasarán los veranos, temporadas largas que van de finales de junio a primeros de septiembre. Además de playas de arena, existen otras de cantos rodados o guijarros, calas recoletas de arena oscura y de difícil acceso e islotes cercanos a la costa.

El veraneo es desde siempre una forma de huir del calor insufrible de la ciudad, convertida en este tiempo en horno, en el centro de un valle limitado por las serranías del sur y los cabezos desnudos del norte, en el que se concentran calores directos y radiaciones de los montes, a lo que hay que añadir la humedad perenne que contribuye a aumentar la sensación térmica. Queda abierto el estrecho valle hacia el mar, de donde viene a veces la brisa de levante que refresca y hace apacible o por lo menos tolerable la estancia en la ciudad. Veranear no es necesariamente un lujo, aunque para muchos lo suponga; pocas familias se lo podían permitir por temporadas. Las casas se alquilan o se comparten; las que son de la familia o de amigos se ocupan en estas fechas, que comienzan por San Pedro, día en que dan punto los colegios, hasta la Feria, para la madre y los hijos, ya que los padres se suelen quedar con sus trabajos y acuden los sábados en el coche de línea o con algún amigo de los que han conseguido tener un automóvil.

Casas propias tienen pocas personas, los veraneantes de siempre o gente oriunda de aquí, o bien en la falda del monte cercano a la ciudad, lugar tradicional de veraneo de las gentes de posición, o en alguna de las poblaciones costeras no muy grandes por entonces pero que son muchas. Casas de planta baja, con las comodidades justas. En algunas poblaciones marineras, las gentes alquilan durante estos meses sus propias casas, desplazándose a la parte alta del pueblo o alojándose con los parientes. A las malas, para los que no pueden ir de temporada, están los domingos o fiestas como las de las vírgenes del verano, que dan pie a estar algunos días a la orilla del mar; o celebrar quienes pueden el novenario en alguno de los balnearios. Siempre hay algún pariente dispuesto a poner colchones por el suelo por esos días, a echar unas patatas más a la olla o a aumentar la ensaladilla y a que los chiquillos disfruten de los baños. Cuando no, a pasar el día en la playa con mesitas y merienda.

El verano fuerte va de virgen a virgen, del Carmen a la Asunción pasando por Santiago, lo que en Italia se llama el Ferragosto. Pasada la última, el verano decae, los días se acortan y las temperaturas bajan algo. A veces, por San Roque, santo patrón de muchas poblaciones, se produce algún chubasco y el mar va cambiando de color: comienza, como todo lo que nos rodea, a ir vistiéndose de otoño, preludiándolo con luces y tonos distintos de los de esa quincena anterior.

A lo largo de esa infancia y juventud, los veranos han transcurrido entre la tierra árida del interior, el secano pobre de un mundo ya perdido, con horarios y rutinas regidas por el sol en una casa modesta de adobe cuyos muros aún se adivinan en pie desde la carretera que va a la playa, y este poblado marinero al que por entonces acudía poca gente, donde los veraneantes, que venían a ser los mismos cada temporada, se confunden con los vecinos de todo el año, que tampoco son muchos.

(De El sueño y otros relatos)