ir a la portada de ELPajarito.es

Este verano

José Luis Cano Clares

Este en el que estamos es, como últimamente todos los veranos, muy caluroso, podría decirse que extremado, aunque eso lo venimos comentando todos los años, sobre todo por el día, cuando el sol está en lo alto y aprieta con fuerza su radiación. Cada año da la impresión de que las temperaturas son algo más elevadas que el anterior o así nos lo parece. Nos vamos desertificando según dicen, de modo que el calor del día pasa a ser fresco en la noche. Al atardecer, en un momento dado, coincidiendo con el instante en el que el sol se esconde detrás del montículo por Poniente, una ligera brisa se arremolina sobre la pradera y entra por las ventanas que permanecían cerradas durante la canícula. Así casi todos los días. Las chicharras terminan de dar su último canto del día, mientras se va tornando oscura la tarde, agonizante desde hace un rato, hasta volverse noche.

Comienza desde ese instante a lucir la luna. Asoma distinguiéndose en un cielo todavía azulado, se asoma junto con los luceros, las primeras luces de la noche, que se distinguen en el cielo allá a lo alto. Se dejarán ver primero Venus y Marte, junto con las constelaciones, que se pueden contemplar cuando el cielo está despejado y las luces del alumbrado remiten. Antes se veían más nítidas, se distinguían contra la oscuridad cuando no estaban las farolas de esa zona nueva, que estaba virgen: la falda de un cabezo cercano, en la que abundaba el matorral, algunos pinos aislados y un grupo de higueras dentro de la rambla que arranca desde la cumbre, alimentadas por la poca humedad de su lecho. Un territorio que ahora luce nuevas luminarias altas y abundantes que alumbran en este caso prácticamente la nada: calles muertas de viviendas vacías. Cosas de las normativas o del sentido de la abundancia que lleva a consumir porque sí. Según la hora y cuando el cielo está límpido, se pueden ver Casiopea, el Carro y las Osas con la estrella polar hacia el norte y la constelación del Caballo al sur. Y Algol, esa estrella misteriosa, la estrella del diablo, que es en realidad dos, una roja y otra azul, que parpadea junto a la W de Casiopea. Y en noches claras las Cariátides además de la Vía Láctea. Se ven pálidas por causa de esa luz despilfarrada.

Las luces que trajo el sol se han venido apagando, abriendo un paréntesis entre el brillo y las sombras, natural y cotidiano. La palmera descansa; las hiedras que crepitaban con la luminosidad verdadera palidecen ahora bajo la luz mortecina de las farolas. Y todo lo que es vegetal pierde sus colores del día confundiéndose con la oscuridad. Como los días desde San Juan son largos, esta sensación dura hasta tarde, de manera que el tiempo invita a refugiarse dentro de la casa, que se procura mantener más fresca, con las ventanas cerradas. Sobre todo a la hora de la siesta, en la que unos dormitan en el salón, la pieza más fresca, mientras que de fuera llega el canto constante de las cigarras, los únicos seres vivos que a esa hora manifiestan alguna actividad. Todo aparentemente está adormecido a la hora del reposo. Las gentes y los animales, los perros buscan la sombra fresca y las aves callan.

En los casones antiguos que aún quedan por la ciudad, de muros recios, además de mantener cerradas las ventanas y balcones desde que se disipó el frescor de las primeras horas de la mañana, se entornaban los postigos o contraventanas de madera de sección recia procurando para la estancia un ambiente umbrío a esas horas de calor, que pasaban sus moradores en esa pieza que se ilumina por una ventana que da al patio interior, del que llega una luz tamizada. Pasaban las gentes la siesta recostadas en las mecedoras de lona, que no podían faltar en cada casa. Un mueble sencillo pero enormemente práctico, que se echa en falta en estos momentos, asiento y balancín con un esqueleto de madera y lona sujeta a los largueros con chinchetas, llenando estas horas muertas en las que circular por las calles apenas transitadas buscando la sombra supone una desagradable experiencia, que sólo se lleva a cabo en casos de sucesos o acontecimientos que lo requieran. El calor echa a los caminantes, y en las tiendas o los talleres de los artesanos se espera también a ritmo lento que pasen esas horas de calor en las que poco más se puede hacer.

(De El sueño y otros relatos)

 

Añadir nuevo comentario