ir a la portada de ELPajarito.es

Navidad 2017

José Luis Cano Clares

Una espesa niebla viene cubriendo esta mañana el jardín de forma inusual; apenas se distinguen los perfiles de las casas vecinas, ni la sierra lejana y los cabezos que acotan la visión del paisaje, que se han desvanecido ocultos por este meteoro, un fenómeno que es frecuente en otras latitudes, pero que a nosotros nos resulta extraño. Borias, ese cielo encapotado, o nieblas, se producen por aquí esporádicamente, aparecen temprano y se difuminan en pocas horas hasta que regresa la claridad habitual y la tibieza del ambiente. Agua evaporada que dejará empapadas las hojas de los arbustos y los troncos de los árboles y sumergirá en su humedad la pradera aletargada cuando levante.

Ayer, después de un día de atmósfera agitada, no se anunciaba viento al atardecer, cuando no se vislumbraban en el ocaso esos tonos rojizos como cirros que lo venían anunciando en fechas anteriores. Se ha apaciguado el fuerte viento tan desapacible que en los días precedentes nos mantenía encerrados en la casa, agitaba troncos y ramas; dando la sensación de que podían salir despedidos los árboles más jóvenes desde sus raíces; arrancando las últimas hojas amarillentas que les quedaban a las moreras, esparciéndolas por el suelo; moviendo violentamente sus copas y sugiriendo una agitación propia de las vísperas de algo importante que se presiente pero está por venir, de este tiempo sereno que esperamos para los próximos días de Navidad, en los que además de los escenarios cambian los gestos y las actitudes.

"Esperamos otra vez un tiempo mejor y formulamos propósitos de cambio; a estas alturas del año todo ha quedado, nos guste o no, resuelto, y no conviene emprender nuevas iniciativas"

La escasa claridad de estas primeras horas del día limita a estas horas de la mañana la visión de lo que es el paisaje cotidiano desde la cristalera del salón. El cielo grisáceo anula los contrastes de los colores, que pierden los brillos que ofrecen a menudo. Esta humedad sobrevenida impregna la atmósfera, empapa el suelo y humedece las hojas amarillentas de los árboles, bañándolas con una leve lámina de agua que les da un aspecto especial, diferente al de los días anteriores, en este otoño entreverado según los días de frío y ambiente tibio.

Las hojas de los árboles, los troncos y los arbustos a medio deshojar parecen, a pesar de la novedad, indiferentes al fenómeno, a este nuevo aspecto que les ha dado el día. La naturaleza es así, estática e inmutable a otras cosas que no sean su letargo invernal, su permanecer a la espera de su renacer primaveral. A las luces y las sombras que dependen del sol y de las nubes, como la de hoy, de esta niebla que nos sorprende esta mañana.

Está cercana la Navidad; se acercan esos días familiares que, como todos los años, cierran un ciclo y abren otro, cumpliendo con el rito otoñal. Nacerá de nuevo el Niño Dios que vivirá entre nosotros y cuya muerte conmemoraremos como todos los años en primavera. Se inicia con la luz nueva el nuevo año, que siempre deseamos venturoso y próspero a nuestros allegados y en el que siempre albergamos esperanzas e ilusiones. Esperamos otra vez un tiempo mejor y formulamos propósitos de cambio o de nuevas actitudes. A estas alturas del año todo ha quedado, nos guste o no, resuelto, y no conviene emprender nuevas iniciativas. El tiempo pasado culmina con unos días de descanso, de recapitulación y de encuentros y reencuentros deseados y entrañables.

Los signos son como los hechos: tozudos y persistentes. A pesar de nuestros afanes más o menos sensatos, propósitos cumplidos o no, o intereses particulares que se sobreponen a lo razonable, esta niebla de hoy –que levantará lentamente conforme transcurra la mañana recuperando la normalidad– nos refuerza en la idea de que el mundo, a través del recién nacido –del niño menudo nuevo que preside el pesebre– insiste en repetir, año tras año, su intento de transmitirnos la necesidad de un orden sencillo y renovado, de un discurrir de la vida sobre círculos precisos y continuos, con la intención clara de que en la existencia de los hombres, como en todo lo natural, predomine el sosiego y la solidaridad; un mundo tranquilo y pacífico en el que reine la paz, tengamos cabida todos los hombres y domine para siempre la buena voluntad sobre las ambiciones y las querellas. Feliz Navidad 2017.

 

Añadir nuevo comentario