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Cuelgamuros y el viejo café

José Luis Cano Clares

Al penetrar en este café, es inevitable recrear el aspecto de aquel original, situado en la misma calle: un salón amplio de ambiente espeso, con cristaleras a la calle y asientos tapizados de cuero a lo largo de la pared. Allí asistí un día a una conversación entre personas mayores: mi tío Paco se encuentra allí con don José, al que acompaña otra persona, un forastero que pasa unos días en la ciudad. Discurren los años sesenta, y en la conversación sale una de las cuestiones que las personas como ellos se plantean por entonces: lo que pasará el día que se muera el dictador. El recién llegado se irrita y exclama: ¡Y si no se muere! Era una manera como cualquier otra de afrontar el asunto. La conversación sobre ese tema era habitual ya por entonces. Tras largos años de franquismo, la sociedad se preocupa por la salida que tendrá este sistema, ligado a una persona que habrá de tener un final. No tendría por qué desatar respuestas airadas, pero hay mucha gente que prefiere no pensar en esta posibilidad, que las cosas algún día deberán de cambiar.

“Esa España se propuso que fuera exactamente eso, cuartel y templo a la vez de forma oficial, y en la práctica cementerio o escondite para todo aquel que no comulgara con ese estado de cosas”

De los años aquellos es mejor no decir nada, puesto que cada uno de nosotros tenemos algo que lamentar, todos sabemos de alguna cosa de lo que no conviene hablar, porque puede resultar inconveniente para nuestros contertulios. Nos acomodamos a seguir esta regla de oro que niega lo que no es conveniente y acepta de puertas afuera que las cosas que sucedieron son exactamente como nos las cuentan, como pretenden que las creamos de acuerdo a esos relatos estereotipados y maniqueístas, en los que los buenos son unos y los malos los demás, dentro de unos esquemas en los que no caben la duda o la crítica, la comprensión de los hechos o de las actitudes que se salen de lo que es oficial, ni las posiciones intermedias; no caben equidistancias ni discusión. El mundo, su Historia se ha reinventado y las cosas son como se dice que son. Hay que limitarse a conocer lo que es conveniente.

Esto es muy necesario por desgracia también ahora: saber en cada situación qué es lo que más le conviene hacer o decir a uno para pasar desapercibido, para que no se molesten esos o estos prepotentes de ahora y la tomen contigo. No conviene dudar en público o poner en duda las supuestas verdades como puños con las que nos hacen comulgar a diario. No, que luego la gente se puede irritar como aquel señor que esperaba que Franco no se muriese nunca. La verdad es que, entre tantas canciones religiosas e himnos como nos enseñaban en el colegio, tenemos un repertorio importante de referentes nacionalcatólicos, de uso tan común que a veces se confundía uno y no sabías si estamos implorando a Dios o al caudillo, o si en misa o en un cuartel. Y es que esa España se propuso que fuera exactamente eso, cuartel y templo a la vez de forma oficial, y en la práctica cementerio o escondite para todo aquel que no comulgara con ese estado de cosas.

“La exhumación volverá a dejar las cosas como estaban hace 47 años: templo y cementerio, para muchos incomprensible dentro de un concepto de reconciliación forzosa, de enterramientos no deseados, pero muy necesaria en todo tiempo”

Como era inevitable sucedió que al morir hubo que acomodar sus restos en un lugar, que según sus hagiógrafos fue concebido como un monumento que conmemorara la victoria homenajeando a los caídos, a los de su bando se entiende. A lo que más adelante, bajo la idea de “reconciliación”, se añadieron los restos de sus oponentes, Cuelgamuros para unos y Basílica del Valle de los Caídos para otros. Es al final un templo católico, coronado por una inmensa cruz, que regresa a la tradición de cementerio que tuvieron las iglesias en nuestro país, hasta que Napoleón, por razones de higiene, rompió esa macabra costumbre. Mezcla de templo y catacumba, panteón de víctimas desgraciadas que se alojan a la fuerza, más de treinta y tres mil en sus columbarios, listos para encontrarse con sus oponentes el día del fin del mundo, en un escenario inesperado. El nuevo inquilino inesperado da al templo un sello que definitivamente lo vincula y consagra a esa victoria o cruzada, a esa idea inicial, estableciendo de manera inapropiada una jerarquía de restos a perpetuidad, que niega que la muerte nos iguale.

Si es cierto que Franco no dispuso este enterramiento, su exhumación —aprobada en las Cortes tampoco debería ser instrumentalizada para la propaganda del régimen actual— volverá a dejar las cosas como estaban hace 47 años: templo y cementerio, para muchos incomprensible dentro de un concepto de reconciliación forzosa, de enterramientos no deseados, pero muy necesaria en todo tiempo, a los que creo no cabe añadir otro simbolismo. Monumento del pasado, al que no creo que quepa añadir o cambiar otra cosa. Descansen pues, en paz, los sepultados.

 

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