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La casita

José Luis Cano Clares
María Casanova y Alfredo Landa en un fotograma de 'Las verdes praderas', de J.L. Garci (1979).

Los Rebolledo, protagonistas de Las Verdes Praderas, una película de José Luis Garci de 1979, terminan por quemar esa vivienda de sus sueños, un chale en la sierra. El film supuso por aquel entonces una crítica feroz a la clase media aburguesada de la época. El matrimonio Rebolledo, José y Conchi, representan en esta comedia el ideal de la familia que progresa. Pueden permitirse algunos caprichos y han adquirido un chalet en la Sierra de Guadarrama, una segunda vivienda para los fines de semana con familia o amigos, haciendo deporte y barbacoas. La película, con moralina incluida, trae una historia desenvuelta entre la comedia y el drama, cuando José finalmente incendia la vivienda y con ella esos sueños que creyó tener y que no son los suyos. Por ello, en ese instante se pone de manifiesto una renuncia litúrgica a ciertas formas de vida inducidas, en las que ni se cree ni se desean. La pareja sólo hallará en su círculo particular y limitado el aliento preciso para seguir adelante. Una moralina que enlaza con aquella afirmación de Miguel Espinosa sobre la gente que firmaba letras de cambio, a la que atribuye la ausencia de temor de Dios. Gente que, animada por su entorno social, piensa que podrá vivir con esas hipotecas de forma permanente. Algo que por otra parte es hoy en día bastante común, y sin lo cual el sistema económico no podrá funcionar de la manera en que está organizado. Creo que, por el contrario, confían en los dioses.

"La polémica del chalé de Galapagar no se entiende sino por la singularidad de sus compradores; no por su precio elevado o por las servidumbres que lleva consigo, además del aislamiento al que se llega respecto de los amigos, a los que se dejará de frecuentar"

José, un ejecutivo de origen humilde, ha alcanzado el éxito dentro de la empresa para la que trabaja, gracias a su talento; es el paradigma del hombre que se ha hecho a sí mismo y ha convertido en realidad sus sueños de niño: una familia, un chalet en la sierra, un coche… Unas aspiraciones comunes a esa generación que, durante la transición, ve superadas su situación personal y sus posibilidades, mejorando su estatus con la adquisición del utilitario o la casita en la sierra que eran un imposible para sus padres y para ellos mismos antes de conocer esa bonanza que les va a permitir escalar socialmente. Pero el desenlace llega un fin de semana en el que José esperaba disfrutar de su chalet, y que se convierte en una sucesión de problemas que no lo dejan descansar ni un momento. Su supuesta felicidad esconde una profunda frustración por el estilo de vida escogido. José no termina de encontrar su lugar en ese escenario de comodidad y aburguesamiento y decide romper con ello. Una historia de desclasamiento que se analizó en el diario El País como un proceso que culmina cuando el protagonista acierta a comprender la trampa que su propia vida le ha preparado en torno; esa vida, su vuelta atrás, su camino hacia el reino perdido de la infancia, se halla cortado por una barrera de intereses, de una nueva generación de consumo, cargos, prejuicios y actitudes, una forma de vivir burda y vacía que nunca pidió, que le fue impuesta de igual modo que el clan de amigos o la familia lejana y enemiga.

La casita de la sierra, como la de la playa en otros lugares, no representa en la actualidad otra cosa que una opción electiva, una alternativa a la vivienda en la ciudad, que en aquellos años se observa como una huida de la vida netamente urbana, de esa ciudad a la que se continúa ligado, y actualmente como una opción abierta como sistema de vida. No es nada extraño o exótico para los muchos Rebolledos que ven las cosas de forma diferente a la de aquella pareja del film, que se vio atrapada en lo que para ellos el sueño se transformó en pesadilla. Una opción engañosa en cuanto a las ventajas de esa vida al aire libre, la independencia de la parcela vallada. La vivienda propia lleva consigo unos costos que quizás no se valoraron en su momento, por contra superiores a los que tiene un apartamento en la ciudad, desplazamientos obligados y una forma de vida que en la mayor parte de los casos se ve recompensada para las jóvenes parejas por una calidad de vida más sana y relajada. Pero a la que se está atado al menos en tanto haya que afrontar el día a día.

La polémica del chalé de Galapagar no se entiende sino por la singularidad de sus compradores; no por su precio elevado —al menos tanto como los pisos de la ciudad de la que se alejan— o por las servidumbres que este tipo de vivienda lleva consigo. Amén del aislamiento al que, se quiera o no, se llega respecto de los amigos de siempre que no han emprendido ese camino, y a los que se dejará de frecuentar.

 

 

 

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