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Los yonkis del dinero

José Luis Cano Clares

Para donde mires da asco. Entre unas y otras cosas cada día salen a la luz, a pesar de las cortinas de humo, novedades sobre cualquiera de los numerosos y abundantes casos de corrupción de los que se tiene noticia, como una cascada continua de asuntos sucios que sería prolijo enumerar. Los personajes que quedan, colaboradores dejados caer, se han vuelto populares y así vamos teniendo conocimiento tanto de los intermediarios como de las muchas empresas creadas para dar cobertura a las actividades ilícitas, que vienen a ser más o menos ponerse en medio entre la legalidad y los negocios o, para ser más exacto, entre la organización política receptora finalista y los donantes, por llamarles de algún modo. Tú me das y yo te pago a través de estos actores, que, como es natural, se cobran su parte.

“Los lavados de imagen, de moda  un tiempo, son un ejemplo palmario de la filosofía base, y se abonan en este caso a través de falsos contratos: la cosa es no poner un duro propio y cargar a los presupuestos todo lo que quepa, que entre estas cosas y las que no se saben parece ser que es bastante”

De los más conocidos recientemente se encuentran los gestores del Palau de la Música. Se empieza por mandar a tu casa al electricista para que te ponga unas lámparas o unos enchufes por la cara y terminas por reformarla entera y celebrar las bodas de tus hijas a cargo de la institución, y lo más grande: cobrarle al consuegro la mitad de los gastos. Genial. Harto ya de quedarse con subvenciones, donaciones y comisiones, le faltaba sacar beneficio de la boda, quizás para que el consuegro no sospechara y fuera a comentar por ahí el chupe. Con estas cosas hay que ser, además de discretos, muy cuidadosos; por ejemplo, al electricista hay que permitirle trabajar para otros en horario laboral, o darle también su parte alícuota al subdirector para que, cada uno a su medida, tenga los estómagos satisfechos y la boca cerrada, sistema que bien llevado puede durar años y años, con tal de que se abone regularmente su parte al partido, eso es sagrado. La complicidad debe reinar en esta clase de relaciones en las que la circunspección es fundamental. Hasta que alguien cometa un error o cabreado se vaya por ahí de la lengua y termine por montar un escándalo.

Entre los años transcurridos y los muchos que la justicia necesita para sentenciar, casi da pena ver a los dos coleguillas. Mayores y envejecidos, han llegado al final del juicio pactando con la fiscalía, delatando al que se suponía urdidor de la trama al que tanto deben, gente desagradecida. Contratos públicos a cambio de comisiones o peajes, lo que parece ser una verdadera institución patria. Tú me das a través de estos señores tan finos de la buena sociedad en concepto de donación a la noble causa de la música, y yo te adjudico contra reembolso. Claro está, para esto es necesario que no haya fiscalización ninguna, o controles que pusieran inconvenientes al trajín. Aquí está la gracia, como dijo el patriarca, en que no te pillen, nadie meta sus narices y todo quede entre colegas. Nadie debe perder: empresarios, intermediarios y partido político, todos ganan.

Hasta que, llegado el caso, alguien por bocazas o despecho mete la pata, descubre el pastel y, ya con los procedimientos abiertos, los actores dejados a su suerte delatan e intentan aligerar las penas que les van a caer. Y aquí termina por complicarse el asunto para el principal beneficiario: la organización pretende escurrir el bulto y cargar el marrón a estos intermediarios. Como si estos tipos fueran unos linces o los inventores del sistema, la corrupción tuviera color político o los procedimientos o protocolos fueran distintos. Contratos públicos, obras o servicios, chupetines vitalicios, subvenciones o cualquier otra forma de desviar dinero público. Los lavados de imagen, de moda durante un tiempo, son un ejemplo palmario de la filosofía base, y se abonan en este caso a través de falsos contratos. La cosa es no poner un duro propio y cargar a los presupuestos todo lo que quepa, que entre estas cosas y las que no se saben parece ser que es bastante.

También se defienden como gato panza arriba en una de las causas en que se ven envueltos el conocido como Bigotes y sus jefes. Que a buenas horas confiesan y delatan a tirios y troyanos, lloviendo sobre mojado, a la espera de un nuevo capítulo que gracias a los medios se hará pronto conocido. Y tal como aparecen estas cosas, da la impresión que la corrupción pudiera ser esporádica o puntual, obra de pícaros infiltrados o gente avispada, cuando a la vista está que es endémica o estructural. Como si para eso no se hubieran desmantelado en su momento los controles administrativos, privatizado los servicios públicos más costosos, creado empresas mixtas para operar a sus anchas y con el tiempo, como en el Palau, se llega a establecer una simbiosis gozosa entre unos y otros, que permite hacer estas y otras clases de cosas.

 

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