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El muro de alcanfor

José Luis Cano Clares

Las imágenes de las pantallas que delimitarán el corredor de la obra del AVE, “el muro” como se le llama, invitan a una reflexión. Difícilmente, tal y como está planteado, en este lugar puede hacerse de otro modo, soterramiento como idea feliz que 30 años después choca con los hechos. Los vecinos de estos barrios y caminos consolidados en los tramos urbanos o de huerta de las orillas de la vía, ven y temen la que se avecina. Las pantallas, tanto por razones de protección acústica como por seguridad y salud, son en nuestro tiempo imprescindibles para una obra así. Pantallas son las lentejas que se han de comer ellos todos los días.

El Carmen no es una estación término monumental, ni permite como en Valencia u otras ciudades el acceso inmediato al centro. De origen ajeno a la planificación urbana ha terminado allí al margen de todo criterio urbanístico: la estación que habría de ser del Norte terminó por circunstancias al Sur, separada de la ciudad, consolidando un barrio industrial de casas modestas. Algo que hoy carece de sentido, tanto en lo que atañe a industrias o manufacturas, que debían situarse próximas a las estaciones, por las deficientes condiciones de comunicación, como en el caso de las viviendas de sus trabajadores. Los caminos de servicio han servido de apoyo a naves y viviendas.

En los años 60, los planes de Redes Arteriales del Ministerio proyectan las Rondas, sin las cuales la circulación sería catastrófica, quedando sin más remedio dentro de la masa urbana el ferrocarril, 1,6 kilómetros (que se convierten en 9 por necesidades del proyecto), una estación decimonónica y kilómetros de vías literalmente en medio de las calles, como barrera entre la ciudad y sus desarrollos. Entonces se abre, como consecuencia, una expectativa o dilema:

a) Su traslado, con la consiguiente mejora urbana de estos barrios y la estructura de la ciudad sobre el espacio liberado.

b) Un soterramiento costosísimo, forzado sobre terrenos inestables e inundables, que no resuelve la cohesión urbana. Obra eterna que ahora da la cara, tapón para la continuidad del trazado.

“Hubiera sido posible, y todavía lo es, establecer una reserva de espacio externa a la Ronda Sur, un corredor de infraestructuras, lo que llaman by-pass, amén de otras alternativas”

La posibilidad de trasladar la estación fue propuesta en los últimos años 80 por el equipo de Urbamusa, con razonamientos tales como que mucho más de la mitad de los potenciales usuarios municipales y externos de este transporte residen fuera de las rondas urbanas; que las comunicaciones periféricas a la ciudad, por vías rápidas, son más fluidas a este nivel; y que el uso residencial y sus exigencias deberían prevalecer frente al ferrocarril.

Hubiera sido posible y todavía lo es establecer una reserva de espacio externa a la Ronda Sur, o corredor de infraestructuras, lo que llaman by-pass. Amén de otras alternativas que, al igual que esta y tal vez más atinadas, tanto a nivel autonómico o estatal se consideraron. Son otras soluciones, que hubiesen liberado de las vías y la cochambre a la ciudad, al menos en este tramo urbano, sustituyéndolas por grandes corredores verdes o equipamientos de los que tan necesitados está todo San Benito. No es preciso aclarar que en vísperas de abrir la caja del urbanismo, dicho estudio municipal previo a la revisión del Plan General, fruto de ese interés por externalizar, ni se llegó a considerar.

En años, se abrirá el melón del AVE, de costo desproporcionado económico y social, expuesto a imprevistos o fracasos empresariales, como con el golf imaginario de Nueva Condomina. Que llegaría de forma forzada, como consecuencia de decisiones discutibles.

“La otra decisión equivocada es el empecinamiento en esta obra loca de este modo loco: contra la gente, cueste lo que cueste, como si no existieran alternativas, cuando otra más cara resultaría imposible”

La primera de ellas, el unánime acuerdo de nuestros ediles de la época. Sí, los de ambos partidos mayoritarios, aconsejados por sí mismos, de mantener El Carmen como estación única, en un extremo de la ciudad, mal comunicada con ella y su periferia, junto a kilómetros de calles con el ferrocarril como eje. Algo propio de otro tiempo, que supone una seria limitación a la comunicación con esos barrios a los que ahora se añadirá el muro, por el tiempo que sea. Como el aeropuerto, la autovía “del bancal”, San Esteban, entre otras cosas, que la fatalidad ha detenido, con el coste increíble que supone montar una nueva vía de quita y pon para destruirla, una vez que se construya en trinchera o túnel la definitiva.

Lo de urbanizar el entorno no es cosa de Adif, sino de unos hipotéticos planes de mejora o rehabilitación, sin una demanda solvente ni sentido económico.

La otra decisión equivocada, la más preocupante a mi juicio, es el empecinamiento, ese mantenella y no enmendalla de algo obsoleto, en llevar adelante esta obra loca de este modo loco: contra la gente, cueste lo que cueste, como si no existieran alternativas, cuando más cara resultaría imposible. Recursos y tensión social para nada, para dejar las cosas prácticamente como están con ruidos, encharcamientos, suciedad y olores. Solo que con una zanja en medio, sin renovación o regeneración urbana. Murcia necesita sacudirse el olor a naftalina.