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Tiempo preelectoral

José Luis Cano Clares

Sobre el cambio político, y en particular respecto del gobierno salido de la moción que abre una nueva etapa, se comenta, se dice y se dirán muchas cosas fruto del ingenio de unos u otros, desde gobierno “pasarela”, “cuatro estaciones”, “sálvame de luxe” o, la que encuentro más atinada, lo que Enric Juliana encuadra dentro del concepto de “gobierno bonito”. Al éxito por la apariencia en un mundo dominado por lo audiovisual —un acierto en este sentido—, se añade que combina diversos productos, algunos de relumbrón, que busca de entrada en lo efectista, en los gestos, seducir e incluso fascinar en algún caso a los electores que hasta la fecha le han venido dando la espalda a los dos partidos venidos a menos. Nuevo gobierno sólido y atractivo frente al viejo y rancio instalado ya en el pasado, víctima de sí mismo, de la inacción ante las evidencias que en forma de sentencias o escándalos concurren en cascada en los últimos tiempos. Cambio que presume además una oportunidad para todos nosotros en cuanto que permite vislumbrar otras formas de hacer política, distintas de la crispación habitual y los viejos tics autoritarios a los que nos habíamos acostumbrado y que veíamos como inevitables. Aire nuevo para un tiempo nuevo que, por breve que pueda ser, no debe dejar de resultar esperanzador e ilusionante para muchas gentes.

“Si los cuatro años que se prevén para una legislatura se consideran siempre insuficientes para desarrollar un programa, menos puede realizarse en un periodo indeterminado que ya ha empezado a correr y que pasará volando”

La moción puede verse en este caso como la salida natural a una crisis larvada —unida a otra crisis territorial que se añade a la política— y como oportunidad para los que vienen a ocupar el ejecutivo, entre una coincidencia de apoyos con la que tampoco se contaba. Una mayoría circunstancial para una situación excepcional, con un denominador tan común como irrepetible: acabar con el gobierno de Rajoy. Y que lleva como contrapartida consagrar una situación de mayor debilidad y dependencia del gobierno central, que refuerza el papel de las minorías que la apoyaron, de su capacidad de influencia y de imponer sus postulados o aspiraciones. Dentro, además, de un escenario aún por recomponer, con los poderes públicos fragmentados, y que exige una difícil cohabitación. Algo de lo que nadie arrendaría la ganancia, según expresó el portavoz vasco, advertencia que pronunció mientras hacía valer sus pocos pero decisivos votos. Aviso para navegantes que no pasó desapercibido, como el “alto precio” a pagar según expresaron los nacionalistas catalanes, ambos con proyectos territoriales propios.

Y esto aprovechando el compás de espera del partido derrotado, en estado de shock, pero que conserva su implantación territorial, estructuras, mayorías y números que cantan, entretanto se organizan nuevas formas de hacer oposición frente a este gobierno apremiado por los hechos, más cerca de la convocatoria electoral prometida cada día que pase, que pondrá sobre la mesa la respuesta del conjunto de la sociedad a ambas crisis abiertas, y las preferencias de los españoles en su conjunto. Una elección no necesariamente inmediata, pero sin género de duda mucho más representativa que la que personifica este gobierno marcado por la interinidad. Si los cuatro años que se prevén para una legislatura se consideran siempre insuficientes para desarrollar un programa, menos puede realizarse en un periodo indeterminado que ya ha empezado a correr, tal vez meses, y que pasará volando.

No, no habrá apocalipsis, aunque su legitimidad no oculta los riesgos: la evidente falta de operatividad dentro de un sistema parlamentario habituado al gobierno de la mayoría, sea absoluta o suficiente, que permite responder de modo ágil a la hora de tomar y aplicar decisiones. Fruto de una mayoría de circunstancias confían, según explican, en hacer del diálogo —lo que resulta una obviedad— un sistema de gobernar, para lo que será necesario algo más que retórica y gestos empáticos, lejos de esa vocación de improvisar detrás de las circunstancias. Diálogo que reclaman ladinamente como parte de su estrategia quienes, sabiéndose en situación de inferioridad, se enfrentan al Estado. El diálogo, también bonito, es deseable que vaya más allá de la generalidad eufemística, y es necesario en todos los órdenes de la vida; pero, siento decirlo, difícil de encajar en el contexto actual por la diversidad de posiciones y talantes manifestados por todos los agentes, que representan intereses y aspiraciones tan legítimas y dispares como irreconciliables en muchos aspectos.

Preelctorales en todo caso los próximos tiempos. Tiempo de promesas, gresca verbal y propaganda mediática. De buenas palabras, que se nos han de antojar breves, con el cronómetro corriendo como catalizador y juez implacable, en un escenario incierto prometido de elecciones que, quiérase o no, ya ha comenzado a remover estrategias, y en el que cada uno de los agentes buscará antes que nada su propio éxito; un tiempo en el que los objetivos comunes, por simple lógica, se sustraen a lo inmediato. De cábalas y estrategias sobrepuestas a la acción diaria de gobierno. Cambio necesario al fin y al cabo, que nada hay por qué temer.

 

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