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El miedo

José Luis Cano Clares

Juan, hijo de leñadores, recibió el sobrenombre de sin miedo debido a que carecía de esa sensación, no tenía miedo a nada. Salió a buscarlo. Tras diversas peripecias acabó conociéndolo cuando su mujer derramó sobre él una jarra de agua fría mientras dormía, un final feliz como consecuencia de ese descubrimiento. De este personaje podríamos decir que su temeridad era congénita, en contra de lo que nos sucede a las demás personas o animales, que tenemos, en esta emoción básica y primaria, un mecanismo de defensa. Factor que sirve para sobrevivir, un componente adaptativo a un entorno que a veces nos da motivos para temerlo. Miedo siente el torero frente a la puerta de los toriles o cualquiera que se expone a situaciones de riesgo, aunque sea simplemente las de equivocarnos. Errar ante los demás y exponernos al ridículo. Nos retiramos cuando existe una amenaza para nuestra vida, autoestima o autoconcepto. Miedo debemos de tener, no para salir huyendo o negarlo, sino para reaccionar y eliminar si cabe la amenaza o a quienes la sustentan.

“Aquello que sabemos que les ha sucedido a otros, esa agresión indiscriminada que han sufrido en otro lugar o en otro tiempo, también puede suceder aquí y ahora, en cualquier lugar grande o pequeño”

En la ciudad alegre y confiada en la que creemos vivir, el pequeño mundo de los pequeños burgueses acomodados y anestesiados, no debemos tener miedo; deseamos una vida sin muchas emociones, sosegada y naturalmente sin otra cosa que temer que a nosotros mismos y nuestros desatinos. Un mundo estable al que nos hemos terminado por acomodar la mayoría de las personas y en el que existen otras realidades que nos resultan incómodas o indiferentes. Violencia, marginación o miseria que no nos gusta observar, que preferimos negar e ignorar, evitando sentir ese miedo a la pobreza en la que podemos caer, como otras cosas que también pueden producir temores y hasta pánico. Negando el problema creemos obviar el temor. Y así, instalados cada uno en sus rutinas, suele parecer de manera ordinaria que esto es así, al margen de las querellas que se libran a diario por todos los puntos cardinales, hasta que ocurre algo tan anormal o terrible que nos hace entrar en shock de forma colectiva. Un choque con nuestro nuestro autoconcepto, esa forma de ver las cosas que sustenta nuestra seguridad.

Y esto sucede cuando constatamos que aquello que sabemos que les ha sucedido a otros, esa agresión indiscriminada que han sufrido en otro lugar o en otro tiempo, también puede suceder aquí y ahora, en cualquier lugar grande o pequeño; constatamos que no estamos a salvo de locuras, crímenes absurdos o sobresaltos. Entre la conmoción y la indignación compadecemos a las víctimas, a los nuestros, y reaccionamos temerosos e indignados contra los verdugos y observamos como por momentos se acrecienta la ceremonia de la confusión, que se habrá de celebrar de inmediato entre proclamas. Unos combatirán la noticia con gestos y retórica, con acusaciones veladas o no, lanzando cortinas de humo mediante las que ocultar su ineficacia o las torpezas de quienes, supuestos garantes de esa seguridad, han dejado al descubierto los flancos por los que entró ese fenómeno. Otros se atribuirán el éxito de la masacre. Al final cuando aparezca otro asunto que aventar, otro clavo que saque este, o se agote el tema, se aceptará, al igual que tantas cosas lamentables, como algo imprevisible e inevitable. No termina aquí la cosa, no hay final feliz sino una pausa abierta en esta guerra no convencional declarada que se desarrolla en distintos frentes, destruye países y produce aquí estas escaramuzas. Miedo debemos tener a estos ineptos, acusándose entre sí, rehuyendo su responsabilidad. Como a las gentes prudentes que ni ven ni oyen o dicen. Como los tres monos sabios respecto del mal.

“De la intolerancia tradicional de unos pocos hemos pasado a las diversas intolerancias, todo se aprovecha para confrontar creencias que más bien parecen lugares comunes”

De la intolerancia tradicional de unos pocos hemos pasado a las diversas intolerancias, todo se aprovecha para confrontar creencias que más bien parecen lugares comunes; vaya por dónde intolerantes ahora son también esos nuevos antisistema. Y así, se acusará a todo aquel que discrepe de la doctrina de consumo inmediato, adscribiéndole a cualquiera de las diversas fobias que conforman el ideario de lo incorrecto para esas gentes buenas o ingenuas que creen en esta opinión dirigida por tertulias televisivas. Y unidos gritarán consignas en la manifestación que, como si de un rito catártico se tratara, pondrá punto y aparte al suceso, frente a ese miedo que todos realmente sentimos queriéndolo negar. Como si a base de exclamaciones se disipara ese desasosiego tan necesario para ir a la raíz del problema y no caer de nuevo en este fracaso como sociedad y como estructura ordenada. Como si de este modo se ahuyentara la repetición de este espanto en el que permanecemos momentáneamente instalados. Velas y flores o notas emocionadas de quien no puede hacer otra cosa que esperar que el paso de los días lo difumine todo, y marchara apaciguando así los propios miedos.

 

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