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Adiós al absolutismo

Josefina López

Sigo de resaca postelectoral, siete días con sus noches escuchando y leyendo cientos de reflexiones y conclusiones. En ese sentido, esta semana ha sido fascinante. Los resultados, personalmente, no me han dejado boquiabierta, pero sí las ingentes lecturas que se han hecho sobre estos y, por encima de ello, la inconmensurable sorpresa de cabezas de lista que se ven, después de dos décadas y por primera vez, derrotados aun habiendo ganado. Impresionante Rita Barberá diciendo “¡qué hostia!” Y yo flipo: ¿Acaso esperaba usted revalidar una mayoría absoluta con la que tiene liada en su ciudad? ¿Acaso cree usted y sus compañeros de partido que los ciudadanos son todos tan cernícalos que vamos a perdonar una y otra vez sus fechorías? Nada más que el hecho de formular la pregunta me ofendo a mí misma, porque los ciudadanos no somos ese dios que perdona tras ponerle unas velas y después de haber escupido en la cara del prójimo. Algunos dejamos hace tiempo de poner la otra mejilla.

Y luego sale el señor presidente, a destiempo aunque prescindiendo de pantallas de plasma, a achacar la pérdida de votos con una obviedad simplona a problemas de comunicación… y yo añadiría, de valentía. ¡Hay que ver cuánto ejercicio de control de su información cuando son tan poderosos!

Así que la primera conclusión es que estos comicios dejan a los ganadores flaqueando y a los perdedores aspirando. Precioso (es ironía) papel que le están dando a Ciudadanos, quienes van a tener que ser unos verdaderos e inteligentes estrategas para apoyar el mantenimiento de los vencedores sin perder el aval recibido a su candidatura y acabar como UPyD.

La segunda es que los ciudadanos tienen hartura, tienen un límite y se han manifestado, muchos de ellos sin miedo al coletas ni a regímenes bolivarianos ni a tontadas parecidas, aunque que nadie pase por alto que hay seis millones de personas a las que ‘se la pela’ la corrupción, la mala gestión o los recortes. Por tanto, sinceramente, la pérdida de votos es poco castigo para la devastación alcanzada. Así que tampoco hay que descorchar el champán.

La tercera y para mí principal consecuencia es el adiós al absolutismo, el principal y más vil vicio de la democracia. Aquí sí sacaría el champán o ‘el gaitero’. Ahora aquel que quiera gobernar tendrá que pactar, negociar y acordar. Se acabó la tiranía del ‘porque yo lo valgo’. Es mi esperanza, mi ilusión y mi sueño.

Se acabó el rodillo, se acabó tirar por tierra cada una de las propuestas de la oposición sin leerlas, se acabaron las triquiñuelas, los atajos, amañar concursos para colocar a enchufados, contratar a asesores de consejeros a través de organismos satélites, pagar viajes o mobiliario innecesarios a través de fundaciones… Si alguno de los ganadores en esta Región lee esto, sabrá de lo que hablo y, si no, se lo puedo explicar con datos.

Pese a todo, y como diría Manuela Carmena, creo en la reinserción, por lo que mi mejor deseo es que los ganadores que han perdido comiencen la etapa de retirada a los cuarteles de invierno, ya que atisbo el momento de iniciar la regeneración verdadera, de hacer acto de contrición y cambiar. Y, aunque haya quienes opinen que los nuevos se corromperán igual y empezarán a colocar a los suyos, estoy convencida de que mientras llegan, se acomodan y conocen los mecanismos de funcionamiento pasará un tiempo virginal en el que podremos degustar derechos como la igualdad, la libertad y la dignidad. Brindo por ello.

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